Ciertos grupos sociales se definen por unas reglas de conducta que de alguna manera los sitúan a la cabeza de la (¿o una?) jerarquía moral. Desde ahí establecen, mediante cálculos legales, quién es digno de su respeto y atención y quién merece castigo. Los formalismos son una forma de opresión pasiva poderosa. El sistema de reglas de conducta sirve de fachada para fortalecer una posición de autoridad. Su rigor es, por ende, selectivo. Confrontar el código para evidenciar su carácter ficticio requiere sacrificios inmensos. Sólo en derrota honorable hay victoria.