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Sello

En sus veinte tesis sobre Twitter, Eric Posner cae en una trampa. La trampa es creer que Twitter es aspirante a plaza en el mercado de los conocimientos. Supongo que Posner cae ahí porque esa es la perspectiva desde la que personas como él se acercan a Twitter, con la pretención de ser receptores e idealmente certificarse como emisores establecidos de saberes y comprensiones frente a la que parece una audiencia infinita hambienta de palabras. Visto así, Twitter es, sin duda, un medio fallido. Pero creo que Posner subestima a quienes participan en Twitter: los despacha como adictos rabiosos colgados del interelogio, ansiosos por un nuevo signo de aprobación en forma de resonancia o corazón que por alguna razón no se percatan de que el bullicio no les ofrece lo que Posner cree que buscan: información. Pero obviamente quienes persisten dentro del bullicio en su mayoría no buscan información sino contacto. El de Posner es un diagnóstico parcial concentrado en las patologías visibles de una federación de comunidades más rica y compleja (no lo culpo: yo también caí ahí alguna vez). Cuando Twitter funciona (y muchas veces funciona) es más relajo que intento de ágora. Solo así tiene sentido. Su servicio, si alguno, es la comunión a distancia alrededor de la comedia trágica de confusiones sin pausa en la que se ha convertido el mundo; una gradería de personas emocionadas, conmovidas, aturdidas, aterradas, jubilosas, anhelantes, esperanzadas, asistiendo con asombro al espectáculo más extraño e irrepetible de sus vidas. Que en medio de eso se difundan ideas es circunstancial; lo que se intercambia es más que nada es camaradería y compañía.

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Buena parte de los artículos de prensa que he leído al respecto de ese horror que fue la muerte de Clayton Lockett se inician con una descripción minuciosa de sus crímenes. Toda la discusión sobre la ejecución atroz de Lockett parte de la naturaleza de sus actos: es el filtro establecido. En el fondo, lo que se sugiere es que tal vez merecía lo que quiera que recibió (su muerte, después de todo, es justa). Cuentan con la reacción visceral ante la narración de lo inaceptable (o lo monstruoso). Me espanta la forma como se difumina la responsabilidad de ese asesinato entre las excusas de medicamentos agotados, malas venas, la brutalidad del condenado, burocracias inexpugnables y concepciones primitivas de justicia. Sin excusas, al desnudo, lo que hay es una institución que a nombre de “la gente” monta homicidios (ineptos o no) de personas expulsadas del mundo compasivo (algunos desde su infancia) como espectáculo público de auto expiación. Tanto cinismo socialmente tolerado y promovido es desolador.

La elocuencia del pasado

Fotos para acompañar la columna de hoy.

Podemos estar equivocados

Fragmento de Hace quince años estoy tratando de enseñar, un ensayo de Héctor Abad Gómez sobre las responsabilidades del educador:

¡Con qué gran respeto se debe mirar a cada persona, a cada comunidad, a cada sociedad, a cada nación!. ¡Con qué gran cuidado nos deberíamos abstener de dar consejos para cambios que creemos buenos, en sentimientos, acciones y conceptos! ¡Con qué humildad deberíamos exponer lo que consideramos nuestros valores! Poniendo siempre de presente, desde el principio, que podemos estar equivocados, y que la libertad de escoger debe quedar en manos de cada individuo y de cada sociedad. Qué tremendos errores cometidos por quienes hemos tratado de enseñar y de convencer de que hay cosas buenas en sí mismas, que deben seguirse.

Del puente para Alá

Alrededor del diez por ciento de los habitantes de London, Ontario, son colombianos. Empezaron a llegar a finales de los noventa. Son detectables (mi corrector propone detestables) en centros comerciales, buses y festivales de verano. Tienen su propio semanario en línea. Problema: no es claro por qué alguien podría elegir este lugar para asentarse como inmigrante. Que la comunidad sea tan grande me intriga todavía más. Esta no es precisamente una ciudad próspera. Todo lo contrario: los índices de desempleo son altos y la industria es escasa. El centro está tomado por los adictos zombis y los mendigos. Dicen que cerca de la mitad de los colombianos están acá como refugiados, así que reciben una pequeña suma mensual (menos de setecientos dólares) que les otorga el gobierno de Canadá. Tal vez eso ayuda. Sea como sea, aquí están.

Este fin de semana, la comunidad de colombianos celebró el día de la independencia de Colombia. Aunque nunca vamos a esas cosas (acuso alergia aguda a las banderas), es difícil no enterarse. Tradicionalmente, la fiesta se celebra en un parque que queda en la mierda, junto a una planta de control de polución. El apellido del parque es Off Leash Dog Park. Apropiado. Supongo que el gueto principal está por ahí cerca. Este año se anunció con meses de antelación en varios medios locales que la celebración volvería al parque, pero a última hora el periódico latino del pueblo organizó, en llave con el locutor (asumo popular) de un programa de radio en español, su propia fiesta de la independencia en una plaza del centro de la ciudad, junto al mercado. Descubrimos la sede alterna ayer, en un paseo para apaciguar a Laia. Había tarima y puestos de venta de comida pero poca gente. Unas niñas maquilladas bailaban salsa con muñecos de trapo. Era evidente que la sede satélite, más que una ampliación de las celebraciones, era una disidencia. El locutor popular, políticamente influyente y amigo de los de la plata, quería montar chiringuito aparte. El periódico organizador niega que haya disputa o ánimo competitivo pero en la práctica es más que claro en qué consistía el juego y quién perdió: el periódico se quedó con los patrocinadores y el parque con la gente.

El panorama era similar hoy, cuando fuimos a la caza de un plato de lechona y otra siesta prolongada para la niña. Salseros tristes en la tarima, invitando a un público inexistente a bailar. Es extraño pero también familiar. La fuerza que prima entre los colombianos en el exterior es con frecuencia repulsiva. Las confrontaciones son frecuentes. La desconfianza manda. Nadie sabe quién es quién y mejor ni saber. Cada cual va por su lado, a su suerte, contra el siempre sospechoso resto. Diría que no los entiendo pero mentiría, y eso no le gusta a Dios.

*

Escena en Antojitos, el puesto de lechona y picadas instalado en el festival disidente (¿tendrían también puesto en el parque?): pedimos tres platos. Mientras esperamos aparece un paisa gordo colorado medio borracho de sombrero, con los brazos llenos de teléfonos escritos en bolígrafo, que al hablar transita con fluidez seguro inconsciente entre el parcero y el brotha, como mi amigo Óscar. Le pregunta al dueño del puesto si tendrá carne(cita) más tarde. El dueño, que lo conoce, responde que sí. El paisa le explica que ahora mismo (son las tres) no puede comer pues el viernes inició un mes de ayuno estricto, pero le recomienda un plat(ic)o bien cargado de carne asada con papitas a eso de las nueve, cuando caiga el sol. No sé por qué tengo la impresión de que lo quiere gratis, por la amistad. El dueño dice que seguro, mi hermano. El paisa le dice que lo único es que no lo vaya a preparar junto al puerco, parce, porque eso es pecado, if you know what I mean. Le señala la lechona. Insiste: pilas ahí, güevón. Luego se va. Alá se lleva a los mejores de nosotros.

Sábado

Mónica me regaló de cumpleaños una suscripción anual de McSweeney’s. Es una revista que disfruto mucho desde que la descubrí, hace varios años, cuando (ya en Urbana) empecé a leer (con bastante dificultad al principio) cosas en inglés. Por nuestra parte hemos comprado varios números (y las selecciones de cuentos que editan cada tanto), pero nunca me había suscrito (soy tacaño). El primer número (37) tardó un poco (Problema adicional: los gastos de envío internacional (incluso a Canadá) son altos). Esta edición contiene, entre otras cosas, una crónica/ensayo excelente de J. Malcom García sobre un caso de violencia en Irlanda del Norte relacionado con la evolución de IRA en una banda de matones frustrados de haber perdido el control social (armado) que tenían antes de los procesos de paz (que me recuerda el estado actual del departamento de Córdoba en Colombia, dominado por bandas organizadas que antes componían el aparato de vigilantismo de derecha (aunque en el caso colombiano al caldo sangriento es necesario agregar la guerra por el control de las zonas de cultivo, procesamiento y despacho de drogas)). También hay un cuento muy agradable e ingenioso (basado en combinar narrativa y datos estadísticos) de Jess Walter sobre la vida en Spokane, Washington (un sitio deprimente, al parecer). Además, el número incluye cinco cuentos de escritores kenianos contemporáneos (que todavía no he mirado). Hay cierta tendencia high brow a despreciar (y llamar vacío) el esfuerzo de McSweeney’s por hacer que la lectura sea una etiqueta de estilo (dentro del enramado de pequeñas modas hipster), algo que denote sofisticación juvenil general, coolness, en aras de llegar a un público menos restringido (Nota: que las personas detrás de McSweeney’s sean las mismas personas detrás de esa maravilla que es 826 Valencia demuestra, para mí, cuán genuino y serio es ese propósito. Que además editen libros como este o este(s) sólo fortalece esa creencia). Los puristas exigen que el compromiso con la lectura sea estrictamente intelectual (si no (ugh) académico). Esta exigencia es, por supuesto, falaz. La verdad es que estos puristas también consideran a la lectura como un factor de sofisticación (¡y hasta una marca de clase!) y veneran los libros como objeto de exactamente la misma manera que McSweeney’s (que, por cierto, lleva el diseño y montaje de libros a una nueva dimensión estética). Lo que realmente les molesta de estas revistas que intentan hacer de la literatura algo atractivo (de moda) es que ensucia y populariza (saca del nicho tradicional) un gusto que ellos consideran exclusivo de esa sociedad (clase/casta) de personas altamente inteligentes y educadas que componen (en su opinión, las únicas acreditadas para leer correctamente). Por mi parte, estoy totalmente a favor de cualquier iniciativa que debilite esas barreras y le quite el monopolio de la lectura (y la literatura) a esa gentuza presumida.