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teorías

Teoría

Dado un lenguaje, una noción de verdad y una entidad en el universo acerca de la cual el lenguaje esté capacitado para hablar, la teoría de la entidad es la colección de afirmaciones en el lenguaje que son ciertas al respecto de la entidad de acuerdo a la noción de verdad elegida. Las teorías acorralan a la entidad tanto como el lenguaje lo permite. Si el lenguaje no tiene manera de hablar del color, entonces el color de la entidad no será capturado por la teoría y una entidad idéntica salvo por su color será indistinguible, bajo este lenguaje, de la original. Si el lenguaje puede aislar totalmente la entidad decimos que la entidad tiene un nombre. En tanto que todo lenguaje es semánticamente limitado, toda teoría de una entidad establece en general una mónada alrededor que es potencialmente cohabitada por otras entidades de la misma clase cuyas diferencias con la entidad dada son invisibles a las posibilidades expresivas del lenguaje. En esta ignorancia sistemática de diferencias particulares el lenguaje encuentra su debilidad y su poder. Que evidencie su debilidad es claro. Que al tiempo sea su fortaleza es consecuencia de que todo filtro que establezca equivalencias entre entidades en principio disímiles también establece, en el fondo, un modelo natural simplificado del universo basado en arquetipos sencillos y controlables, de repente estáticos, sin la incómoda variabilidad salvaje del universo vivo.

Bomba

El terrorismo es un ejercicio mediático. Los muertos son daño colateral que sirve al propósito de transmitir con efectividad el mensaje. El rango de alcance de una bomba no debería ser medido por su radio de acción física sino por su impacto social. Por eso es que en Colombia no ponen bombas en barrios periféricos de ciudades intermedias sino en plena carrera séptima de Bogotá, donde pasa, si uno lo piensa, casi todo lo que importa. Durante algún tiempo hace algunos años pensé en una historia que se iniciara más o menos como hoy: un ataque terrorista en el centro de una ciudad que fuera el inicio de una serie de incidentes cada vez más difíciles de explicar/interpretar y desprovistos de mensaje explícito. Pensé en cómo reaccionaría una sociedad ante ataques desalmados sin discurso subyacente. Pensé y pensé hasta que me di cuenta que, de cierta manera, eso es justo lo que presenciamos en Colombia desde hace años. Y no es que un mensaje adjunto a cada asesinato o explosión mejorara las cosas, pero la falta de mensaje y la dinámica que genera dice mucho sobre el estado actual de las cosas, sobre nuestra indolencia, nuestra arraigada costumbre al horror. Por ejemplo: cada analista profesional o improvisado del incidente está dispuesto a usar la bomba para su beneficio, para que la bomba sirva a reafirmar su posición política. Todos rechazan enfáticamente la violencia y luego, sin dejar si quiera un punto y coma de por medio, ponen la violencia al servicio de su causa o su discurso; promueven dudas; difunden teorías vagas que se alimentan de sí mismas. Y la cosa es a tal nivel que cuando alguien se entera de lo que pasó y llora, cuando hace lo que todos deberíamos hacer si tuviéramos más corazón que estómagos para rumiar conspiraciones, entonces esa reacción nos altera, no la entendemos, no sabemos cómo explicarle a esta persona que esa bomba es normal y la falta de muertos es normal pero si hubiera muertos también sería normal porque ya ha pasado y mire cómo todo continúa y nada se rompe para siempre y, ajá, “la vida sigue” (sic). Nuestra estructura mental de la situación, la que nos permite llevar estos asuntos como si fueran otra tormenta más, es imposible de articular en palabras sin que uno entre de repente en un bucle de rabia, confusión y tristeza del que es imposible salir sin enfermarse al menos un poco. Pero nadie se enferma, y eso es preocupante: quiere decir que ya nadie llora cuando ponen bombas.