La escena más poderosa de Her es esa en la que el protagonista descubre que el sistema operativo del que está enamorado dejó de funcionar y sale corriendo de su oficina desesperado quién sabe para dónde, tal vez para la casa, y a la salida del edificio donde trabaja se tropieza y sale volando en una caía aparatosísima que parece imposible de fingir. Esa carrera y esa caída condensan en menos de veinte segundos toda la mierda sentimental dura que la película nunca aborda de frente pero que acecha detrás de esa soledad que el tipo lucha con tanto esfuerzo por preservar pura.

Por esa caída nomás Joaquin Phoenix (¿a qué horas se convirtió en ícono indie, por cierto?) ya merecería varios premios.