Hay un fantasma en la estación de Transmilenio de la calle treinta y cuatro con Caracas. Mi hermana, que lo ha visto, me contó. Se dice que es el alma en pena de un hombre que murió atropellado por un bus intencionalmente sin frenos hace veintitrés años en ese mismo lugar. Es inofensivo. La policía no se mete con él. Llegó cuando construyeron la estación y nunca se ha ido. Lleva una maletita de cuerina a medio abrir y un legajo de papeles debajo del brazo. Tose. Luce confundido. Se aparece por las tardes, hacia las cuatro y media, frente al mapa de las rutas, y le pregunta a la gente que pasa cómo hace para llegar rápido a Cedritos. Cuando alguien le explica, agradece, dice al aire No me joda, qué mierdero tan hijueputa, y se mete a empujones en el primer bus que vaya hacia el sur. Una vez adentro, apresado entre la masa rabiosa, se difumina en un grito de ira y horror. Su rutina diaria es una de las atracciones turísticas mas recomendadas del sector.