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Indigestión

Me contaron la típica historia de la cita de Tinder que termina en canibalismo. En esta versión, la víctima, tras una serie de encuentros con el victimario, acepta una cita para comer en su casa. La comida es deliciosa y todo va muy bien, pero su estómago se resiente y resuelve regresar a la casa. De camino a la casa el estómago se siente peor así que decide ir mejor al hospital. Llega al hospital en muy mal estado y pierde el conocimiento. Cuando despierta la policía está en la habitación y le pregunta por qué hay tejido humano en su sistema digestivo (recién lavado). Cuando indagan descubren que el apartamento donde tuvo lugar la cita era alquilado vía AirBnB y todos los modos de contacto con el victimario son pistas falsas basadas en cuentas y teléfonos desechables. Estuve buscando en Google y no encontré registro de esta historia, pero sí de otras similares. Siempre es que eso del romance en estas épocas en las que de tanto conocer no se conoce de verdad a nadie es un asunto bien delicado.

Lujo

Parece que un porcentaje altísimo de escolares en Toronto viven a distancia caminable de su colegio y solo algo así como un diez por ciento usan transporte escolar. Esto en parte pasa porque los colegios públicos son la norma amplia, no importa el nivel socioeconǫmico. Los colegios públicos de barrio además generan comunidades ricas en formas de vivir y proveniencias, lo que repercute en la forma como las niñas ven a las personas que las rodean: con confianza y respeto. Eso, en una ciudad grande y moderna, cuna de soledades, es mucho más valioso que cualquier lista de exclusividades de complejos residenciales y colegios para pocos.

Restos

Leo en la prensa que mataron a un ciclista en Parkdale, al otro extremo de la ciudad. Venía en su bicicleta, un señor filipino de treinta y nueve años que recién dejaba a su hija pequeña en el colegio (o sea a la nueve de la mañana), cuando una camioneta se fue de frente contra un tranvía y el impacto la mandó en trompo sobre el ciclista, que aparentemente sobrevivió al golpe pero no a sus consecuencias y murió camino al hospital. Sobra decir que me sentí identificado. El señor llevaba dos años en la ciudad.

Nada se lleva. Todo es para dejarlo acá.

Desaparición

Día sin novedad. Hice un pato con una torta de papa al horno sencilla como la que le gustaba hacer a mi abuela en ocasiones especiales, parte de su menú elegante. Acompañé a la hija a su clase de natación. Después recibimos el sol de media mañana en el parque. Un acordeonista y una tamborilera hacían lo posible para entretener a una audiencia difícil y mal vestida para el frío con canciones a medio entonar. Aclararon varias veces que eran apenas dos quintos de la verdadera banda y que faltaba, entre otros, el cantante. Los integrantes restantes habían desaparecido de camino a la ciudad. Quizás los abandonaron para siempre y nunca podrán encontrar el camino de regreso a su casa. No sé dónde dormirán.

Conservado

1.

Hoy sábado transmito desde el conservatorio, donde la niña tiene clase de piano a las nueve y media de la mañana con una señora nacida en Ucrania antes de que todo lo que damos por obvio fuera concebible y emigrada a Canadá ya más mayor vía Chile, por donde su familia pasó pero tuvo que salir, de nuevo, huyendo. Ahora vive en London, Ontario, y viene los fines de semana a la ciudad a dictar clases. Una expatriada en el sentido estricto de la palabra, no como esos niños gringos que se van a Europa a montar guetos falsos alrededor de bares anglofílicos donde puedan sentir falsas nostalgias por algo que jamás han perdido.

Es una buena cafetería esta y supongo que entre semana, sin el tumulto, puede ser todavía mejor. Sirven el café con leche en vasos gigantes de vidrio de Ikea y tienen unos croasanes con jamón y queso que entran lo más de bien a esta hora (aunque como ando de dieta debo abstenerme). Si alguna vez me dedico a la independencia laboral este podría ser uno de mis despachos ocasionales junto a la biblioteca central en Yonge y Bloor y tal vez un par de cafeterías de Leslieville.

Aunque en realidad tengo pocas ganas de independencia. Los equipos de trabajo me divierten. Soy un ronin gregario.

2.

Me contaron que llegó una amenaza de matanza a un colegio cerca de la casa, el que nos correspondería por zona. Naturalmente, todo el mundo en el barrio quedó muy asustado porque se supone que esas cosas no pasan acá: son de esa gente del sur. Total es que duraron dos días en estado de alarma y creo que hasta tuvieron un día de receso preventivo y otro con el colegio acordonado por policías. Finalmente ayer las noticias reportaron que fue arrestado un sospechoso. No aclararon, eso sí, cómo estaba relacionado con la amenaza. Ayer también llegó otra amenaza por carta a otro colegio cercano, esta vez al occidente de la casa. Algún bromista de mal gusto detrás, me imagino. Ojalá que lo agarren pronto.

3.

Mañana andan en Catalunya de referendo independentista. Algunos amigos allá están preocupados. Es una situación complicada. Mucho menos clara de lo que la hacen parecer muchos comentaristas y además pésimamente manejada por los políticos mezquinos enfrentados en el trasfondo. La manipulación cunde. Ojalá que no termine en desastre. Parece que muchos quisieran eso para ser validados. Guillem Martínez ha escrito una serie de artículos diarios sobre el procés para Contexto y Acción que son de lo más afilado que he leído al respecto. Aquí el de ayer.

Lengua

Encontré este puesto de sánduches cerca del trabajo donde tienen uno de lengua de vaca que me ha reconciliado con el universo. Hoy lo pedí para llevar y eso comimos en la casa. Llegaron a la casa todavía calientes y jugosos.

Es difícil conseguir lengua por acá en estas latitudes con tantos remilgos dietéticos. Incluso el hígado requiere suerte. A veces, muy ocasionalmente, los encuentro en el supermercado. Con la lengua tengo el inconveniente adicional de que mi proceso de preparación de la tradicional lengua en salsa alcaparrada familiar pasaba por una llamada larga a mi abuela, y eso ya no se puede. Así que por lo pronto me resigno a lo que me ofrezca por ahí la mano invisible del mercado, tan hábil en complacerme cuando le conviene.

Paradero

En el paradero a las nueve de la noche había un señor fumando una pipa tubular otrora blanca ahora más que quemada que requería, para su inhalación, posicionarse con el buche hacia el cielo y la pipa cual verga naval sostenída de la base con una mano mientras el encendedor a toda mecha en lo alto mantiene la sustancia a la temperatura adecuada. Una posición realmente incómoda, especialmente considerando que tenía los pantalones a media pierna y en descenso.

Alivio

El mapache que cruza la calle solitaria a esta hora lentamente, con desprecio total por su vida (o tal vez con la sabiduría que le permite renunciar del todo al apego tóxico a respirar que tenemos algunos mamíferos de memoria larga), no es un mapache sino todos los mapaches que existieron o existirán: la completa multiplicidad de mapaches, en toda su variedad, encarna por un momento en este mapache perezoso que cruza la calle de camino a las basuras de los vecinos, donde probablemente descubrirá su comida y, por ende, la de todos los mapaches del universo. Me alivia verlo alcanzar la acera opuesta.

153

De camino para la casa en la cicla subo a Dundas desde Adelaide por la calle Sherbourne. En la esquina de Sherbourne con Queen se aglomeran a esa hora muchas personas en muy malas condiciones, casi todas abrigadísimas pese al calor o a medio vestir pese al frío. Un par de veces he visto gente con la verga expuesta o cagando en la acera. Algunos parecen más sintonizados con el universo que otros, pero la mayoría están abandonados al vicio y atrapados en tics. Todo huele a remedio quemado. A mi paso los oigo hablar duro y reirse. Los hay que cantan o bailan, a veces acompañados de algún tipo de equipo de sonido portátil. En media cuadra hay una especie de iglesia cristiana montada en una casita vieja con música emotiva y ángeles decorativos en diferentes posiciones, un resguardo de Salvation Army y un Dolarama. En el callejón entre el Dolarama y el edificio de Salvation Army hay una puerta roja grande y a veces los veo salir por ahí con comida en platos de icopor. Muchos cargan botellas plásticas de gaseosa y bolsas de plástico. Del otro lado de la calle hay un parque donde se sientan en el pasto a parchar o duermen y un centro recreativo de la ciudad con pista de patinaje y otros atractivos. Detrás del centro recreativo siempre hay montañas de hielo, no importa la época del año. Es una zona de edificios multifamiliares inmensos de esos que se construyeron en el sesenta y setenta en plan Ciudad Radiante supuestamente para solucionar problemas de seguridad urbana y rodear a los pobres de parques que jamás fueron de veras apropiados por las comunidades a las que supuestamente beneficiaban. Sobre la calle Queen hay un supermercado de esquina, un bar en ruinas que parece servir como local a varios jíbaros, una tienda de celulares, una de tabaco líquido para vaporizadores, una librería artística, una carnicería y, más al oriente, una puerta diminuta donde nace una fila. Creo que es un dispensario de metadona.

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Hay dos perspectivas antagónicas que se me vienen a la cabeza cuando pienso en Rob Ford, el infame exalcalde de Toronto recién fallecido. La primera es la idea optimista de que los cuatro años de alcaldía de Ford son la prueba de que unas instituciones bien construidas minimizan el impacto negativo que un gobernante, por adicto al bazuco y truhán que sea, pueda tener sobre la vida sus gobernados. La segunda, pesimista, es que esos cuatro años demuestran que las mismas instituciones antes mentadas conforman una bestia indomable configurada para actuar de acuerdo a una agenda (establecida en su mayor parte por el poder financiero) que nunca está en discusión y que no se puede alterar por medio de elecciones ni legislaciones. En algún punto medio entre esas dos visiones está la moraleja de la parábola, o una de las parábolas, de Rob Ford.

Aquí un artículo particularmente bueno sobre su impacto en la ciudad.

32

Cambiaron la distribución de puestos en la oficina y ahora tengo un escritorio con ventana a la torre. Siempre parece como si estuviera a punto de despegar.

4

El tiempo en el tranvía es relativo. Un observador externo puede pensar que el viaje toma siempre alrededor de veinticinco minutos, pero el pasajero del tranvía sabe que esto no es verdad. Especialmente cuando un señor perfumado se le sienta al lado o cuando se acaba la música y no hay libro en el morral.

Religiosos

Oí una conversación en el tranvía entre un hombre y una mujer. Él iba sentado y ella de pie. Hablaban, inicialmente, del sentido de comunidad de Leslieville, el barrio donde vivo, en contraste con los suburbios y algunos barrios más populares del occidente de la ciudad. La mujer le contó que aunque no vivía en el barrio venía a la iglesia los jueves por la noche porque le gustaba el ambiente y servía de voluntaria en algunos servicios para jóvenes. El hombre que cómo se distinguía de los anglicanos o los católicos. Ella le enumeró algunas diferencias, más que nada en los formalismos de los ritos y la actitud, más abierta de lo habitual. El hombre le explicó que aunque era musulmán ocasionalmente iba a iglesias cristianas a rezar e incluso asistía a misa porque al fin y al cabo era siempre el mismo dios. Lo sorprendían y al tiempo agradaban las diferencias entre los diversos sabores del cristianismo. Ella lo invitó a asistir algún día a su iglesia. Él prometió que lo consideraría y le pidió de nuevo la dirección. En ese punto llegué a mi paradero.

Luz

Mientras esperaba a que cambiara el semáforo, un señor barbado en medias sentado en el piso en la esquina de la calle del Rey y Yonge se levantó, caminó hacia mí y me entregó una luz para bicicleta que se había encontrado tirada por ahí. “Tómela”, me dijo, “yo no la necesito”. Me mostró que funcionaba e insistió. La recibí incómodo, sin saber muy bien qué decir. Se despidió con un “Que tenga un buen día” mientras volvía a sentarse en su esquina, sobre un cartón, al lado de un vaso vacío de Tim Hortons.

Máquina

No sé por qué no empecé a hacer esto antes:

Me gusta mucho el viaje al trabajo en bicicleta. Es agradable y me toma por ahí veinte minutos menos que el recorrido en el tranvía. Todavía soy bastante precavido y me gusta andar despacio pero la sensación de ir acompañado por otros (muchos) en el mismo plan ayuda a ganar seguridad. Montar en bicicleta para ir y volver del trabajo durante esta época parece ser una actividad tremendamente plural, con lotes intermitentes que se guían y respaldan mientras avanzan por la infraestructura a medias que la ciudad ofrece (con algunos tramos dedicados muy bien demarcados y otros entre inexistentes y abandonados). Intentaré continuar usándola mientras el tiempo lo permita. De paso hago algo de ejercicio.