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Pie

Tomo fotos a los niños del vagón que sirve de enfermería. Por el sufrimiento de los niños pagan más. Hay un niño pequeño con las piernas quemadas por la explosión de una hornilla de propano. Tiene las heridas abiertas. No es una imagen agradable. Se venderá mejor. Eso es lo que quieren. Al pie de foto explico: Su papá murió en el accidente. Su mamá lo atiende. No habla con nadie en el vagón salvo con el niño. Hablan en uno de esos idiomas viejos. Entiendo muy poco. Me recuerda el acento de mi abuela. El niño llora, dice que le duele. La mamá lo calma y le canta canciones que tal vez alguna vez fueron reconfortantes y apropiadas pero en su voz se ahogan. Por las noches, mientras el niño duerme, la mamá también llora. Nadie le canta.

Trenes

En el futuro hay personas que viven en trenes. Es gratis. Por las tardes pasan monjas negras con comida caliente, agua y medicinas para los enfermos. También hay duchas en las estaciones para lavarse. Están bien mantenidas pues el sindicato de los trabajadores de trenes se precia de ofrecer esa alternativa de vida a la casta desposeída, expulsada de las ciudades. Antes los trenes servían para ir de un lugar a otro pero ahora sirven para no estar en ningún lugar. Nadie se dio cuenta cuándo pasó. Tal vez fue el producto de los grandes despidos y la consecuente desesperanza. Durante el inicio de la guerra la población en los trenes aumentó porque nadie quería vivir y los vagones eran parecidos a la muerte. En los trenes postergaban la vida.

Mensaje

Hoy Mauricio me mandó un mensaje. Lo dejó en la calle, a la salida de la estación de tren en Kitchener. Sabía que pasaría por ahí. Sabía que lo vería y lo reconocería. El mensaje decía que estábamos bien, que él nos quería y que vivía dentro de nosotros, en el amor grandísimo que acumulamos durante los pocos días que nos visitó. Pensé en el mensaje todo el día. Intenté entender por qué precisamente hoy. No sé. Pensé en hablarle a mis estudiantes de Mauricio pero me contuve. Quería compartir con ellos algo útil. Decirles que hay felicidad incluso en las tristezas más devastadoras. Pensé en nuestro hijito todo el día como si al pensarlo lo abrazara y lo llevara conmigo. De vuelta a la estación, ya de noche, me paré en el mismo sitio donde recibí el mensaje esta mañana, miré hacia arriba, me quedé parado ahí dos minutos, respirando las nubes, y seguí caminando. No me sentí triste, no esta vez. Me sentí tranquilo. Agradecido, incluso. Lo vi junto a mí. Lo sentí cerca. Por fuera del tiempo pero casi aquí.

Miércoles

Atendí estudiantes de once a seis casi sin descanso. No vinieron muchos, pero cada visita duraba entre una hora y una hora y media, aunque se solapaban unos con otros. Un noventa por ciento de las preguntas son debidas a inseguridades o exceso de autoconfianza y casi ninguna a verdadera incomprensión. Cuando no hay suficiente práctica, es difícil medir la dificultad de los problemas y es frecuente que los estudiantes los consideren imposiblemente difíciles (y entonces no sepan qué hacer o les parezcan por fuera de su alcance) o increíblemente idiotas (en cuyo caso se preguntan por qué diablos eso es un problema y, peor, por qué su respuesta obvia y directa por simple sentido común no coincide con la respuesta del libro o con la, en comparación, complicadísima respuesta de un amigo). Parte de mi labor, he descubierto, consiste en guiarlos dentro de los problemas mucho más que a través de ellos y por otro lado convencerlos de que cuentan con muchísimas más herramientas para valorarlos y enfrentarlos que las que creen que tienen. Se siente, por momentos, como despertar un poder sobrenatural dormido del que no tienen conciencia. Ahora estoy en el tren y miro a una mujer frente a mí maquillarse compulsivamente por al menos treinta minutos. Su amiga la ayuda a sostener el espejo para las operaciones más delicadas, alrededor de los ojos. Aún no veo diferencia entre el antes y el después. Tal vez todavía no hemos llegado al después.

Miércoles

Día largo. Interminable, casi. El tren de regreso a London se detuvo varias veces en el medio de la nada sin mayor explicación. Odio esos tiempos muertos. Me siento irrespetado como usuario del sistema. Pago lo suficiente como para que me garantizaran puntualidad. Al principio de la clase le entregué a los estudiantes una pequeña guía socrática que recorre con amabilidad los conceptos principales del curso que tal vez les sirva para estudiar para el examen. En algunos cursos que dicté en Urbana hacía eso cada semana. “Things you should know about life“, los llamaba. Incluía citas de libros de entrenamiento samurai o similares. Era mi época de obsesión compulsiva con el libro que Mishima escribió sobre el Hagakure. Hacer de golpe un resumen entero del curso me costó. Espero que lo aprecien. Dediqué la clase a proponer problemas de exámenes viejos y discutir cómo se harían, o al menos cuáles serían las herramientas principales para resolverlos. Fue provechoso y hasta entretenido. Continuaré proponiendo ejercicios el viernes. Mañana debo lavar ropa y cocinar por la tarde. Estoy cansadísimo.

Miércoles

¿Dónde estoy? Esta mañana me desperté en un tren, nevaba afuera. Era enero de nuevo, el segundo o tercer día de clases, y ya estaba cansado. Sentí como si llevara meses en ese tren. ¿Dónde estoy? Un asesino en serie cuelga hombres para que su hermana muerta y encerada los vea morir (y no se muera (o vuelva a vivir)). Hace unos días cometí el pecado imperdonable de la intransigencia: un estudiante se acercó al final de clase y me contó que había estado enfermo el día del segundo examen y no había podido ir al médico ese mismo día, así que la burocracia de la universidad no quería aprobarle la excusa por falta de prueba. Quería saber si yo podía hacer algo. Le dije que no. Le dije que no dependía de mí. Le dije lo siento pero no. Le creo, todavía luce enfermo (aunque no peor que yo), pero le dije que no. Podría aceptar, podría decirle bueno y ya, hacer que su examen final contara por el final y el segundo examen al tiempo, no me costaría nada, pero le dije que no porque hay reglas y yo estoy bajo las reglas porque las reglas me protegen. ¿De qué? Intransigencia, ya lo dije. Me siento mal por eso. No sé qué hacer. O sí, si sé. Hablaré con él el viernes.

Martes

Despierto a las 6:30. Vagabundeo más de la cuenta por la mañana. Como algo antes de salir. El tren es rápido, no lo siento. En Aldershot, una estación de tren rodeada de autopistas (casi que la definición de contrasentido), debo esperar cincuenta minutos hasta que llegue el bus que me lleva a la universidad. No hay información en ninguna parte sobre el sistema de pago. En la ventanilla una señora-robot me explica que debo pagar ahí, pero luego de comprar el tiquete de ida y vuelta descubro que no hay manera de que pueda regresar en bus a tiempo. De la estación a la universidad hay diez minutos. En el paradero de la universidad no hay mapas. No encuentro ningún mapa. Camino y camino y no hay mapas. Absurdo. Llevo el iPhone de Mónica conmigo, así que busco un mapa del campus pero no me ayuda, porque sólo tengo las iniciales del edificio que busco: HH. Para mi sorpresa, aunque parece que esa identificación por siglas es común, hay al menos cinco edificios en la universidad con esas iniciales. Me declaro perdido justo al frente de Hamilton Hall. Decido entrar. El recibidor está lleno de tableros. Tiene que ser ahí.

La charla salió muy bien. Les gustó. Creo que la disfrutaron. A mí también me gustó, aunque debo confesar que estoy cansado de hablar de esos resultados. Como sea, creo que presenta el tema de una manera efectiva y redonda. En Lorica, cuando era niño, mis compañeros de colegio utilizaban la palabra “efectivo” como los bogotanos usan la palabra “chévere”. Nunca la pude adoptar sin sentirme idiota. Luego de la charla hablé un rato con Patrick y Deirdre. También hablé con Eduardo, a quien no veía hace unos 12 años y que milagrosamente me reconoció. Yo tardé un rato en ubicarlo: tomamos juntos un curso de teoría de modelos en la universidad con Xavier Caicedo. Eduardo era estudiante de los Andes. Ahora termina un postdoc en Waterloo. Trabaja en grupos geométricos y low dimensional topology. La última vez que vi a Patrick fue durante mi visita en Waterloo, en enero de 2010. Acababa de enterarme de que estábamos embarazados de Mauricio. Patrick no sabía lo que había pasado y me preguntó por el niño. Creo que a la gente le choca que diga que “he died” en lugar de usar el eufemismo común “passed away”. “He died” suena mucho más drástico y duro. “Passed away” me suena a negación. También le hablé a Eduardo de la muerte de Mauricio. Es muy difícil hablar de (pensar en) mi situación actual sin mencionar eso. Está ahí, en el centro.

Así se ve el semáforo en la esquina cuando me quito las gafas:

Martes

La charla salió bien aunque compliqué innecesariamente algunos conceptos. Con el cambio de hora cambian los colores del cielo durante el viaje en tren. Ayer, al atardecer, el cielo degradaba de azul profundo arriba a rojo intenso en el horizonte. No sabía que el cielo pudiera ser de ese color. Algún día quisiera ver la aurora boreal. Durante años pensé que la aurora boreal era una especie de monstruo del lago Ness en forma de espectro sobredimensionado o portal interdimensional, como en His Dark Materials. Todavía no entiendo bien su justificación técnica y los videos que he visto siempre parecen insuficientes a la hora de capturar la visión. Hace poco pensaba, por cierto, en las fotografías espiritistas de principios del siglo veinte, una de mis obsesiones recurrentes. Es por lo menos curioso que una vez dominadas las bases de la tecnología fotográfica surgiera una escuela de fotografía dedicada enteramente a trucar las imágenes fotografiadas para demostrar la existencia de fantasmas.

Viernes

Me levantaron las noticias desde Japón. Volvió a nevar. La nieve, finísima, se pegó a los árboles mojados por las lluvias de los últimos días. Los cubrió enteros. El bus a la estación de tren se demoró en pasar. El tren llegó con retrado y llegó a Kitchener una hora más tarde de lo programado. Ontario, reconocido por sus duros inviernos, no tiene la infraestructura para que su sistema de transporte ferroviario resista una nevada menor. Mis estudiantes tienen su segundo examen el lunes, así que ofrecí horas de oficina todo el día. Un par de estudiantes pasaron a que les dijera qué estudiar. Me preguntaron cuál era el tema más difícil del examen. Les respondí que todos los temas eran difíciles. Tras tres preguntas más quedó claro que no habían asistido a buena parte de mis clases. Les dije que al menos intentaran hacer los ejercicios primero antes de volver a preguntar. La verdad es que ni siquiera tenían dudas. Uno de los dos reconoció que venían a las horas de oficina con la esperanza de que vinieran otros e hicieran preguntas por ellos. Estudio por ósmosis. Les dije que las cosas no funcionaban así. Se fueron avergonzados.

El tren de regreso también venía con retraso. Tuve que esperar en la estación de Kitchener por una hora.

Domingo

Fuimos al desayunadero que le gusta a Santiago. Es barato y bueno. Lástima que el jugo de naranja no sea de verdad. Pedí una omelette. Siempre pido omelette y luego me arrepiento porque todos los demás desayunos lucen más apetitosos que el mío. El mío es una omelette sin gracia. Sabe bien, pero no tiene el encanto de los poached eggs con jamón sobre la bagel. Creo que yo sé hacer omelettes mejores. También cometí nuevamente el error de pedir papas a la francesa en lugar de hash browns. El día empezó fresco pero hacia el medio día estaba haciendo un sol fuerte con nube blanca fluorescente (sospecho radioactividad). Los trenes llevan tanques con líquidos sin identificar. Me pregunto qué pasaría si se volcaran mientras cruzan la ciudad. ¿Infección? ¿Pandemia? ¿Intoxicación? Vivimos en un mundo peligroso. Todo se puede acabar en cualquier momento. Por la tarde estuve en casa mientras ellas estaban en el centro comercial. Me dio sueño y dormí un rato junto a los gatos. También leí. Regresaron hacia las ocho. Compraron un horno microondas grande. Comimos pastas. Ellas siguieron con lo de Andrés López y yo seguí con Plinio, que me parece más simpático. Ahora mismo hace mucho calor. Creo que me ducharé antes de dormir. Luego leeré un rato.