El nacionalismo futbolero, a diferencia de su contraparte fascista, admite con agrado a todo aquel que quiera sumarse a la masa ilusionada con una victoria. En las selecciones europeas los hijos de inmigrantes son, para cada hinchada, héroes, orgullo y ejemplo. Por noventa minutos la xenofobia, los regionalismos y el racismo dominantes se diluyen (o cambian de blanco negro) y los países (salvo excepciones) parecen de verdad compuestos por sociedades diversas e integradas. Es gracioso ver a los jugadores cantar el himno con solemnidad, como si no notaran que ese equipo que conforman constituye un símbolo de identidad nacional más consolidado y extendido que cualquier bandera o canción de guerra nostálgica.