Rango Finito

fotoscódigoobservatorioshermanocerdo temas plots

tiempo

Miércoles

Es miércoles, son las diez de la mañana, hace poco caía nieve ligera afuera, y este es mi reporte regular de supervivencia para acreditar que seguimos amarrados al tiempo. Antes de continuar bajé a entregarle el cheque de la renta del apartamento a la administradora del edificio, un gesto que se siente arcaico pero que le da cierto sentido de humanidad a un asunto que en muchos lugares ya se dejó, como tantas otras cosas, en manos de los bancos. Mónica me llama para que revise unos archivos en su computador. La imagen de fondo de pantalla es esta foto. Es imposible de creer que dos días más tarde Mauricio Arturo, el niño pequeñito y lindo-lindo que duerme a suspiros en mi hombro y al que todavía puedo sentir ahí si me concentro lo suficiente, estaría muerto (¡qué impotencia tan terrible me arrasa cada vez que lo pienso!), pero la imagen, volverlo a ver, siempre es reconfortante, nos consuela. Sirve para corroborar que vivió y estuvo con nosotros, que nos hizo felices. Esos pequeños rastros físicos de su presencia brevísima son nuestro paliativo para combatir el dolor que no se va. Ha pasado muy poco tiempo, muy poco. Ahí vamos. Cocinamos cosas, compramos cosas, hablamos, nos acompañamos, nos queremos. Ahí vamos. Ahí. Por las noches, antes de dormir, leo A Naked Singularity y Mónica lee la tercera parte de Millenium. Ya bajó el ritmo de lectura para que no se acabe tan rápido. De A Naked Singularity hablaré a fondo cuando lo termine. Por lo pronto sólo diré que es una de las mejores lecturas que me ha dejado este año tan agrio, tan dulce y tan confuso que ya casi se acaba y todavía no sé bien dónde me deja.

As the dawn began to break, I had to surrender. The universe will have its way: too powerful to master. What is love and what is hate? And why does it matter? Is to love just a waste? How can it matter?

—The Flaming Lips, In the Morning of the Magicians

Viernes

Estoy sentado en el sofá. Plinio duerme a mi derecha y en la mesa están los platos sucios que no he llevado a la cocina por pereza: hace más de una hora que terminé de almorzar. Al fondo, frente a mí, está el mueblecito, compuesto por dos estanterías pequeñas, donde además de libros tenemos el televisor, el decodificador de cable, el dock-parlante para el iPod y un pequeño altar improvisado donde están las cenizas de Mauricio. El altarcito está compuesto por los juguetes que llevé al hospital el día que murió y otros que he ido añadiendo más un corazón azul que hizo Phylis y que lleva su nombre y el día que nació. Sobre la urna de plástico envuelta en tela azul, prominente, está el kapibara-san rosa que compré en Tokio en marzo para él. Acabo de notar que ahí al lado está mi pasaporte. Hace poco no recuerdo quién me preguntaba que por qué todavía teníamos la urnita ahí (o por qué todavía teníamos la cuna en nuestro cuarto). Porque todavía no es tiempo, le respondí, aunque realmente no sé si llegará un momento cuando sintamos que ya es tiempo para eso. ¿Por qué habría de llegar? ¿Qué es lo que impide la presencia esos objetos? ¿Qué es lo que libera su ausencia? Me irrita como pocas cosas que sugieran lo que debemos hacer o sentir o como debemos llevar el proceso de… ¿Cuál es el propósito del proceso? ¿Entender? ¿Aceptar? ¿Dejar ir? ¿Sanar? ¿Reaprender a vivir? ¿Regresar? ¿Continuar? ¿Recobrar la calma o el ánimo o la esperanza? Me irrita porque desde mi perspectiva la única opción es permitirse sentir lo que quiera que debemos sentir mientras que el sentimiento persista. No hay mucho margen de maniobra ni parece razonable contener lo que está adentro. Hacemos lo que está a nuestro alcance. Hacemos lo que el proceso dicta y confiamos en el proceso, nos dejamos guiar por él. Y funciona: los tiempos para las cosas van llegando, a veces sin siquiera notarlo. Acabo de hablar con Mónica. Está en el laboratorio de radioactividad haciendo no sé qué pruebas. Usualmente hablamos por teléfono mientras ella almuerza. Dado que mi círculo social en London es mayoritariamente felino, no tengo muchas oportunidades para hablar. Durante la conversación de hoy me enteré de que era viernes. Me siento mal, engañado, cuando pierdo el registro de los días. También tengo frío en los pies.

Jueves

Dos abuelas sin su nieto duermen en la sala de mi casa. Una de las dos presenció con impotencia su partida. A la otra todavía le cuesta creer que no haya podido conocerlo. Hoy Mauricio Arturo cumpliría una semana de nacido. Habríamos ido con él a la estación de tren a recibir a mi mamá. Seguramente dormiría en este momento junto a mí. Hablaría, en esta entrada, del ritmo de su respiración y de sus gestos mientras duerme. Describiría sus manos. Mónica duerme a mi lado. Tiene la piyama que se puso en el hospital. Hace una semana regresé muy cansado a la casa más o menos a esta hora. Era el hombre más feliz de este planeta.

Gráfico

El tiempo hace lo que puede, pero eso nunca es suficiente para usted. Claro que tengo derecho a sentirme así y usted no es quién para concederme ese derecho. Me sentiría igual con o sin su permiso. Mi consuelo es que ahora al menos sé con cierta precisión cuál es el valor que usted otorga a lo que siento, a lo (poco) que le doy. También tengo claro lo que debo esperar de usted. En una realidad paralela seguro que seguimos siendo felices. En otra realidad paralela todos estamos muertos. ¿Quiere posibilidades? Un día me levanto y siento que esto ya no es para mí así que me esfumo de mi vida y de la suya. Por amor, desaparezco. ¿Otra? Un día me levanto y recuerdo que olvidé algo en la oficina. Es sábado, decido caminar, eso es lo último que recuerdo. Cuando abro los ojos de nuevo estoy en un lugar donde pasé muchos años siendo niño: el hospital donde internaban a mi abuelo luego de cada crisis. Cuando le pregunto al médico por usted el médico me responde que usted ya no está. El médico me pregunta datos básicos sobre mi vida y se sorprende cuando le respondo correctamente, pero hay algo que está mal. El médico no me lo dice, no al principio, pero yo lo sé. Me veo las manos y lo sé. Cuántos años, le pregunto al doctor. Poco a poco recupero la memoria. Me muestran videos de lo que fui, de lo que quedó de mí después del accidente. Accidente. Nadie sabe qué pasó. Usted se cansó de esperar mi regreso. Me dejó una carta para cuando despertara, para cuando volviera a responder correctamente a las preguntas fáciles. En la carta me decía que no sabía si alguna vez leería esa carta pero que de todas maneras la escribía porque sentía que me debía eso. Luego me hablaba del dolor de verme y lo que veía en mis ojos cuando la llamaba por otros nombres. Me listaba los nombres. Me listaba las historias que le había contado de mi vida. Me preguntaba cuántas personas de esas era yo y cuántas me había inventado para complacerla. Me pedía que fuera feliz. Eran cosas que yo debía entender si no es que ya las entendía desde antes. Esa es la duda siempre: tal vez el accidente sólo facilitó lo inevitable. En la carta había una foto de los dos el día que nos conocimos en esa fiesta hace cinco años. Nuestra primera foto juntos. Atrás estaba la fecha. Tengo un juego en el que grafico la distancia entre los dos. Esa fecha marca el tiempo cero. Hablo de distancia en un sentido emocional. Pienso en las veces cuando nos miramos y sabíamos que no había nada que nos separara. Eso pasó. Usted tal vez no lo recuerda pero eso pasó. Y se sentía bien. La línea ondula y cae y vuelve a escalar en pendientes que miden odios y tristezas. Ahí vamos nosotros, pienso, sobre y contra este tiempo que nunca fue suficiente para usted. Calculo puntos de inflexion y máximos. Así me entretengo. Refino la asíntota sostenida en el ahora. Esa línea somos los dos. Es lo que queda de los dos.

Lectura

(clic)

Lapsus

Disfruto el silencio de este lugar: la tranquilidad que se siente por la mañana cuando abro la puerta, camino por el corredor, paso junto a la sala de lectura y bajo las escaleras para salir al patio. Afuera están los perros, despiertos desde temprano, persiguiéndose mutuamente por turnos, y también el frío sabanero que se mete entre la ropa y me despierta de golpe. Abro los ojos. Estoy aquí. Usualmente camino hacia los naranjos, que a esa hora todavía huelen dulce, y los perros me siguen entre correrías y saltos. La sensación del prado húmedo contra los dedos de mis pies me hace bien. Es temprano y pienso en el resto del día y me agrada saber que no necesito pensar en nada. No necesito nada. No tengo nada que hacer. Mi propósito, me han reiterado ya tantas veces, es recuperarme, sanar, aprender que lo que soy no me condena. Pienso en el hombre que duerme en mi cuarto. Es un hombre viejo, está calvo, fuma más de lo que debería, ronca por las noches. A veces viene su hija a visitarlo y le cuenta cosas sobre un nieto que él nunca ha visto. Cuando habla, no habla mucho, le promete a la mujer que pronto estará de vuelta afuera y podrá conocer a su nieto. A veces, cuando ella se va, lo oigo llorar en el baño. Cuando tarda más de la cuenta llamo a los encargados. Ellos lo llaman por su nombre, luego abren la puerta con la llave y lo encuentran sentado en la taza, perdido. Quiénes son ustedes, les pregunta. Dónde estoy. Qué quieren de mí. No sé cuántos años lleva ese hombre en este lugar. No sé por qué está acá y creo que él tampoco. Prefiero no hablar con él para no contagiarme de lo que quiera que tenga. Junto a los naranjos hay una piedra para sentarse. Desde la piedra miro la casa, la entrada al instituto, los cerros en la distancia. Yo pensaba que el tiempo servía para acercarse a lo que uno quería ser. Pensaba, y todavía pienso, que todo es cuestión de paciencia y disciplina. Pero entonces está esto, este lapsus, el viejo que ronca, esta espera tan distinta de todas las otras esperas. Se supone que un día, eso me han dicho, un hombre vendrá a mi escritorio en la sala de lectura, donde me siento a trabajar por las tardes, a matar el tiempo que ya no pasa, y me dirá que todo está bien, que puedo regresar, que soy libre, que puedo recuperar la vida que perdí. A veces, sentado en la piedra, pienso en lo que se sentiría levantarme una mañana, jugar con los perros, venir a los naranjos, despedirme de Manuel, y caminar con decisión hacia la entrada.