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Cielo

Sol

Y aquí otra.

Hurón

Hoy fuimos a Grand Bend, una playa pública sobre el lago Hurón a sesenta kilómetros del pueblo. Nunca había visitado el lago Hurón. Tampoco había hecho plan de playa sobre un lago. Comimos sánduches y papas fritas. Me quemé los brazos. Usualmente mi piel resiste mejor el sol. Otros lo aprovechaban mejor. Durante uno de los recesos de la siesta infinita en la que vive, llevé a Laia hasta la orilla y le mostré el agua. Mónica nos tomó una foto. El agua estaba fría. Había olas altas y banderas rojas previniendo a los bañistas de zambullirse en ciertas zonas debido a la fuerza de las corrientes. Los bañistas hacían caso omiso a las banderas y eran constantemente reprendidos por los salvavidas, que parecían desesperados por hacerse respetar. La playa, según leí, está rodeada de sensores diseñados (con gran orgullo) por ingenieros locales que miden temperatura, velocidades de corrientes y también la concentración de Escherichia Coli en el agua. La bacteria Escherichia Coli le debe su nombre al pintor Maurits Cornelis Escher, quien las inventó en uno de sus cuadros. Cien unidades formadoras de colonia de Escherichia Coli por cien mililitros de agua es el límite máximo permitido. La concentración de bacterias cambia constantemente. Otro dato: el tiempo de retención del lago Hurón es de veintidos años. El tiempo de retención se mide dividiendo el volumen total del lago sobre su velocidad promedio de salida del agua. Rastros microscópicos de mi epidermis dejarán el lago Hurón más o menos cuando Laia se gradúe de la universidad (si es que estudia en una universidad). De vuelta a la casa, sobre la carretera entre los maizales, se veían, nevados, Los Alpes a lo lejos.

Ventana

Gradiente

Ciclos anidados (27): Tren