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too much happiness

Demasiada felicidad

Estampilla rusa honrando a Sofia Kovalévskaya. Desgraciadamente, los rusos sólo reconocieron su valor cuando logró por sus propios medios hacerse a un lugar en la sociedad matemática europea.

La columna de hoy es una invitación a leer a la gran Alice Munro (y de paso hablar de Со́фья Васи́льевна Ковале́вская).

Alice Munro es una evangelista esencial de mi religión. Regalo sus libros como si fuera testigo de Jehová. Los compro a docenas, así estén repetidos, en la librería de usados del centro. Alice Munro es mi refugio, nada me falta.

Como complemento a la columna, recomiendo Dimension y Wenlock Edge, dos de los relatos compilados en Too Much Happiness (En el archivo de la New Yorker hay muchos más). Si los leen y luego de leerlos sienten que quieren gritar pero no saben por qué, me encantaría hablar de ellos en los comentarios. También podemos hablar de esta preocupante noticia.

Resultado de la última visita a la librería de usados del centro.

Jueves (Dimensions)

Cuenta Lola que este cuento no la dejó dormir. Le digo que con Alice Munro hay que ser cauto. No es una escritora que uno pueda tomarse a la ligera. Le prometo que lo leeré. Empiezo a medio día, mientras espero a Mónica para ir a nuestra cita con la trabajadora social. Lo termino en la sala de espera. Pienso. Es un cuento sobre la muerte, los vínculos con la muerte, y las maneras de seguir. Una mujer busca un refugio, físico y mental, luego de asistir al asesinato a sangre fría de sus tres hijos. Las descripciones son secas. El mayor, el único que intentó escapar, está junto a la puerta de la cocina. Fue estrangulado. Los otros están en sus camas, asfixiados con almohadas. En la historia son menos de tres líneas. La mujer entra a su casa y encuentra eso. La narración gira temporalmente alrededor del evento. Su hijo mayor, el de la puerta de la cocina, nace, y un párrafo más tarde la mujer, post-horror, sigue viva. Trabaja en un motel, en un sitio donde no la conozcan, con otro nombre, con otro color de pelo, para escapar, para que la vuelvan a ver como alguien real que no ha vivido lo que ella vivió. Pero a veces necesita recordar, así que toma tres buses y viaja cien kilómetros para hablar con alguien que la entienda, la única persona que sabe realmente lo que ella está viviendo, que los extraña y comparte el peso insoportable de sus ausencias.

Le hablé a la trabajadora social del cuento. Discutimos, una vez más, lo difícil que es continuar. Es largo, eterno, el proceso.