Lo que dicen es que el cómic colombiano está pasando por una buena época. Eventos como Entreviñetas, el éxito de súper-estrellas indie como Powerpaola y publicaciones periódicas como Revista Larva lo demuestran. Curiosamente, la extensión de expresiones como “Novela Gráfica” por fuera del nicho de aficionados de siempre también ha contribuído a la causa. Cada vez hay que explicar menos por qué el cómic merece atención y respeto como medio narrativo.

El Cuy Jacobo y el tesoro quillacinga es uno de los primeros álbumes de Editorial Robot. Parece ser primer volumen de una serie decididamente infantil de aventuras (con ángulo educativo) dibujada y escrita por alias Ivanquio, quien ya lleva varios años afinando estos personajes. La historia transcurre en 1910 en una Colombia poblada por animales antropomórficos. Buena parte del esfuerzo de su autor se enfoca en recrear gráficamente este contexto histórico a gran nivel de detalle. Una trama sencilla le permite explorarlo: el Cuy Jacobo, un muchacho proveniente de Pasto que vende sombreros en Bogotá, pierde, en manos de un viejo arqueólogo, una moneda de la suerte que le encomendó su abuelo. Esta moneda (no es nada claro por qué) resulta ser clave a la hora de demostrar la existencia de un mítico tesoro del pueblo quillacinga. El viejo arqueólogo intenta convencer al gobierno (en medio de una crisis bélica con Venezuela) de que envíe una comisión en busca del tesoro. Uno de los asesores del presidente resuelve apoyar el proyecto con la intención oculta de apoderarse el oro. Luego de un viaje sin mayores contratiempos (descontando un intento confuso de linchamiento en la catedral de Pasto), los personajes encuentran la guaca y deben enfrentar a sus guardianes: una tribu quillacinga oculta desde siempre cerca de la laguna de la Cocha, en Nariño. También hay momias y un monstruo mágico de la mitología local que, pese a su función, no luce particularmente amenazador. Al final el Cuy Jacobo y sus amigos son liberados por la tribu pues logran demostrar que, a diferencia del enviado del presidente, nunca tuvieron la intención de robarse nada, sólo querían estudiarlo. En las páginas finales descubrimos que el presidente previno la guerra con Venezuela cediendo la mitad del tesoro quimbaya a los españoles, para que quede clara cuál hubiera sido la suerte del oro quillacinga (aunque creo que ese episodio en realidad pasó mucho antes, en los ochocientos noventa).

Un problema recurrente entre los ilustradores devenidos en autores de historietas es que inicialmente desconfían de la capacidad narrativa de sus dibujos. Para compensar, sobrepueblan sus cómics con palabras que en lugar de enriquecer la historia la frenan. Cuando los dibujos son tan pulidos como en El Cuy Jacobo, el contraste con el guión se convierte casi que en un obstáculo para disfrutarlo. Adicionalmente, aunque la historia es sencilla, depende demasiado de casualidades para avanzar y debido a esto se siente forzada. Por momentos parece que la trama es lo de menos y el verdadero protagonista era el contexto histórico (y la lección (encomiable, seguro) sobre la defensa del patrimonio autóctono). Tan es así que el personaje que da nombre al libro nunca deja de ser un observador distante y no particularmente activo de lo que pasa. Estos detalles, sin embargo, son más que naturales al inicio de una carrera (para constatarlo relean Tintin en el Congo) y estoy seguro de que si Ivanquio continúa trabajando con la disciplina y entusiasmo que le endilgan quienes lo conocen en los siguientes episodios de la serie serán mucho mejor manejados. Por eso, porque entiendo las dificultades y valoro el esfuerzo inmenso que hay detrás, El Cuy Jacobo y el tesoro quillacinga me deja contento y esperanzado.