Rango Finito

Un blog para Mauricio Arturo

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tristeza

Obsesión bidireccional

Le tengo miedo a morirme. La muerte incluso en abstracto me angustia como si al mentalizarla la conjurara. Me atormenta ser incapaz de predecir la sensación física. Odio saber que un día dejaré a Mónica sola. Dedico mi ansiedad entera al rumiar la idea por semanas y pensar opciones. Cuando era niño rezaba para no morirme mientras dormía porque no quería que mi mamá llegara a despertarme y me encontrara frío. Quería controlar las circunstancias de mi partida a detalle tal y como pensaba que controlaba mi vida. Cuando pienso ahora en mi muerte pienso también inevitablemente en el impacto que tendrá en mi familia cercana. Mis esquemas de suicidio, cada vez menos frecuentes, se sumergen por lo general en árboles de decisión insondables para resolver el problema de minimizar el daño emocional producido a quienes quiero. La incapacidad de anular el dolor ajeno me protege de mí mismo. Supongo que eso es común.

También está el terror físico a que los otros se mueran reforzado por la consciencia (estampada a lo bestia) de que la amenaza es real y no hay nada que pueda hacer para prevernir que pase. Ese no me deja ni dormir ni estar despierto.

Supervivencia

Veo el brillo de la luna entre las ramas del árbol que cubre el balcón y también oigo al viento agitar sus hojas con desgano. No culpo al viento: con este calor a duras penas salgo a la calle. Ni pienso. Ni escribo. Sudo. No me da el cuerpo para más. Si acaso duermo para que pase el día y deje de estar solo otra vez. Por las noches, bajo el ventilador, leo capítulos al azar de un libro de crónicas sobre una peste apocalíptica que promete exterminar al noventa y cinco por ciento de la especie humana en las primeras tres semanas. Pienso en lo que haré si sobrevivo. No estoy seguro de querer sobrevivir a algo así.

Miércoles (Gallinas)

Durante la noche desaparecieron las gallinas, dejaron tres huevos. El galpón está destrozado. El sobrino de Felicio dice que pudo ser la manada de perros salvajes que acecha la zona desde hace días. Bestias. Nadie oyó nada. Desayunamos salchichas con papas salteadas, fríjoles en lata y jugo de mora. El viejo recibió una llamada por teléfono. La ciudad. Su hija. Algo pasó con el niño. Las bombas. Dónde. Dónde. Por qué. En la radio no dicen nada. El viejo llora mientras jugamos damas (gano 2, pierdo 3) y luego llora mientras vemos televisión. Vemos un documental sobre los métodos de tortura de la inquisición. El viejo dice que la inquisición fue una necesidad histórica. Era la única manera de prevenirlo, me dice, pero no se explica. En cambio se para molesto y se va a llorar solo en su cuarto. No sé qué decir. Creo que soy su único amigo aquí, el único que le presta atención, que le cree, que confía en su juicio, pero no sé hablar con él. Antes de comer lo vi pasar hacia el estudio en piyama con sus cuadernos y su computador portatil. No nos acompañó durante la comida, dijo que estaba ocupado. Sé que trabaja desde hace meses en un programa, un algoritmo de predicción de ataques. Le pregunté si estaba bien. Me preguntó, en respuesta, que qué podría estar mal. La llamada, le dije. Es la vida, me dijo. El viejo me pide que le explique mis cálculos. Todavía no es conclusivo, pero lo intento. Saco un cuaderno y mi lápiz y escribo la estructura general de la prueba, los casos, la idea que permite que todo funcione. Trabajamos hasta tarde en el estudio. Es como mejor nos entendemos. Recibo sus consejos y sus preguntas. Respondo torpemente. Me siento examinado. Siempre me pasa con él. Le interesa el significado de los parámetros, su presencia. Quiere que le explique por qué. Esperaba que usted lo supiera, le digo. No me entiende. Levanta la cara, mira la ventana, los árboles de feijoa, el galpón abandonado, los cerros secos, las ruinas en la cima. Se rasca la cabeza. Se quita las gafas. Me mira. El tiempo se hace lento, dice. Un día se detendrá por completo y no nos vamos a dar cuenta.

Martes

Lunes

Dolor de cabeza. Continúan las obras afuera. Leo Black Sunlight en la cama. Voy al supermercado y compro hongos, brócoli, cebolla, tocineta y leche. La cajera se sorprende ante el tamaño de los hongos. Me pregunta que qué haré con ellos. Hago unos fideos con verduras, pollo y tocineta para el almuerzo. La cena será temprano pues hoy nuevamente tenemos sesión del curso prenatal. Prometieron simulacro de trabajo de parto. Dolor de cabeza. Pienso en la película de ayer por la noche. Todavía no se va. Pienso en un twit de Norman: “Mi felicidad está devaluada”. Debería haber un curso de diez semanas sobre cómo no convertirse en una fuente de tristeza para las personas que uno quiere. Primera lección: cómo aprender a hablar (ojalá a tiempo). Segunda lección: es (tan) fácil herir. Tercera lección: cómo saltar al fuego. Cuarta lección: el significado y valor del amor (propio y ajeno). Quinta lección: los riesgos del silencio. Sexta lección: el propósito del perdón. Séptima lección: let go. Octava lección: ejercicios de empatía. Novena lección: lo que tengo y lo que quiero. Décima lección: sesión de problemas y simulacros. Yo lo tomaría.

[Flash 9 is required to listen to audio.] (Money Mark, Color of your blues)

Bruja

Desde hace años que mi mamá consulta a una bruja en el barrio cada mes. La bruja lee cosas y da buenos consejos. Dice que no puede prometer futuros pero tiene una ventana directa al alma de la gente, ese es su verdadero poder. “La gente no oye lo que le dice el alma”, me explica. “Para eso estoy yo. Yo sé oír”. Cobra poco. Vive de los regalos de la gente y una pequeña tienda. No es una mujer muy vieja pero tuvo una vida difícil. Luce acabada y sonríe poco. Aunque es de Pereira por mucho tiempo vivió en Medellín, era ama de casa, pero un día llegó del mercado y su marido y su hijo de cuatro años estaban muertos en la sala. Los habían matado a quemarropa. Habían escrito cosas en las paredes. Llamaban a su marido TRAIDOR y MENTIROSO. Luego vino la policía y le preguntó si su marido, quien trabajaba en una panificadora, estaba involucrado en negocios ilegales, con la mafia, con las milicias. La policía quería saber muchas cosas pero ella no tenía cabeza para responder. Ella miraba a su niño debajo de la sábana en la sala y pensaba ahora qué voy a hacer, ahora qué voy a hacer. Ese mismo día salió de esa casa y nunca regresó. Pensó que regresaría más tarde, pero allá abajo decidió que no. No le pidió ayuda a nadie. No llamó a nadie. Salió de la casa y se puso a caminar por el centro de Medellín, a mirar la gente, a preguntarse cuántos de esos malparidos sabrían lo que ella estaba sintiendo y por qué no se notaba. Por qué todos se veían tan felices, tan bien puestos, en esas vidas tranquilas que llevaban. La mujer que luego se volvió bruja no entendía por qué tenía que tragarse el dolor sola, tampoco entendía por qué su hijo no salía en las noticias con ese hueco en la frente que le desfiguró la cara para que vieran, para que sintieran lo que pasa allá arriba, en lo alto, donde se deciden las cosas importantes de esta ciudad.

Historia de amor número cinco

La historia de amor número cinco es la del hombre orgulloso de su soledad que descubre un día, por culpa de algún accidente trágico, que su vida no vale mayor cosa y es bien posible que en treinta años termine orgullosamente solo, enfermo y adolorido tirado en una cama de un hospital público esperando a que una pantalla le confirme que está muerto. Entonces el hombre orgulloso de su soledad se preocupa y piensa cómo resolver su problema de logística mortuoria de una manera digna. Por primera vez en su vida el hombre orgulloso de su soledad mira el mundo como un lugar donde pasan cosas diferentes de su existencia, cosas que no dependen de él ni lo afectan, y este pensamiento lo aturde porque su solipsismo es una coraza que lo protegía muy bien del vértigo de la interacción potencial, de la traición inminente, de la incomodidad de no saber qué decir pero tener que decir algo, ahora, ya, para que entiendan cómo se siente, para que le respeten su lugar y su presencia. El hombre orgulloso de su soledad busca compañía de la única manera que puede hacerlo: llena formularios en agencias de amistad y amor, se suscribe a clubes de cualquier cosa, asiste a lecturas públicas en librerías, y redacta un cuidadoso perfil en OK Cupid donde quede bien claro que no fuma ni toma ni está interesado en mujeres con debilidades religiosas ni en personas que no entiendan que hay un cierto orden en el mundo y este orden debe ser preservado a toda costa. Es un perfil bien serio el de este hombre orgulloso de su soledad y no tiene mucho éxito. La calificación de su perfil se estabiliza en una semana en dos sobre diez puntos posibles y ni los clubes ni las agencias le proporcionan nada distinto de ansiedad, de donde el hombre orgulloso de su soledad concluye que tal vez sea muy tarde para él, realmente tarde, y esa visión de su muerte acompañado de un respirador cansado es ya un evento inevitable al que deberá acostumbrarse desde ahora para no deprimirse de más cuando esté a punto de morir. Por eso es que el hombre orgulloso de su soledad empieza, como último recurso, a frecuentar hospitales luego de salir del trabajo y hablar con enfermos terminales. Así es como el hombre orgulloso de su soledad conoce a Victoria, que tiene veintiocho años y un cáncer que primero la dejó sin novio y luego sin ovarios y ahora amenaza con llevarse las pocas entrañas que le quedan. Victoria es delgada y dulce y le gusta hablar con él. Dice que aprecia su compañía. Al hombre (ya no tan) orgulloso de su soledad también le gusta acompañar a Victoria junto a su cama y traerle libros para leer. Victoria lee muy rápido y por las tardes, cuando él la visita, le comenta lo que opina de este libro o este otro y luego se ríen imaginando finales trágicos donde todos, buenos y malos, reciben su merecido de la manera como ocurre en la vida, o eso dice ella. Pasan los meses y el hombre (ya no realmente) orgulloso de su soledad no visita hospitales sino que visita a Victoria y habla con ella y se ríe si hay que reírse pero también llora por y con ella cuando hay que llorar y le agarra la mano fuerte cuando le ponen la intravenosa porque Victoria nunca se ha acostumbrado a eso ni tampoco a las preguntas corteses de las enfermeras ni a la sensación de que su cuerpo se la está comiendo viva. Victoria, lo dice todo el tiempo, quiere vivir, y el hombre (ya no realmente) orgulloso de su soledad quiere que viva porque ahora la necesita junto a él, la ama, así que juntos independientemente rezan todas las noches antes de dormir por el mismo milagro y por las tardes, cuando se ven, se dicen todas las cosas que van a hacer y todos los lugares donde van a ir cuando ella pueda dejar el hospital, lo que tiene que pasar muy pronto porque Dios es misericordioso y bueno y tiene que valorar la fuerza de su amor. Pero un día el hombre (para nada) orgulloso de su soledad recibe una llamada, pide la tarde libre, corre al hospital en un taxi, sube las escaleras a lo que le dan las piernas, llega a la cama de Victoria, la encuentra más débil que nunca y Victoria le dice que lo ama, que lo ama de verdad, pero la vida le está empezando a doler y tal vez ya sea hora de resignarse. Y este hombre que nunca creyó en nada, que nunca necesitó a nadie, que siempre se sintió ajeno al otro, no puede aceptar que Victoria le diga eso, se siente traicionado, pero entonces mira a Victoria a la cara, la mira a los ojos, y siente el dolor, lo siente ahí adentro de él, y le dice que aquí está él, junto a ella, que no se va a ir, que ella lo tiene, y luego la ve irse y la abraza mientras se va, la acompaña con cada respiración y le dice que ella es lo mejor que le ha pasado en la vida, que la va a extrañar, que no la va a olvidar, y Victoria, entredormida por la morfina, sonríe, le aprieta el brazo con la mano, lo acerca a ella y le dice cosas que desde aquí no alcanzamos a entender (o no debemos) pero que parecen importantes porque el hombre que ya nunca más estará solo llora y se ríe al tiempo y le dice que se volverán a encontrar porque esto no puede terminar así. Así termina.