Rango Finito

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Lake Mungo

En mi teoría de bolsillo de lo sobrenatural que pretendí ilustrar parcialmente en Inframundo, la muerte es un portal a una existencia fuera de la línea del tiempo que arrastra/rodea al espacio. Esto permite que dos reencarnaciones consecutivas no se ciñan al orden cronológico o incluso convivan en un mismo lapso de tiempo. Lo mismo aplica a los fantasmas y sus efectos asociados. La onda de la muerte es expansiva en toda dimensión concebible. Los condenados a muerte hablan con sus espectros arrepentidos un mes antes de su ejecución, se prometen cosas. Una casa es protegida por el espíritu en pena del niño que nacerá en ella medio siglo más tarde. Los fantasmas son tristeza, impotencia y nostalgia, pero también ansiedad y desconcierto ante el abismo incomprensible del futuro.

Lake Mungo Muerta
Siempre es posible regresar.

Existencias

Cuando las personas están muertas no piensan mucho en el futuro por razones obvias que no entraré a discutir acá. El futuro es un asunto que concierne a las personas vivas. Podría decirse incluso que cuando las personas dejan de pensar en el futuro están muertas así parezca que están vivas. A muchas personas las mata el apego al pasado. A otras las mata el cáncer, que es como el pasado encarnado y rabioso. También están quienes mueren en accidentes de tránsito, ahogadas en el mar o en una cuna de una unidad de cuidados intensivos. Casi nadie merece morir pero igual todo el mundo muere. El pasado nunca deja de crecer. El futuro se acaba.

Metas

Antes uno quiere TODO y luego se resigna progresivamente a fracciones más ínfimas de ese TODO porque la vida le enseña que de tanto aspirar al final no queda sino el aire, y eso.

Yo entiendo de corazón a las personas que renuncian a vivir aunque si tuviera elección preferiría ser uno de esos que no se dejan aturdir por el primer atisbo de fracaso.

Propósitos

El propósito implícito de este año consistía en reestablecer los vínculos con la vida. Era intentar eso o matarse. Ganó vivir.

De todas maneras ayer, mientras caminábamos por el Golden Gate hasta que la neblina nos cubrió y San Francisco se deshizo, pensé en proponerle a Mónica que saltáramos juntos. Nadie nos vería. Nadie sabría qué pasó.

Hoy durante la comida con Jaime ella decía que nuestro propósito para el año que se inicia es encontrar/armar una vida. No sabemos dónde ni en qué circunstancias. Nos gustaría establecernos en Canadá. Queremos un lugar donde podamos asentarnos y estar tranquilos. Cada vez parece menos sensato proseguir en la búsqueda de oportunidades laborales académicas en un mundo universitario piramidal que se basa en ofrecer contratos temporales de mala calidad (llamados eufemísticamente “postdocs” mientras el marrano es joven) destinados a sostener los ocios ombliguistas de la élite dudosa de privilegiados que cuentan con plazas permanentes y donde la educación seria, amplia y respetuosa de los jóvenes ya hace tanto que dejó de ser una prioridad institucional. Sin duda hay maneras más provechosas y satisfactorias de ocupar la (poca) juventud que nos queda.

Mensaje

Hoy Mauricio me mandó un mensaje. Lo dejó en la calle, a la salida de la estación de tren en Kitchener. Sabía que pasaría por ahí. Sabía que lo vería y lo reconocería. El mensaje decía que estábamos bien, que él nos quería y que vivía dentro de nosotros, en el amor grandísimo que acumulamos durante los pocos días que nos visitó. Pensé en el mensaje todo el día. Intenté entender por qué precisamente hoy. No sé. Pensé en hablarle a mis estudiantes de Mauricio pero me contuve. Quería compartir con ellos algo útil. Decirles que hay felicidad incluso en las tristezas más devastadoras. Pensé en nuestro hijito todo el día como si al pensarlo lo abrazara y lo llevara conmigo. De vuelta a la estación, ya de noche, me paré en el mismo sitio donde recibí el mensaje esta mañana, miré hacia arriba, me quedé parado ahí dos minutos, respirando las nubes, y seguí caminando. No me sentí triste, no esta vez. Me sentí tranquilo. Agradecido, incluso. Lo vi junto a mí. Lo sentí cerca. Por fuera del tiempo pero casi aquí.

Sábado

No me acuerdo de qué quería hablar así que voy a improvisar. Anoche, mientras tejía, vi una película en televisión, en un canal mexicano que entra por temporadas, de un hombre que decide que no quiere seguir viviendo con la mujer con la que ha vivido por los últimos veintisiete años porque se siente infeliz, siempre se ha sentido infeliz, pero realmente no tiene ninguna justificación para explicarle a esta mujer por qué ha decidido dejarla, lo que le parece injusto con ella. Esa es toda la película. En la descripción decía que era una comedia. La mujer apenas aparece en dos escenas. Dos conversaciones en baños cortas que dejan clarísimo para cualquiera que las ve menos para él por qué ese señor se tiene que ir. El ochenta por ciento de la película transcurre en baños, en rutinas de mañana, entre la cama, el armario y el baño y de regreso al armario. Frente al espejo. Hay espejos/reflejos en casi todas las escenas. Frente al espejo son los momentos más duros de la película, que no son realmente duros pero pretenden, al menos, ser intensos. El actor está muy bien elegido. Es un señor ahí sin identidad que habla entre dientes y se está quedando calvo y cualquiera diría que es sincero cuando dice que no está satisfecho con su vida, que está cansado, que al menos cuando dice eso no actúa. Yo creo que tiene cáncer. Tal vez por eso lo eligieron. Hay una parte, casi al principio, antes de bañarse, donde el señor orina pero el chorro no sale directo hacia adentro de la taza sino que primero se demora y apenas gotea, como si le doliera, y luego sale desviado y salpica por todos lados, así que el señor tiene que contenerlo, lo que parece dolerle aún más, y sentarse en la taza para no seguir salpicando, y mientras orina sentado limpia el suelo y se limpia las piernas con papel higiénico; luego se mira al espejo como molesto, como angustiado. Al final de la película, creo que no destruyo nada si revelo esto, el señor no se va.

Mistakes


Tim is off on a search to rescue the Princess. She has been snatched by a horrible and evil monster.

This happened because Tim made a mistake.

Not just one. He made many mistakes during the time they spent together, all those years ago. Memories of their relationship have become muddled, replaced wholesale, but one remains clear: the Princess turning sharply away, her braid lashing at him with contempt.

He know she tried to be forgiving, but who can just shrug away a guilty lie, a stab in the back? Such a mistake will change a relationship irreversibly, even if we have learned from the mistake and would never repeat it. The Princess’s eyes grew narrower. She became more distant.

Our world, with its rules of causality, has trained us to be miserly with forgiveness. By forgiving too readily, we can be badly hurt. Buf it we’ve learned from a mistake and become better for it, shouldn’t we be rewarded for the learning, rather than punished for the mistake?

What if our world worked differently? Suppose we could tell her: “I didn’t mean what I just said,” and she would say: “It’s okay, I understand,” and she would not turn away, and life would really proceed as though we had never said that thing? We could remove the damage but still be wiser for the experience.

Tim and the Princess lounge in the castle garden, laughing together, giving names to the colorful birds. Their mistakes are hidden from each other, tucked away between the folds of time, safe.

Braid

Time heals

I don’t miss him anymore. Most of the time, anyway. I want to. I wish I could but unfortunately, it’s true: time does heal. It will do so whether you like it or not, and there’s nothing anyone can do about it. If you’re not careful, time will take away everything you have ever lost, and replace it with knowledge. Time is a machine: it will convert your pain into experience. Raw data will be compiled, will be translated into a more comprehensible language. The individual events of your life will be transmuted into another substance called memory and in the mechanism something will be lost and you will never be able to reverse it, you will never again have the original moment back in the uncategorized, preprocessed state. It will force you to move on and you will not have a choice in the matter.

—Charles Yu, How to live safely in a science fiction universe

Time

Time is an ocean of inertia, drowning out the small vibrations, absorbing the slosh and churn, the foam and wash, and we’re up here, flapping and slapping and just generally spazzing out, and sure, there’s a little bit of splashing on the surface, but that doesn’t even register in the depths, in the powerful undercurrents miles below us, taking us wherever they are taking us.

—Charles Yu, How to live safely in a science fiction universe

When you reach me, de Rebecca Stead

A los doce años nadie sabe nada y creo que parte de las cosas que se descubren a esa edad es precisamente eso. Es frustrante al principio y después liberador. Al menos yo lo recuerdo así. Luego, como a los veinte años, se vuelve a sentir que se sabe todo y esa fase es más larga y engañosa. El golpe al final, creo, es lo que llaman adultez. Pero antes de eso todo el mundo tiene doce años y no sabe absolutamente nada de la vida. No sabe ni siquiera que se va a morir. No sabe que muchos que conoce se van a morir antes que él. No importa cuánto los quiera, se mueren. No hay nada que se pueda hacer. Es inevitable. Hay que sentarse en la casa de su papá a esperar a que llamen a decirnos que mi abuelo ya se murió para poder ir a la funeraria en Chapinero a llorar de verdad y arrepentirse por no haber querido saludarlo la última vez que lo visitó, por puro miedo de verlo así. Y no sabe ni entiende nada. Esperaba que el abuelo o la mamá o el amigo o el hermano vivieran para siempre. Esperaba que estas cosas tristes estuvieran fuera del alcance de su (mi) vida. Lo que se empieza a disolver a los doce años es la aparente perfección de esa vida idílica sobreprotegida donde nada malo nunca pasa. Pero a mí me parece que la caída de esa aparente percepción de perfección da paso a una nueva perfección un poco más equilibrada y duradera basada en el valor de lo que tenemos mientras lo tenemos. Las personas empiezan a importar más, el tiempo se siente y uno sigue sin saber nada, pero al menos ahora el mundo está ahí, afuera, por fin visible, para empezar a aprender.

Miércoles

Es miércoles, son las diez de la mañana, hace poco caía nieve ligera afuera, y este es mi reporte regular de supervivencia para acreditar que seguimos amarrados al tiempo. Antes de continuar bajé a entregarle el cheque de la renta del apartamento a la administradora del edificio, un gesto que se siente arcaico pero que le da cierto sentido de humanidad a un asunto que en muchos lugares ya se dejó, como tantas otras cosas, en manos de los bancos. Mónica me llama para que revise unos archivos en su computador. La imagen de fondo de pantalla es esta foto. Es imposible de creer que dos días más tarde Mauricio Arturo, el niño pequeñito y lindo-lindo que duerme a suspiros en mi hombro y al que todavía puedo sentir ahí si me concentro lo suficiente, estaría muerto (¡qué impotencia tan terrible me arrasa cada vez que lo pienso!), pero la imagen, volverlo a ver, siempre es reconfortante, nos consuela. Sirve para corroborar que vivió y estuvo con nosotros, que nos hizo felices. Esos pequeños rastros físicos de su presencia brevísima son nuestro paliativo para combatir el dolor que no se va. Ha pasado muy poco tiempo, muy poco. Ahí vamos. Cocinamos cosas, compramos cosas, hablamos, nos acompañamos, nos queremos. Ahí vamos. Ahí. Por las noches, antes de dormir, leo A Naked Singularity y Mónica lee la tercera parte de Millenium. Ya bajó el ritmo de lectura para que no se acabe tan rápido. De A Naked Singularity hablaré a fondo cuando lo termine. Por lo pronto sólo diré que es una de las mejores lecturas que me ha dejado este año tan agrio, tan dulce y tan confuso que ya casi se acaba y todavía no sé bien dónde me deja.

As the dawn began to break, I had to surrender. The universe will have its way: too powerful to master. What is love and what is hate? And why does it matter? Is to love just a waste? How can it matter?

—The Flaming Lips, In the Morning of the Magicians

Viernes

Estoy sentado en el sofá. Plinio duerme a mi derecha y en la mesa están los platos sucios que no he llevado a la cocina por pereza: hace más de una hora que terminé de almorzar. Al fondo, frente a mí, está el mueblecito, compuesto por dos estanterías pequeñas, donde además de libros tenemos el televisor, el decodificador de cable, el dock-parlante para el iPod y un pequeño altar improvisado donde están las cenizas de Mauricio. El altarcito está compuesto por los juguetes que llevé al hospital el día que murió y otros que he ido añadiendo más un corazón azul que hizo Phylis y que lleva su nombre y el día que nació. Sobre la urna de plástico envuelta en tela azul, prominente, está el kapibara-san rosa que compré en Tokio en marzo para él. Acabo de notar que ahí al lado está mi pasaporte. Hace poco no recuerdo quién me preguntaba que por qué todavía teníamos la urnita ahí (o por qué todavía teníamos la cuna en nuestro cuarto). Porque todavía no es tiempo, le respondí, aunque realmente no sé si llegará un momento cuando sintamos que ya es tiempo para eso. ¿Por qué habría de llegar? ¿Qué es lo que impide la presencia esos objetos? ¿Qué es lo que libera su ausencia? Me irrita como pocas cosas que sugieran lo que debemos hacer o sentir o como debemos llevar el proceso de… ¿Cuál es el propósito del proceso? ¿Entender? ¿Aceptar? ¿Dejar ir? ¿Sanar? ¿Reaprender a vivir? ¿Regresar? ¿Continuar? ¿Recobrar la calma o el ánimo o la esperanza? Me irrita porque desde mi perspectiva la única opción es permitirse sentir lo que quiera que debemos sentir mientras que el sentimiento persista. No hay mucho margen de maniobra ni parece razonable contener lo que está adentro. Hacemos lo que está a nuestro alcance. Hacemos lo que el proceso dicta y confiamos en el proceso, nos dejamos guiar por él. Y funciona: los tiempos para las cosas van llegando, a veces sin siquiera notarlo. Acabo de hablar con Mónica. Está en el laboratorio de radioactividad haciendo no sé qué pruebas. Usualmente hablamos por teléfono mientras ella almuerza. Dado que mi círculo social en London es mayoritariamente felino, no tengo muchas oportunidades para hablar. Durante la conversación de hoy me enteré de que era viernes. Me siento mal, engañado, cuando pierdo el registro de los días. También tengo frío en los pies.

Jueves

Dos abuelas sin su nieto duermen en la sala de mi casa. Una de las dos presenció con impotencia su partida. A la otra todavía le cuesta creer que no haya podido conocerlo. Hoy Mauricio Arturo cumpliría una semana de nacido. Habríamos ido con él a la estación de tren a recibir a mi mamá. Seguramente dormiría en este momento junto a mí. Hablaría, en esta entrada, del ritmo de su respiración y de sus gestos mientras duerme. Describiría sus manos. Mónica duerme a mi lado. Tiene la piyama que se puso en el hospital. Hace una semana regresé muy cansado a la casa más o menos a esta hora. Era el hombre más feliz de este planeta.

Gráfico

El tiempo hace lo que puede, pero eso nunca es suficiente para usted. Claro que tengo derecho a sentirme así y usted no es quién para concederme ese derecho. Me sentiría igual con o sin su permiso. Mi consuelo es que ahora al menos sé con cierta precisión cuál es el valor que usted otorga a lo que siento, a lo (poco) que le doy. También tengo claro lo que debo esperar de usted. En una realidad paralela seguro que seguimos siendo felices. En otra realidad paralela todos estamos muertos. ¿Quiere posibilidades? Un día me levanto y siento que esto ya no es para mí así que me esfumo de mi vida y de la suya. Por amor, desaparezco. ¿Otra? Un día me levanto y recuerdo que olvidé algo en la oficina. Es sábado, decido caminar, eso es lo último que recuerdo. Cuando abro los ojos de nuevo estoy en un lugar donde pasé muchos años siendo niño: el hospital donde internaban a mi abuelo luego de cada crisis. Cuando le pregunto al médico por usted el médico me responde que usted ya no está. El médico me pregunta datos básicos sobre mi vida y se sorprende cuando le respondo correctamente, pero hay algo que está mal. El médico no me lo dice, no al principio, pero yo lo sé. Me veo las manos y lo sé. Cuántos años, le pregunto al doctor. Poco a poco recupero la memoria. Me muestran videos de lo que fui, de lo que quedó de mí después del accidente. Accidente. Nadie sabe qué pasó. Usted se cansó de esperar mi regreso. Me dejó una carta para cuando despertara, para cuando volviera a responder correctamente a las preguntas fáciles. En la carta me decía que no sabía si alguna vez leería esa carta pero que de todas maneras la escribía porque sentía que me debía eso. Luego me hablaba del dolor de verme y lo que veía en mis ojos cuando la llamaba por otros nombres. Me listaba los nombres. Me listaba las historias que le había contado de mi vida. Me preguntaba cuántas personas de esas era yo y cuántas me había inventado para complacerla. Me pedía que fuera feliz. Eran cosas que yo debía entender si no es que ya las entendía desde antes. Esa es la duda siempre: tal vez el accidente sólo facilitó lo inevitable. En la carta había una foto de los dos el día que nos conocimos en esa fiesta hace cinco años. Nuestra primera foto juntos. Atrás estaba la fecha. Tengo un juego en el que grafico la distancia entre los dos. Esa fecha marca el tiempo cero. Hablo de distancia en un sentido emocional. Pienso en las veces cuando nos miramos y sabíamos que no había nada que nos separara. Eso pasó. Usted tal vez no lo recuerda pero eso pasó. Y se sentía bien. La línea ondula y cae y vuelve a escalar en pendientes que miden odios y tristezas. Ahí vamos nosotros, pienso, sobre y contra este tiempo que nunca fue suficiente para usted. Calculo puntos de inflexion y máximos. Así me entretengo. Refino la asíntota sostenida en el ahora. Esa línea somos los dos. Es lo que queda de los dos.

Lectura

(clic)