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sentimientos

Distracción

Olvidé escribir ayer. Me distrajo la televisión. Estamos viendo la nueva serie de moda sobre asesinos seriales en Netflix. Se me ocurre ahora que es una serie sobre la forma que toman los sentimientos cuando se dejan crecer sin las resistencias naturales que impone la vida en comunidad. Porque aunque la mayoría de las acciones son en últimas manifestaciones de sentimientos, también hay en cada acción un acto interno de resistencia para atenuar el impulso primario hasta que sea aceptable, hasta que reconozca (dentro de lo posible) a los otros como iguales, especialmente en lo que concierne a la experiencia de la tristeza y el dolor.

Apegos

En general llevo bien la tristeza. No puedo decir que me sienta a gusto en la tristeza pero no es un estado que me aplaste, como sí lo hace la ansiedad. En la tristeza siempre descubro, al fondo, en sus raíces, razones para la gratitud y el afecto. Cuando estoy triste es porque perdí algo que me importaba o lo dejé atrás. Y me gusta sentir que tengo o tuve cosas que me importan. O personas. Esos vínculos son importantes para mí porque muchas veces olvido que los tengo o los desestimo. Temo al desapego porque sé que es mi tendencia natural.

Malo

He sido mala persona muchas veces. He hecho daño. En algunas ocasiones, pocas, lo he sido por voluntad propia, con absoluto control, con cabeza fría. Más frecuentemente lo he sido al dejarme llevar por pasiones o debilidades. Cuando eso pasa soy consciente del carácter negativo de mis actos pero los permito porque alguna emoción mal manejada me hace sentir que son apropiados. En ambos casos siento que la motivación más profunda es autodestructiva. No hay otra ganancia. Soy mala persona porque me desprecio y quiero que ese desprecio sea validado por otros. Así me sepulto entre la recriminación (ajena) y la culpa (propia).

Por otro lado no quiero ser una mala persona. Como sé que puedo serlo procuro estar atento a los indicios de mezquindad, resentimiento o cinismo que usualmente preceden mis peores momentos. No siempre los detecto a tiempo. Cuando lo logro me alejo de la situación conflictiva (ya sea con distancia o con silencio) y me doy tiempo para asentar las emociones, no me dejo impulsar por ellas. Al cabo de algunos días o semanas, cuando el sentimiento se ha difuminado, pienso en lo que quería decir o hacer e intento explorar alternativas, si alguna, para manejar lo que quiera que motivó la crisis sin caer en la destrucción o el menosprecio. A veces simplemente me alejo para siempre.

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También existe el riesgo de vivir en el futuro, o sea en la revisión cuidadosa de todos los posibles (catastróficos) desarrollos de las decisiones por tomar que impide, de cierta forma, la experiencia del presente. Sospecho que en ciertos casos este es un comportamiento intencional, pues estar presente requiere exponerse y atender a los sentimientos. El pensamiento siempre llega después, descompuesto por la razón.

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¿De qué nos protegen los mecanismos de defensa emocional que promueven la expresión limitad(ísim)a de sentimientos? ¿Cuál es su propósito más allá de negar, reprimir o desconectar aspectos esenciales de la experiencia de vivir? ¿Quién seriamente cree que ampararse en la vergüenza normalizada de sentir y actuar públicamente en concordancia con los sentimientos es un camino a una vida saludable, plácida y satisfactoria? ¿Cuánto amor es demolido en silencio en aras de preservar formas y apariencias correctas, parceladas y nombrables? ¿Cuántas felicidades y tristezas viven escondidas por fuera de lo admitido? ¿Cuánta miseria cubren las máscaras?

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Hoy me siento vulnerable pero más tranquilo.

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Pensaba anoche, al terminar de ver la cuarta temporada de House of Cards, en la paradoja de despreciar intensamente a los Underwood por su corrupción y vileza y al tiempo admirar y casi envidiar su visceralidad: su compromiso rotundo con los sentimientos más o menos primarios y naturales que otros procuramos (¿sin razón?) aplacar. Por ejemplo su entrega sin pudores a la ambición. Más de una vez he lamentado mi resistencia timorata al desenfreno.

Revoluciones

Laia encontró este papel entre los estantes de libros y me lo dio. No sé para qué lo pongo aquí. De pronto para recordarme lo distinto que soy de lo que me gustaría ser. Mucho por cambiar.

Asesinos

Dos películas de asesinos de la vida real. Primera, Snowtown. A ésta llegué por culpa de Jorge, que mencionó la historia en un comentario: en un pueblo del sur de Australia durante los años noventa, un tal John Bunting convenció a un grupo de vecinos para que lo apoyaran en una cruzada personal. Bunting decidía más o menos arbitrariamente quien era culpable, el crimen (por lo general alguna forma de pedofilia) y su pena. Usualmente elegía personas que conocía. Las víctimas eran torturadas sin misericordia (mutiladas, electrocutadas, quemadas, destripadas) antes de ser asesinadas. Luego las escondían en barriles llenos de ácido clorhídrico. Por casi diez años se salieron con la suya. Snowtown es narrada desde la perspectiva de James, el hijo de una de las mujeres de Bunting. A medida que la historia se desarrolla, Bunting le revela progresivamente a James (y de paso al espectador confundido) sus aficiones secretas y finalmente lo induce a participar (¿A James o al espectador?). Apoyado por Bunting, James mata a dos de sus hermanos. En el centro de la película, más que los crímenes, está la relación tensionante entre Bunting y James. Es una película intrigante y cruda.

Snowtown

Segunda, 復讐するは我にあり (Vengeance is mine). Ésta es basada en los crímenes de Akira Nishiguchi, un embaucador japonés que asesinó a cinco (o seis) personas durante los años sesenta y robó a otras tantas. La película contiene algunos de los asesinatos más burdos y por lo mismo realistas que he visto en cine. Nishiguchi era un sociópata normativo que abusaba de la confianza de las personas para manipularlas, robarlas y matarlas a discreción. Su desapego emocional era absoluto. Era torpe, descuidado y cínico. Sabía que esa vida implicaba ciertos riesgos pero la amenaza de morir en la horca no lo intimidaba. Podría decirse que incluso lo ilusionaba. Estaba orgulloso de las libertades que podía permitirse. La película sigue su vida y la de su familia. Está llena de episodios incómodos de presenciar. En un arco lateral, la mujer de Nishiguchi, con quien tiene dos hijos, acosa sexualmente a su suegro (un católico fervoroso lleno de culpas — me queda la duda de si el catolicismo de la familia de Nishiguchi era mal visto en ese entonces en Japón) mientras Nishiguchi huye de la ley. En otro arco, Nishiguchi conoce a una mujer anciana que asesinó a alguien en su juventud para deshonra de su familia pero especialmente de su hija (a quien Nishiguchi seguidamente conquista, preña y estrangula). Ya en la cárcel su papá lo visita y Nishiguchi le dice que debió matarlo en lugar de matar a los otros. El papá le responde que él sabe que no podría pues Nishiguchi sólo puede matar a quien nunca le ha hecho daño. En la escena final, el papá y la mujer de Nishiguchi, ahora pareja, lanzan sus huesos cremados desde la cima de una montaña. Los huesos, sin embargo, se resisten a caer y flotan congelados en el aire. El simbolismo se me escapa.

Inmersión

Creo que lo supe cuando la vi, pero para serle sincero en este momento siento como si eso fuera algo que yo hubiera sentido desde siempre. Puedo ser más preciso: me cuesta delimitarlo dentro de mi propia vida porque actualmente es un componente esencial, algo sin lo cual me costaría ser lo que soy. Esto obviamente no me impide reconocer que hubo un momento cuando ella no estaba y luego uno donde ella era todo, pero aislar el momento del cambio requeriría adoptar una distancia con respecto a mis sentimientos que me es imposible tomar en este momento. Ciertos tipos de sentimientos, como este, me atan al instante: pierdo perspectiva a cambio de profundidad. Esa es la manera como me gusta verlo. Sentir, para personas como yo, es inmersión. Es algo que se hace con total conciencia de que está pasando. Requiere dar brazadas, patalear, no perder el conocimiento, abrir los ojos y rezar para que las membranas resistan la presión y las sales y el medio sea suficientemente claro como para saber hacia dónde ir. Wishful thinking, yo sé. La mayoría de las veces la inmersión es veloz, incontrolable, y la presión crece mucho más rápido de lo que cualquier órgano la puede resistir. Todo queda hecho papilla. El fondo de uno mismo es frío y desolado. Hay un período de dolor. Hay un período de placidez mortuoria resignada previo al reconocimiento de que ahí adentro también se puede respirar. Pero luego hay que moverse lentamente porque las leyes elementales de lo que se es y lo que se puede cambian. Todo es aprendizaje. Muchas veces por ensayo y error. Hay que redefinir lo que es sensible, lo que es irremovible, lo que necesita cuidado constante, lo que duele, lo que se quiere. Cada protocolo de interacción debe ser reconsiderado. Cada pequeño gesto estudiado para entender sus consecuencias. Dicen que es importante ponerse en el lugar de los demás. Yo tengo dificultades incluso para aceptar/entender/habitar el lugar emocional donde estoy, donde soy. Supongo que si fuera una persona normal esta sería una tarea automática. Por desgracia, mi vida es por encima de todo el proceso reiterativo e inacabable de apropiarme de mis revisiones y abandonar instancias caducas de lo que fui. Abandonar, sí. Abandonar yo, que tengo la misma billetera y el mismo reloj desde hace más de veinte años.

Veterano

Un día tendremos que destruirnos, me dijo. Yo respondí que cuando ese día llegara pensaríamos al respecto y lo haríamos a lo grande. No escatimaríamos esfuerzos para que nuestra interdestrucción fuera no sólo digna sino gloriosa, algo para recordar. Bromeaba, claro. Yo pensaba que nos querríamos para siempre. Uno siempre piensa esas cosas. Hasta que llegó el día cuando tuve que cumplir mi promesa y sin chistar procedí: primero la destruí y luego me destruí a mí mismo, agarré mis cosas y me fui. No fue bueno. No fue feliz. No había gloria alguna ahí. Pero cuando me preguntan qué pasó con eso, por qué terminó así, siempre respondo que el nuestro fue un cierre convenido de antemano, algo que decidimos mucho tiempo atrás, cuando todavía nos queríamos y pensábamos el uno en el otro, así que si el cierre fue como resultó ser no fue por culpa del odio puntual del momento sino del amor de dos años atrás, cuando un cierre desapasionado nos parecía inaceptable dada la magnitud de nuestra historia. Hay que confiar en el amor, agrego, y la gente siempre asiente con respeto lastimero, como si yo acabara de regresar orgulloso y sin piernas de la guerra.