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tonterías

Extrañeza

Estoy intentando retomar la costumbre de levantarme temprano y escribir un poco por las mañanas antes de que empiece la vida real. Anoche no dormí muy bien debido a esto, ya que me desperté varias veces pensando cada vez que ya era la hora de levantarse y descubriendo con frustración que estaba lejos de serla. En la vigilia subsecuente pensé en un episodio de ayer, en el ascensor del trabajo: dos personas se pusieron a hablar y tuve una de esas regresiones en las que me sorprendo de poder entender lo que dicen pese a que no hablan mi lengua. No olvido el inglés sino que olvido que lo entiendo y entonces me incomoda hablar por un rato después de eso. Creo que nunca me voy a acostumbrar a vivir en otra lengua.

¿Cómo debemos entender la crucificción? (Idea para un ensayo)

Que quede claro, la situación es la siguiente: un hombre es asesinado de la manera más bárbara concebible (o si no pregúntenle a Mel Gibson, que se masturba con eso) y su muerte está diseñada por el Altísimo para exacerbar nuestra culpa. Lo que no estaría mal si el Altísimo mencionado, que es, sí, altísimo, único, ubicuo, omnipotente y se pidió TODO TODO TODO antes de todo el mundo, compensara por ese sentimiento de culpa de alguna manera justa. Supongo que el Altísimo, también llamado el Señor o El Que Es El Que Es, sabe, porque TODO lo sabe, de nuestra tendencia natural al conformismo, la resignación y el sexo recreacional. El Altísimo tiene medios para saber esas cosas porque cuando se entusiasmó con los dioramas ningún tío moribundo le explicó lo de la responsabilidad que viene con el poder que ahora es casi que sentido común así que se tomó atribuciones desmedidas sobre sus creaciones con resultados desafortunados, igual que los publicistas de Old Navy. Debemos, entonces, entender la crucificción, y aquí me ciño al dogma, como una muestra más de la incapacidad del Altísimo para expresarse de manera efectiva (lo que, por cierto, puede ser un indicio (más) de autismo). Porque esa es la única manera de explicar que espere culpa agradecida como respuesta a la muerte supuestamente amorosa pero también dolorosa e inmisericorde de un hijo que además, por razones que no entraré a discutir acá pero que sugieren la práctica bestial de la autofornicación, posibilidad que me repugna e intriga en igual medida, es Él mismo. Que luego (¿arrepentido?) lo resucite (o desaparezca el cuerpo) no es excusa.

La era de las máquinas espirituales (Idea para un ensayo)

La nueva literatura requiere que el escritor neófito se entrene en la redacción de ensayos, esa forma perdurable de pensamiento puro experimental. Sin esta habilidad, un joven escritor posmoderno debe resignarse a ser ignorado o declarado un paria intelectual por sus pares mejor dotados o con mejor publicista. Debido a lo anterior, y preocupado por mi futuro como joven (?) escritor posmoderno, a partir de hoy presentaré en este espacio ideas sueltas para ensayos que me servirán algún día de práctica para consolidarme y ser, por fin, respetado. Empiezo por uno que se me ocurrió esta tarde, mientras limpiaba la sala. La premisa principal de este ensayo es que el computador no fue la primera máquina espiritual. La aspiradora casera lo precedió por varias décadas sin hacer tanto bombo (la patente de la aspiradora ciclónica es de 1929). Quien dude de lo anterior debe hacer el experimento de utilizar a consciencia una aspiradora de buena calidad en su sala. Cuando digo de buena calidad me refiero a cualquiera que no sea esa aspiradora de cuarta marca DirtDevil® (la ele en forma de rabo demoniaco) que compramos en Walm-rt por error, embelezados por el precio en oferta y la promesa de que no necesitaba cables (era recargable). Cuando digo a consciencia me refiero a hacerlo concentradamente, con convencimiento, con disposición de servicio, entendiendo el proceso físico (hermoso en su sencillez) y con aprecio por lo que pasa mientras la aspiradora se desliza sobre el suelo, en mi caso de madera, y las partículas de polvo y la pelusa desaparecen en ese vacío prodigioso de succión mecánica. Valore, por favor, la compenetración que ocurre naturalmente entre el operario y la máquina; la, si me permite el atrevimiento, simbiosis ergonómica entre su brazo y ese artilugio incansable. Reconozca también, no es obvio, que a su paso (en plural) el espacio recorrido se limpia. No es brillo superficial, es limpieza objetiva, constatable. Valórela. Es suya (en plural). Piense en las implicaciones concretas (nada de simbologías ociosas) de este hecho. Piense en su papel, en el papel de la máquina y en el compromiso tácito que ambos asumen. Escuche con atención el ruido blanco hasta que el ruido sea El Universo. Despierte a la claridad de saber lo que hizo, lo que hicieron juntos, y no la pierda. Cultívela en usted. Ahora piense en la humildad/dignidad de su aspiradora (oculta sin opción en un armario) y compárela con el ansia constante de atención del computador, siempre exigiendo más y más de usted, nunca conforme con nada. ¿Quién es usted? ¿Quién preferiría ser? En el Walm-rt cerca de mi casa, las aspiradoras están al lado de los recipientes de plástico y no muy lejos de los grandes refrigeradores de (sospechosa) comida congelada, perdidas entre la infame megasección Hogar, mientras que los computadores tienen su propia sección exclusiva casi a la entrada, iluminados por una pared de pantallas de televisión (cada vez más grandes y vacías). Que las personas que se dedican profesionalmente al uso de aspiradoras industriales tengan vidas cinco (5) veces más satisfactorias que el resto de la población en promedio (según un resonado estudio británico) no debería ser una sorpresa para nadie que practique regularmente las labores del hogar.

The Pale King (Un juego: conteo y lectura)

Situación: Suponga que tiene N (50) capítulos de una novela. Los capítulos están interrelacionados pero tras la muerte del escritor no hay manera sensata de decidir un orden lineal explícito. El editor hace lo que puede y organiza un libro a partir de la fragmentación, sobre ella, gracias a ciertas pistas, con la tranquilidad de que los lectores del escritor están acostumbrados al desorden (entre tantas otras cosas) y aceptarán sin mayor problema cualquier disposición propuesta. Son las cosas de la postmodernidad bien asumida.

Problema: Dado lo anterior, tal vez el mejor orden es suponer que no hay un orden sino apenas afinidades entre las partes y proponer, en lugar de una disposición lineal, un grafo de conexiones. ¿Es posible detectar automáticamente las interrelaciones entre los capítulos (claro, se podría hacer manualmente (para allá va esto), pero el reto aquí es restringirse a herramientas sintácticas)? Este análisis, por supuesto, no puede llegar demasiado lejos. ¿Pero será posible, por métodos de conteo y análisis estadístico de texto simples (o semi-simples), reconocer con cierta certeza los capítulos que tratan los mismos temas o hablan de los mismos personajes? Mejor dicho: ¿Será posible leer este libro sin leerlo (¡herejía!) mediante un conteo cuidadoso de sus palabras? (Problema difícil en general. Muy difícil.)

Tamaño de los capítulos en bytes

[…] instead of reading something I’d count the words in it, as though reading was the same as just counting the words.

D. Wallace, The Pale King (§22)

(Continuará, creo…)