Llevo dos días de medida perfecta del momento de poner a Laia a hacer siesta por las mañanas. Le pongo un pañal fresco, la cargo, le canto un poco, bailamos y la acuesto en la cama. Pongo un par de sus muñecos favoritos al lado. Ella los abraza. No suelta ni un lamento cuando me voy de la pieza. Se queda profunda en silencio. Siempre se despierta de buen humor. Últimamente soy el que llama cuando se levanta. Sonríe cuando me ve y se cuelga con fuerza de mi cuello mientras pone su cabeza sobre mi hombro. Cuánta felicidad.