Rango Finito

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televisión

Viernes (Números)

Nadie durmió. Ni siquiera los gatos. Es el miedo. Vimos televisión toda la noche. Primero series policiacas con muchos cuerpos descompuestos y luego ese programa de la persona que lee números en desorden para asegurarse de que hay alguien ahí, atento. No sabemos si es una mujer o un hombre. Tenemos varias apuestas al respecto. El programa no se inicia ni se termina formalmente. Da la impresión de continuar mientras no es transmitido aunque supongo que la persona debe tener períodos de descanso para comer e ir al baño. O tal vez son varias personas exactamente iguales que toman turnos. La tecnología de la clonación humana está mucho más avanzada de lo que reconoce la ortodoxia científica. Todo el mundo sabe eso. De ahí los laboratorios en islas artificiales, el culto de Los Eternos, y esas noticias frecuentes de los muertos que regresan sin memoria. Los números se acumulan. A medida que los dice cruzan la pantalla a velocidades variables y se van acomodando en una pila cuyo tamaño de fuente se reduce a medida que la pila crece. Algunos números son negros y otros son rojos. En la sesión de anoche hubo apenas siete números rojos. Generalmente son más. Siempre hay más negros, los rojos son especiales, los acompaña con una entonación distinta, más alegre, pero la proporción nunca es tan desigual. En dos horas de transmisión, la persona, que nunca mira la cámara y parece estar sentada en una silla rígida particularmente incómoda, alcanza a leer dos mil números. Hace pausas entre cada cifra y también cuando cambia de página o toma un sorbo de agua de una botella de vidrio sin marca. Nunca la he visto superar el número cien mil, pero hay historias que se cuentan entre los seguidores más fieles de números larguísimos, todos rojos. Durante un tiempo pensé que era parte de algún código, que quería transmitirnos un mensaje, todo el mundo piensa eso ingenuamente la primera vez, pero ahora creo que es posible que sea algo más serio y profundo, algo que debería preocuparnos más allá del morbo de saber de qué se trata. ¿Un índice? ¿Un conteo? ¿Una rifa? ¿Un bingo? El viejo dice que cuando la transmisión se detiene en nuestro canal continúa en otros canales u otros lugares. Nunca se detiene de verdad. Él, por ejemplo, la encontró alguna vez a las cuatro de la madrugada en Disney Channel, pero entonces era animado. Alguien más, no recuerdo quién, pude haber sido yo mismo, me dijo que vio a la persona leyendo los números a la entrada de un centro comercial hace algunos años, antes de la guerra. No había cámaras por ningún lado.

Miércoles

Terminé de leer The Pale King esta mañana. Tal vez luego diga algo al respecto. Por lo pronto transcribo las notas rápidas que tomaba al cierre de cada capítulo para no perderme. Soñé que Pedro Poitevin escribía una novela y me la enviaba para leerla. Me daba mucha envidia porque tenía “peleas de verdad”. No desayuné. El plan es empatar lo que estamos haciendo con el trabajo de Anand en el contexto diferencial o algo así. Almorcé una milanesa de cerdo con ensalada. Hablé con Laura y Carolina por la tarde. Preparé una sopa de miso con honguitos largos blancos (siempre olvido el nombre) y tofu por la noche. Me gusta, siempre me ha gustado, licuar zanahora en jugo de naranja. Unas niñas secuestradas gritan y lloran en la televisión. El secuestrador (y asesino serial en desarrollo) les dice que son unas malagradecidas. También vimos Modern Family. Simpático.

Algunas lecturas: Íñigo reseña Inside Job, Shantha lee poesía, Lola reseña los libros que lee, Nanda comparte secretos matrimoniales, Vega se burla de quienes escribimos diarios, los mexicanos invaden Wondermark, Henry Sánchez “El Forrest Gump Colombiano” llega a México (aquí entrevista extensa (altamente recomendada)), y Constatación brutal del presente, la novela de Javier Avilés, se podrá comprar en Colombia.

Miércoles (El Profeta)

We are all of us brothers, dice El Profeta por televisión. Cuando estoy cansado pero no puedo dormir veo televisión en la sala de recreo o juego ajedrez. Siempre hay alguien en la sala de recreo dispuesto a una partida. También hay gatos. La doctora dice que son terapéuticos pero prefiero a los perros que viven afuera. Son más humanos. Cuando se acaba la programación comercial se inician los programas religiosos subvencionados por el estado. El Profeta es de lejos mi favorito. El Profeta no propone conversiones, le parecen innecesarias pues en su opinión la misericordia infinita de Dios no exige expresiones de devoción sino la práctica de la bondad. Tampoco promete curaciones milagrosas. El Profeta es un hombre preocupado, dice que vamos por mal camino y que debemos reconsiderar nuestra situación como individuos, nuestra desconexión. Esta perspectiva, nos confiesa, lo angustia. Una fracción significativa del discurso recurrente del Profeta gira en torno a la fé en la existencia de los demás. Esa es una idea que me gusta. El Profeta dice que la fé en Dios es innata, hace parte de la condición humana básica, pero que la fé en el otro, en su individualidad, en su complejidad, en su estatus de igualdad con respecto a nosotros, requiere un esfuerzo que no puede ser compensado con piedad. El Profeta dice que el hombre piadoso que olvida a su prójimo, el que cae en el pecado del solipsismo por darle prioridad al culto al Señor, merecería el infierno si el infierno existiera, porqué él es de la escuela que dice que el infierno es un concepto falso, un error de interpretación popularizado por una mala traducción de las escrituras. Anoche El Profeta decía que la comunión no debe ser un ritual de cada domingo, sino un ejercicio cotidiano y constante por compartir, por encontrarnos con el otro y, al reflejarnos, reconocer explícitamente el valor de su presencia y nuestra propia alteridad.

Normal

Estoy de nuevo en mis quince años. Veo televisión. En la televisión hay un hombre que promete milagros. El hombre nos dice que debemos creer y yo creo. El hombre nos pide que cerremos los ojos y nos tomemos el vaso de agua previamente tele-bendecido y le pidamos al Señor que se compadezca de nosotros, pecadores, y aprecie nuestro fervor y nuestro amor. Ámame, Señor. Protégeme, Señor. Auxíliame, Señor. Cúrame, Señor, que todo lo puedes. Heme aquí, Señor, dispuesto a recibirte en mí, a reconocerte como mi Salvador y mi Guía. Cierro los ojos con fuerza y enfoco mi voz hacia el cielo y pronuncio la oración en voz alta y con fe, pero no siento el abrazo del Señor. El Señor está ahora en ti, hermano, dice el hombre de la televisión, y aunque eso es todo lo que pido no lo siento: sigo vacío. Ya llevo quince años así. Esto no puede ser normal.