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Compliance

Mi experiencia de Compliance fue determinada seriamente por el efecto del pastorcito mentiroso. Me explico: estamos tan acostumbrados a ver películas “Basadas en la vida real” donde los guionistas toman libertades para convertir la historia en una trama digerible y comercializable que cuando encontramos una película que se toma esa premisa en serio, cuando de verdad se ciñen a lo que pasó incluso si lo que pasó es absolutamente inverosímil/incomprensible, nuestra primera reacción es dudar de la capacidad de los guionistas para ofrecernos esa papilla regurgitada a la que estamos acostumbrados. Como consecuencia, ver la película se convirtió en un conflicto constante entre mis expectativas narrativas y la inverosimilitud brutal de la historia real. Me tomó más de dos tercios de la película entender que era improbable que un equipo de guionistas razonables (que estrenan películas en Sundance) montaran un guión sobre una situación tan absurda sin que ese absurdo no fuera sino un retrato (casi) exacto de algo que había pasado en realidad (recomiendo seguir el enlace sólo después de ver la película). La advertencia al inicio (GIGANTE) no bastó.

Una vez asumí consciencia de la inevitable realidad de lo que pasaba, Compliance se volvió una película devastadora. Todavía no sé qué pensar de lo que cuentan ahí.

Lockout

Lock Out - Luc Besson

Luc Besson presenta (i.e., produce) una película escrita (en colaboración) por Luc Besson basada en una idea de Luc Besson. ¿Cuál es la idea de Luc Besson? La idea es que hay una prisión satelital experimental donde los prisioneros se encuentran en animación suspendida por el término de su sentencia (un poco al estilo Alien 3 pero dormidos). Todo va bien hasta que la hija del presidente de Estados Unidos decide visitarla en plan humanitario para asegurarse de que los prisioneros son tratados con dignidad pues se sospecha que lo que quiera que les inyectan produce demencia (y realmente la prisión es un laboratorio de pruebas financiado por una compañía interesada en viajes interestelares). La primera hija quiere entrevistarse con uno de los prisioneros y el elegido es un tipo que muy probablemente tenía problemas psicológicos serios desde su infancia, lo que ya asegura que la entrevista será un fracaso, pero se sale totalmente de control cuando al escolta de la primera hija se le ocurre la genial idea de ingresar a la entrevista con una pistola oculta entre los calzoncillos o algo así. Obvio: un forcejeo entre absurdo e innecesario deja al psicópata armado y libre. Cinco minutos más tarde el psicópata encuentra su camino hasta la sala de control de la prisión (apenas a doscientos metros escasos de la celda de visita, sin seguridad alguna en el camino) y libera a todo el mundo. Resumiendo: la hija del presidente de Estados Unidos ahora está atrapada en una prisión espacial amotinada con quinientos antisociales aparentemente dignos de animación suspendida y tratamientos experimentales que sólo Josef Mengele aprobaría. Un samurai honorable pero renegado asociado a la CIA (Guy Pearce tras un tratamiento con hormonas) será forzado a infiltrarse en la prisión y rescatar a la princesa antes de que una flota de naves de combate desintegren la prisión al mejor estilo Estrella de la Muerte. Y obviamente lo conseguirá gracias a su resistencia de combate infinita y su habilidad sobrenatural para esfumarse segundos antes de que los hampones abran cualquier puerta. Sólo Luc Besson puede permitirse producir una película con semejante trama tan trillada y añadir sin vergüenza alguna en los créditos de entrada que es basada en una idea suya.

Rumbos

El fin de semana pasado vimos la segunda temporada del Juego de tronos. Hace un año, cuando terminamos de ver la primera, Mónica leyó de golpe los cinco libros disponibles de la serie y quedó en las mismas. Yo sólo leí tres y me planté. No puedo con las tramas sin rumbo.

La adaptación para televisión corrige algunos defectos de la versión original. Casi todas las modificaciones que proponen son para bien. Los escritores de televisión son eficientes y organizados y tienen, en general, más respeto por su audiencia (y la historia) que el señor Martin, que hace años abandonó cualquier pretensión de control sobre sus tramas.

La única motivación de Martin es expandir la serie en tantos libros como pueda, abusando de cliffhangers falsos y giros dramáticos por lo general basados en la aniquilación súbita de personajes aparentemente centrales. Su prosa es apenas funcional. Su técnica narrativa, primitiva.

Mi teoría es que La canción de hielo y fuego siempre fue pensada para ser una serie de televisión o una película. O al menos siempre aspiró a convertirse en eso. Que haya sido inicialmente publicada como un libro es un accidente debido a las dificultades obvias para entrar en contacto con productores y convencerlos de que una historia a medias tiene potencial. El éxito del libro era necesario para que tomaran a Martin en serio.

El acierto principal de la adaptación consiste en ignorar las arbitrariedades de Martin y tomar su nudo de pseudo-arcos como un mapa de ruta factible de ser modificado, o (usando mi metáfora narrativa favorita) como un campo vectorial lleno de sifones (piensen en Arya, Sam, Bran, Brienne, ¿sigo?) en busca de una curva-solución suficientemente amplia (y razonablemente continua) que aproveche al máximo la riqueza del mundo que describe (sin duda su mayor virtud). De esto ya había hablado. Los guionistas saben que es riesgoso seguir a Martin a ciegas: probablemente su serie de libros se desmorone en la última o penúltima entrega (si es que Martin no sufre un infarto antes).