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sociología

Hay otros mundos

Sociología del diseño de bombas nucleares ¶ Los niños y las violencias en barrios pobres de Buenos Aires ¶ Lo obvio: el negocio de las “redes sociales” consiste en generar adicciónAgenda del proceso de paz (pdf) entre el gobierno colombiano y los FARC ¶ La muerte anestesiada de Olivia Goldsmith (a raíz de la lectura de Half Empty (a raíz de la muerte de su autor)) ¶ Análisis de los resultados de las elecciones en Quebec ¶ Siempre es bueno volver al Diccionario de ObviedadesAsalto a la reserva canadiense de miel de arce ¶ Y ésta es la verdadera batalla naval.

Cloud Atlas en cine. Escalofríos.

Enlaces

Los enlaces nacieron para referenciar. Cuando alguien incluye un enlace en un texto tiene la intención de invitar a su audiencia a ampliar su lectura a través de ese enlace. De paso, contribuye a enriquecer la red, generando una conexión entre el contenido a enlazar y las palabras enlazadas o incluso el texto entero. (Tal vez por eso el término vínculo a veces funciona mejor como metáfora. Aquí una ilustración gráfica del concepto con revistas de la edad de plata española.) Los motores de búsqueda se valieron de la semántica implícita en esas interconexiones generadas manualmente para clasificar y ordenar la red.

Antes todo el mundo fumaba todo el tiempo.

En este momento, sin embargo, las llamadas redes sociales (cuando no fagocitan contenido impunemente) son el mayor generador y direccionador de enlaces (después de Google y las sucias granjas de enlaces que viven de la SEO, que por su carácter meta no cuentan en este análisis). La nueva dinámica de distribución y creación de enlaces en estos servicios intermediadores fuerza un replanteamiento de su función y propósito. De cierta manera, el enlace expansivo y enriquecedor corre el riesgo de desaparecer.

Una de las maneras como las redes sociales contribuyen a la extinción de los enlaces radica en la mecanización de su reproducción. Buena parte de los enlaces disponibles en redes sociales son el eco del eco del eco casi inmodificado de un enlace originalmente publicado por el autor del contenido enlazado con el ánimo de promoverlo. Aunque los ecos firmados pretenden certificar la calidad del enlace, nunca funcionan de manera tan efectiva como una recomendación directa pues jamás dejan de parecer autopublicidad. El Like o RT no es un boca-a-boca sino simplemente la reproducción automática de un volante digital, que, como en su versión física, por lo general va directo a la basura sin ser leído o, en este caso, explorado. Los contenidos que se benefician de este proceso son aquellos con enlaces que se difunden brutalmente, sin agüero, por lo general apoyados en un aparato publicitario (o al menos una intención) comercial.

(Digresión breve: la muerte de los blogs es una consecuencia lateral de este fenómeno. Hoy en día, los pocos enlaces a blogs provienen de sus propios autores. El medio, por su naturaleza personal, no tiene el caudal para competir en atención. Depende de las redes sociales para capturar audiencia. Ya no puede sostener conversaciones.)

Por otro lado, en tanto que el enlace es esencialmente siempre el mismo, al ser reiterado no hay enriquecimiento semántico. La manualidad del proceso original era fundamental para propiciar esto. Sin ella no se generan verdaderas nuevas conexiones directas que contribuyan a clasificar su contenido, posicionarlo, vincularlo a otros e interreferenciarlo.

Un chicle en el orinal

En mi experiencia, esta es una costumbre transcultural. La he visto en baños públicos de diferentes países. No importa la calidad del baño ni su nivel de limpieza, siempre es posible encontrar un orinal con un chicle mascado. Realmente me cuesta imaginar el proceso mental que lleva a alguien, a un señor, dejémoslo claro, a entrar a un baño a orinar mascando un chicle y al mismo tiempo que orina decide, sin más, que tal vez el fondo de ese orinal, cubierto con el ahora omnipresente ambientador colorido de apariencia plástica (que recuerdo que en Colombia fue promocionado durante un tiempo, Dios sabe con qué propósitos oscuros, como una invención nacional), es el lugar idoneo para dejar el chicle desabrido y pálido mascado tal vez ya demasiadas veces. Una teoría es que el señor en cuestión supone (y ya ahondaré en las razones que respaldan esta suposición) que la urea es corrosiva y poco a poco descompone el pedazo de goma hasta que se esfuma limpiamente por uno de los agujeros del orinal y supera sin problema la delgadez de los ductos iniciales que conducen los fluidos a la línea de desagüe. Esta teoría se basa en creencia popular, que he podido constatar entrevistando a una decena de señores, algunos muy elegantes y otros no tanto, que cometieron el error de escupir un chicle justo cuando yo orinaba a su lado, de que el calor de la orina recién meada no es consecuencia de nuestra temperatura interna sino de una (potencialmente peligrosa) reacción exotérmica al entrar en contacto con el aire debida a la composición química del fluido excrementicio (valga anotar aquí que este mismo principio explica para estos señores la supuesta efectividad de la orina fresca para combatir las dolorosas quemaduras que producen las medusas al contacto con la piel). Los señores entrevistados la resumen como “Eso se va”. Pero, en fin, este razonamiento no explica el dilema moral subyacente, i.e. no explica por qué un señor prefiere el orinal a la basura que corona cualquier baño público respetable, recipiente este que, de ser usado como corresponde, asegura que su goma mascada será propiamente tratada y almacenada o reutilizada (Mi respuesta a esta cuestión es que el señor que escupe el chicle en el orinal al tiempo que orina es alguien ocupado que le interesa opimizar su tiempo de estancia en el baño ejecutando dos acciones de desecho, en principio incompatibles, al tiempo). Tampoco explica cómo conviven en su cabeza estas ideas sobre la complejidad química de la orina y la evidencia práctica de que no importa cuánto se orine directamente contra el chicle mascado este no parece ni siquiera perder su forma. Dicha observación trivial y reproducible a bajo costo cuantas veces sean necesarias en su bar de confianza debería conducirnos de inmediato a la deprimente conclusión de que en cientos de miles de baños públicos de este mundo triste existe una persona mal pagada (usualmente una señora, para colmo, porque a estas alturas de la historia el aseo todavía es mayoritariamente considerado una tarea de mujeres) que dedica un cierto porcentaje no despreciable de su tiempo diario a pescar chicles petrificados de orinales sucios. Me pregunto qué pensará esta persona sobre la humanidad.