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sueños

Crédulo

Pensé que ya me habían olvidado. Como acá no pasa el tiempo a veces es difícil saber cómo funciona la memoria. Hoy fue un día más oscuro que de costumbre aunque no lo fue espiritualmente así que no debería quejarme. En realidad nunca debería quejarme. Tuve unos años de muchas quejas y no siento que fueran años muy saludables en retrospectiva. Procuro ahora agradecer por todo lo que tengo, que es bastante.

Hace un par de noches tuve un sueño absurdo pero feliz y duré todo el sueño contento aunque confundido con la situación, que era de veras totalmente irreal. Al final creo que el llanto del gato me despertó y cuando tomé consciencia de que era un sueño alcancé a decepcionarme sinceramente al perder de repente la felicidad (tan plena, tan fácil) relacionada con esa circunstancia absurda que sin embargo se sentía perfectamente concreta. Total es que pensaba hoy en lo crédula que es la alegría o, tal vez, en lo poco que se necesita para engañarse y dejarse llevar por la ingenuidad más primaria, incluso en casos cuando/donde es evidente que la fuente de satisfacción es una premisa absurda. Todos estamos siempre a un resbalón de terminar atrapados por un culto. Comprensible que tantos caigan. Debe sentirse hasta bien.

Recursos

En el cuarto piso del edificio donde se encuentra mi oficina, cuando se abre el ascensor, se ve una puerta cerrada con una placa que dice The McQuaig Institute. Llevo seis meses intrigado, imaginando qué harán ahí, sin atreverme a revisar lo que Google pueda decirme; postergando la decepción. Finalmente a principios de esta semana, en medio de un sueño, resolví buscar qué encontraba y terminé en una página web que permitía recorrer de pies a cabeza un cadáver humano abierto con la cara pixelada, en lo que parecería una autopsia bastante minuciosa en alta definición. Flotando sobre la imagen aparecían etiquetas que identificaban órganos acompañados de una descripción de su propósito y un precio. La crudeza era desconcertante. Ni en mis teorías más enloquecidas se me había pasado por la cabeza que pudiera ser un sitio de tráfico de órganos (mis sospechas más recientes apuntaban hacia una escuela de espionaje o detectivismo, cosas así). Y bueno, lo cierto es que cuando me desperté la memoria del sueño como sueño se había esfumado pero el recuerdo del sitio del instituto, aunque confuso, persistía allá al fondo en el pre-consciente, como parte de uno de esos recorridos cibernéticos sonambulescos de cierre de un día pesado en los que pierdo totalmente el rumbo, el buen gusto y la perspectiva. Así es como por ahí el miércoles, cuando de camino al trabajo se abrió el ascensor en el cuarto piso, pensé en lo perturbado que me había dejado la visita al sitio y en el descaro absoluto que tenían de promocionarse sin filtro ni dark web que los protegiera, así que me senté en mi escritorio con el propósito de revisitarlo, estudiar sus servicios con más cuidado, y entender cómo carajos se blindaban legalmente. Ahí fue cuando descubrí que en realidad era una empresa gris de recursos humanos con pésimos comentarios en Glassdoor.

«Pues no muy lejos del sueño», anota Mónica aquí a mi lado.

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Anoche mi voz afuera del sueño que intentaba hablar dentro del sueño me despertó y todavía estaba aquí.

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Quiero descansar. Me voy a ir a la cama temprano, leeré un rato y cuando cierre los ojos soñaré con un viaje a pie desde Bogotá hasta Lima con escala en el Chimborazo. Me gustaría poder dedicarle un año a caminar por ahí. Seguro que nunca llegaría a Lima.

Pesadilla

Laia tuvo una pesadilla durante su siesta de la tarde. Aunque profunda, estaba al borde del llanto. Me acosté a su lado, le hablé y la acaricié hasta que dejó de gemir. Debería haber una manera de materializarse a voluntad en sus sueños en caso de emergencia.

Consuelos


Basado en un diálogo de Inframundo.

Martes

Desmonto la oficina. No hay mucho que desmontar, la verdad. Nunca me preocupé mucho por apropiarme de este espacio. Apenas colgué un par de postales. También limpio los cajones y estanterías de basura. En un ataque paranoico salvo de la basura a último minuto cuarenta páginas dispersas de lo que parecen cálculos. Cuido los cálculos porque me cuestan. Una vez me convenzo de que algo es cierto olvido los trucos y más tarde soy incapaz de reproducirlos. Además soy desordenado, así que nunca sé dónde dejé la versión depurada y limpia y cuáles son apenas intentos infructuosos que podría desechar. Cuarenta páginas que debo filtrar. Tengo un sueño recurrente en el que debo calcular algo, algo sencillo, algo concreto que por pura inseguridad he hecho al menos quince veces con mucho cuidado, y soy incapaz. Sé que es verdad, sé lo que quiero evidenciar, pero no encuentro el camino. Odio eso. Me levanto de muy mal genio. Tengo el vicio, adquirido cuando era niño y, por ende, omnipotente, de depender demasiado de mi memoria. Eso es algo que debo cambiar. Hoy escribí en dos páginas un resumen al vuelo pero organizado del trabajo del semestre. Todavía no hay resultados muy serios pero luce promisorio. El jueves tendremos una nueva reunión. Tal vez sea la última en un buen rato.

Sábado

Mientras Mónica trabajaba en el laboratorio yo limpié la casa para recibir a Jana, Clif y la pequeña Lorelei esta noche. Tengo problemas con mi técnica de barrido. Me duele la espalda cuando barro. Creo que me inclino de más. Cuando Mónica volvió almorzamos en el bar aquí al lado. Ella pidió alitas picantes y yo una hamburguesa. No debería comer hamburguesa, siempre me deja el sistema digestivo en estado de emergencia. Hace unos días soñé que estaba orinando en el baño de la estación de Kitchener y no podía parar. Desde que descubrí que el jabón del baño de la estación de Kitchener huele a chicle (ese olor dulce a chicle clásico de unos chicles que, creo, ya no existen) entro al menos una vez al día a orinar y luego, como recompensa, me lavo las manos. En el sueño, la meada era interminable e incontenible y eso me angustiaba porque temía que perdería el tren. Nunca había soñado algo así antes.

Martes

Soñé que estaba en Bogotá, en una fiesta. Hablaba con Patricia. Los gatos me levantaron muy temprano (Gonta está empeñado en declarar las cuatro de la madrugada como hora oficial de juego) pero me volví a dormir. En el tren leo Manufacturing Depression o miro episodios de Los Soprano. Por las noches leo un capítulo o dos de Bone. Todavía no me convence. Es demasiado goofy para mi gusto.

Los martes no tengo clase. Por las mañanas trabajo con Rahim y Ómar y por las tardes, cada quince días, hay seminario de lógica. Hoy no hay seminario, pero debo preparar mi charla para el coloquio del departamento, que será el próximo lunes. Es la primera vez que tengo la oportunidad de hablar de mi trabajo a matemáticos que no trabajan en mi especialidad. Ese es un reto que me gusta. En general, me gusta el reto de convertir temas complicados en temas digeribles y además interesantes para una audiencia amplia. Tal vez por eso disfruto la docencia.

El trabajo con Rahim y Ómar es entretenido. Queremos desarrollar, en el contexto más general posible, una teoría de Galois de ecuaciones de diferencias (tal vez sobre cuerpos (iterativos) diferenciales (ojalá en característica arbitraria)). Los especialistas en el tema se restringen usualmente a ecuaciones lineales, pero la teoría de modelos permite explorar versiones “no lineales” (en el sentido de que las ecuaciones ocurren sobre grupos algebraicos no lineales) sin hacer demasiada álgebra. Actualmente intentamos aislar la noción correcta de σ-grupo. Anand y Piotr tienen una propuesta en este artículo pero hoy concluímos que, para nuestros propósitos, es demasiado débil. Queremos, en particular, que un σ-grupo sea equivalente a un grupo algebraico con un automorfismo del cuerpo de funciones de la misma manera que un D-grupo es un grupo algebraico con una derivada en el cuerpo de funciones. El riesgo, claro, es que al restringir el escenario nos quedemos sin ejemplos. Calibrar una definición es una tarea sutil.

Viernes

Cielo oscuro y gris. Me levanté cansado, como si no hubiera dormido bien. Soñé que estaba en un sitio donde nunca he estado con personas que no conocía y las personas me hacían preguntas sobre mí. Yo las respondía despacio, como haciendo tiempo, pero estaba angustiado. Creo que era un programa de concurso porque a veces se oían aplausos (¿o eran risas?), pero no parecía haber premio a la vista.