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Supervivencia

Veo el brillo de la luna entre las ramas del árbol que cubre el balcón y también oigo al viento agitar sus hojas con desgano. No culpo al viento: con este calor a duras penas salgo a la calle. Ni pienso. Ni escribo. Sudo. No me da el cuerpo para más. Si acaso duermo para que pase el día y deje de estar solo otra vez. Por las noches, bajo el ventilador, leo capítulos al azar de un libro de crónicas sobre una peste apocalíptica que promete exterminar al noventa y cinco por ciento de la especie humana en las primeras tres semanas. Pienso en lo que haré si sobrevivo. No estoy seguro de querer sobrevivir a algo así.

Sábado (The Aquarium)

One of the most despicable religious fallacies is that suffering is ennobling—that it is a step on the path to some kind of enlightenment or salvation. Isabel’s suffering and death did nothing for her, or us, or the world. We learned no lessons worth learning; we acquired no experience that could benefit anyone. And Isabel most certainly did not earn ascension to a better place, as there was no place better for her than at home with her family. Without Isabel, Teri and I were left with oceans of love we could no longer dispense [...]. Her indelible absence is now an organ in our bodies, whose sole function is a continuous secretion of sorrow.

A. Hemon, The Aquarium

Miércoles

Compramos rosales para sembrar en el balcón. Queremos sillas para sentarnos a recibir el sol los fines de semana. Por estos días, el tiempo se acumula como la nieve en las esquinas del invierno. Dedico una fracción del día a mantener el apartamento limpio y en orden. Cocino por las tardes. He reducido un poco (aunque no tanto como desearía) mi presencia en línea. El objetivo principal es escribir. Pero sufro de falta de propósito (o de autoconfianza) y asaltos regulares de ansiedad relacionados con este mal. Intento sublimarlos de manera parcial en la cocina, la lectura, los oficios y con los gatos. Estoy triste. Pienso mucho en Mauricio y en la muerte. Por eso, para evadir eso, para no pensar de más, escribo aquí sobre la guerra, los bombardeos, el miedo y las emisoras de emergencia donde anuncian el fin y entrevistan cuerpos que no hablan. Asímismo voy todos los días, muy temprano, a mirar a las gallinas, abastecer los comederos y recolectar los huevos. Los pongo en una canasta y los cuento al llegar a la cocina. Luego los meto a la nevera. Hoy pusieron diez. Tenemos muchos más de los que necesitamos.

Axiomática de la socio-individualidad digital

El individuo son sus conexiones explícitas. El individuo es la suma de contactos que lo relacionan y singularizan dentro de un contexto social que el individuo habita y construye mediante la actualización/alimentación constante de su representación digital, que es por lo general una versión refinada del individuo donde este se expone en vitrina, de manera segura, para ser apreciado y, en lo posible, vinculado. La vinculación es el objetivo. Como tal, es promovida y premiada. La vinculación expande al individuo, lo enriquece a ojos del sistema y por retroalimentación a ojos de sí mismo. Así, el valor del individuo aumenta (¿exponencialmente?) con el número de vínculos activos que mantenga. La actividad del vínculo se mide por el ritmo de interacciones que el individuo tiene con el contacto dado. La calidad de estas interacciones, en tanto que no es medible, es irrelevante. El medio promueve la brevedad pues la ganancia social neta de un intercambio vacío es de cualquier modo positiva. El sistema está diseñado para maximizar el nivel de actividad en cada acceso. Por otro lado, el sistema exige mayor compromiso al individuo en la medida en que este se involucra y participa, lo que da paso a una suerte de co-dependencia. El sistema es un artículo de consumo que consume. Aspira a convertirse en el espacio primario de socialización del individuo, un espacio donde el individuo esté siempre y por siempre disponible y atento al flujo de información que la red resuena. El sistema es una caja de resonancia que domestica la propaganda. No hay creación en el sistema, sólo la reiteración constante de eslóganes mutados hasta hacerlos parecer propios que se transmiten sobre olas confusas de aprobación o rechazo. El sistema reafirma al individuo en sus certezas, esa es su recompensa. En su red local, compuesta por iguales complacientes, el individuo siempre tiene la razón y hace lo correcto. A cambio, el individuo otorga elogios, aplausos y reconocimientos que son en últimas para sí mismo. La red social privilegia la interacción positiva superficial y esto a su vez promueve la perdurabilidad innecesaria de vínculos que de otra manera serían efímeros. Una colmena de desconocidos que alimentan la cera que los atrapa en pequeñas celdas hexagonales donde, en su soledad de ecos, tienen el privilegio falso de sentirse uno y todo con el mundo.

Miércoles

Es miércoles, son las diez de la mañana, hace poco caía nieve ligera afuera, y este es mi reporte regular de supervivencia para acreditar que seguimos amarrados al tiempo. Antes de continuar bajé a entregarle el cheque de la renta del apartamento a la administradora del edificio, un gesto que se siente arcaico pero que le da cierto sentido de humanidad a un asunto que en muchos lugares ya se dejó, como tantas otras cosas, en manos de los bancos. Mónica me llama para que revise unos archivos en su computador. La imagen de fondo de pantalla es esta foto. Es imposible de creer que dos días más tarde Mauricio Arturo, el niño pequeñito y lindo-lindo que duerme a suspiros en mi hombro y al que todavía puedo sentir ahí si me concentro lo suficiente, estaría muerto (¡qué impotencia tan terrible me arrasa cada vez que lo pienso!), pero la imagen, volverlo a ver, siempre es reconfortante, nos consuela. Sirve para corroborar que vivió y estuvo con nosotros, que nos hizo felices. Esos pequeños rastros físicos de su presencia brevísima son nuestro paliativo para combatir el dolor que no se va. Ha pasado muy poco tiempo, muy poco. Ahí vamos. Cocinamos cosas, compramos cosas, hablamos, nos acompañamos, nos queremos. Ahí vamos. Ahí. Por las noches, antes de dormir, leo A Naked Singularity y Mónica lee la tercera parte de Millenium. Ya bajó el ritmo de lectura para que no se acabe tan rápido. De A Naked Singularity hablaré a fondo cuando lo termine. Por lo pronto sólo diré que es una de las mejores lecturas que me ha dejado este año tan agrio, tan dulce y tan confuso que ya casi se acaba y todavía no sé bien dónde me deja.

As the dawn began to break, I had to surrender. The universe will have its way: too powerful to master. What is love and what is hate? And why does it matter? Is to love just a waste? How can it matter?

—The Flaming Lips, In the Morning of the Magicians

Historia de amor número cinco

La historia de amor número cinco es la del hombre orgulloso de su soledad que descubre un día, por culpa de algún accidente trágico, que su vida no vale mayor cosa y es bien posible que en treinta años termine orgullosamente solo, enfermo y adolorido tirado en una cama de un hospital público esperando a que una pantalla le confirme que está muerto. Entonces el hombre orgulloso de su soledad se preocupa y piensa cómo resolver su problema de logística mortuoria de una manera digna. Por primera vez en su vida el hombre orgulloso de su soledad mira el mundo como un lugar donde pasan cosas diferentes de su existencia, cosas que no dependen de él ni lo afectan, y este pensamiento lo aturde porque su solipsismo es una coraza que lo protegía muy bien del vértigo de la interacción potencial, de la traición inminente, de la incomodidad de no saber qué decir pero tener que decir algo, ahora, ya, para que entiendan cómo se siente, para que le respeten su lugar y su presencia. El hombre orgulloso de su soledad busca compañía de la única manera que puede hacerlo: llena formularios en agencias de amistad y amor, se suscribe a clubes de cualquier cosa, asiste a lecturas públicas en librerías, y redacta un cuidadoso perfil en OK Cupid donde quede bien claro que no fuma ni toma ni está interesado en mujeres con debilidades religiosas ni en personas que no entiendan que hay un cierto orden en el mundo y este orden debe ser preservado a toda costa. Es un perfil bien serio el de este hombre orgulloso de su soledad y no tiene mucho éxito. La calificación de su perfil se estabiliza en una semana en dos sobre diez puntos posibles y ni los clubes ni las agencias le proporcionan nada distinto de ansiedad, de donde el hombre orgulloso de su soledad concluye que tal vez sea muy tarde para él, realmente tarde, y esa visión de su muerte acompañado de un respirador cansado es ya un evento inevitable al que deberá acostumbrarse desde ahora para no deprimirse de más cuando esté a punto de morir. Por eso es que el hombre orgulloso de su soledad empieza, como último recurso, a frecuentar hospitales luego de salir del trabajo y hablar con enfermos terminales. Así es como el hombre orgulloso de su soledad conoce a Victoria, que tiene veintiocho años y un cáncer que primero la dejó sin novio y luego sin ovarios y ahora amenaza con llevarse las pocas entrañas que le quedan. Victoria es delgada y dulce y le gusta hablar con él. Dice que aprecia su compañía. Al hombre (ya no tan) orgulloso de su soledad también le gusta acompañar a Victoria junto a su cama y traerle libros para leer. Victoria lee muy rápido y por las tardes, cuando él la visita, le comenta lo que opina de este libro o este otro y luego se ríen imaginando finales trágicos donde todos, buenos y malos, reciben su merecido de la manera como ocurre en la vida, o eso dice ella. Pasan los meses y el hombre (ya no realmente) orgulloso de su soledad no visita hospitales sino que visita a Victoria y habla con ella y se ríe si hay que reírse pero también llora por y con ella cuando hay que llorar y le agarra la mano fuerte cuando le ponen la intravenosa porque Victoria nunca se ha acostumbrado a eso ni tampoco a las preguntas corteses de las enfermeras ni a la sensación de que su cuerpo se la está comiendo viva. Victoria, lo dice todo el tiempo, quiere vivir, y el hombre (ya no realmente) orgulloso de su soledad quiere que viva porque ahora la necesita junto a él, la ama, así que juntos independientemente rezan todas las noches antes de dormir por el mismo milagro y por las tardes, cuando se ven, se dicen todas las cosas que van a hacer y todos los lugares donde van a ir cuando ella pueda dejar el hospital, lo que tiene que pasar muy pronto porque Dios es misericordioso y bueno y tiene que valorar la fuerza de su amor. Pero un día el hombre (para nada) orgulloso de su soledad recibe una llamada, pide la tarde libre, corre al hospital en un taxi, sube las escaleras a lo que le dan las piernas, llega a la cama de Victoria, la encuentra más débil que nunca y Victoria le dice que lo ama, que lo ama de verdad, pero la vida le está empezando a doler y tal vez ya sea hora de resignarse. Y este hombre que nunca creyó en nada, que nunca necesitó a nadie, que siempre se sintió ajeno al otro, no puede aceptar que Victoria le diga eso, se siente traicionado, pero entonces mira a Victoria a la cara, la mira a los ojos, y siente el dolor, lo siente ahí adentro de él, y le dice que aquí está él, junto a ella, que no se va a ir, que ella lo tiene, y luego la ve irse y la abraza mientras se va, la acompaña con cada respiración y le dice que ella es lo mejor que le ha pasado en la vida, que la va a extrañar, que no la va a olvidar, y Victoria, entredormida por la morfina, sonríe, le aprieta el brazo con la mano, lo acerca a ella y le dice cosas que desde aquí no alcanzamos a entender (o no debemos) pero que parecen importantes porque el hombre que ya nunca más estará solo llora y se ríe al tiempo y le dice que se volverán a encontrar porque esto no puede terminar así. Así termina.

Lapsus

Disfruto el silencio de este lugar: la tranquilidad que se siente por la mañana cuando abro la puerta, camino por el corredor, paso junto a la sala de lectura y bajo las escaleras para salir al patio. Afuera están los perros, despiertos desde temprano, persiguiéndose mutuamente por turnos, y también el frío sabanero que se mete entre la ropa y me despierta de golpe. Abro los ojos. Estoy aquí. Usualmente camino hacia los naranjos, que a esa hora todavía huelen dulce, y los perros me siguen entre correrías y saltos. La sensación del prado húmedo contra los dedos de mis pies me hace bien. Es temprano y pienso en el resto del día y me agrada saber que no necesito pensar en nada. No necesito nada. No tengo nada que hacer. Mi propósito, me han reiterado ya tantas veces, es recuperarme, sanar, aprender que lo que soy no me condena. Pienso en el hombre que duerme en mi cuarto. Es un hombre viejo, está calvo, fuma más de lo que debería, ronca por las noches. A veces viene su hija a visitarlo y le cuenta cosas sobre un nieto que él nunca ha visto. Cuando habla, no habla mucho, le promete a la mujer que pronto estará de vuelta afuera y podrá conocer a su nieto. A veces, cuando ella se va, lo oigo llorar en el baño. Cuando tarda más de la cuenta llamo a los encargados. Ellos lo llaman por su nombre, luego abren la puerta con la llave y lo encuentran sentado en la taza, perdido. Quiénes son ustedes, les pregunta. Dónde estoy. Qué quieren de mí. No sé cuántos años lleva ese hombre en este lugar. No sé por qué está acá y creo que él tampoco. Prefiero no hablar con él para no contagiarme de lo que quiera que tenga. Junto a los naranjos hay una piedra para sentarse. Desde la piedra miro la casa, la entrada al instituto, los cerros en la distancia. Yo pensaba que el tiempo servía para acercarse a lo que uno quería ser. Pensaba, y todavía pienso, que todo es cuestión de paciencia y disciplina. Pero entonces está esto, este lapsus, el viejo que ronca, esta espera tan distinta de todas las otras esperas. Se supone que un día, eso me han dicho, un hombre vendrá a mi escritorio en la sala de lectura, donde me siento a trabajar por las tardes, a matar el tiempo que ya no pasa, y me dirá que todo está bien, que puedo regresar, que soy libre, que puedo recuperar la vida que perdí. A veces, sentado en la piedra, pienso en lo que se sentiría levantarme una mañana, jugar con los perros, venir a los naranjos, despedirme de Manuel, y caminar con decisión hacia la entrada.

Aire

Las conversaciones con la niña iban así: sonaba el teléfono (número desconocido), luego un clic al fondo y el eco, ese eco que era como aire. Ella me preguntaba si podíamos hablar. Me llamaba de madrugada. Me preguntaba si sabía con quién hablaba. A veces creo que lo preguntaba en serio, como si no supiera bien desde cuándo me llamaba. Sonaba como si lleváramos hablando toda la vida. O cómo si me extrañara, como si la enterneciera escuchar mi voz una vez más luego de muchos años. O como si apenas me conociera. Sin razón, sin orden. Era confuso. Con frecuencia me preguntaba si estábamos solos. Le gustaba insistir en esa pregunta. ¿Usted cree que estamos solos?, decía. Y al principio yo no entendía de qué hablaba, pero poco a poco a poco fue quedando claro que no se refería ni a mi soledad ni a la suya sino a la soledad, digamos, cósmica, a nuestros orígenes y nuestros futuros, al propósito último de esto. No lo sé, le respondía. Y luego ella decía, con la seguridad de su voz de niña eterna de nueve años que lo sabe todo pero no cree que sepa nada, que ella creía que estábamos mucho más solos de lo que pensábamos y era afortunado que estuviéramos cerca. Nunca me explicó a qué se refería. Creo que no estaba capacitado para entenderlo. Sólo cuando me consumieron la luz y la distancia lo pude ver con claridad desde allá arriba.

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