La industria de la paz cobra miles de vidas (y factura millones de dólares) cada año. Es un negocio próspero en este mundo desesperado por ilusiones que no se diluyan. La industria de la paz se llama a veces guerra. Por eso los ejércitos de todos los bandos (y los fabricantes de armas) siempre están a su servicio. El político que reiteradamente anuncia estar comprometido con la paz es por lo general un aspirante a opresor. Con esa afirmación (vacía, si se toma literalmente) proclama y promueve su creencia en la existencia (y amenaza) de un sector (suficientemente amplio) de la sociedad que no comparte su ideología (y por ende se opone a su paz). Es una denuncia totalitaria velada. Su paz requiere la imposición de una estructura sólida de poder (generalmente no concertada y respaldada por tropas armadas) que la sostenga. La administración (o coadministración) de dicha estructura es el objetivo final del autoproclamado pacificador. La paz genuina es privilegio de los muertos.