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tristeza

Treinta y seis

La primera mitad de este año estuve esperando que Laia naciera sana y la segunda mitad he estado dedicado a cuidarla y acompañarla en la casa. Esa es mi alegría. Es lindo verla crecer aunque también me angustia nuestra inestabilidad. Confío con cautela en que todo saldrá bien y encontraremos nuestro lugar. La ansiedad me incapacita cada tanto. Me cuesta darle la vuelta a mis últimos doce años y mirar sus conclusiones positivamente. La muerte de Mauricio me descompensó muchísimo. No puedo evitar pensar que desperdicié diez años de mi vida empeñado en algo muy grande para lo que nunca tuve el nivel de compromiso necesario y cuyos beneficios a estas alturas (tras renunciar) son dudosos. En consecuencia cualquier atisbo de proyecto me hace sentir inseguro de mis capacidades. Todo me supera. Refundí el ánimo. Como manda el cliché procuro apreciar las experiencias que rodearon ese proceso: las personas y lugares que he conocido, las historias, los varios aprendizajes. Supongo que de poder hacerlo tomaría más o menos las mismas decisiones otra vez. De todos modos me siento triste, frustrado y decepcionado de mí. Me gustaría poder ofrecerle a Mónica y Laia una mejor versión de lo que soy.

Ensayos sobre la tristeza

Propongo un libro de ensayos sobre la tristeza. O tal vez un concurso para seleccionar los ensayos que componen el libro. Podríamos empezar con el que Javier G. Cozzolino jamás escribirá y que empieza así:

La tristeza es el desacuerdo. El desacuerdo de cualquier tipo. Con otro, con la existencia, con las ganas de defecar que tiene tu perro en ese lugar donde no debe defecar. La tristeza es también no encontrar mayores sorpresas, que la realidad se vuelva previsible. Lo previsible no es lo aburrido. Aburrido seguramente es permanecer internado, pero una internación a uno lo puede hacer finalmente feliz, o devolverlo a la vida, o a la cordura.

原子爆弾

Es como en el chiste del señor Tanaka, un japonés rico e influyente de la ciudad de Hiroshima que por meses denunció infundadamente a un pastor metodista japonés como traidor porque el cristianismo es, obvio, anti-japonés y americano, y luego de la bomba, atrapado en el dolor y consciente de su agonía, con llagas supurantes cubriendo casi la totalidad de su cuerpo y sus ojos transformados por las quemaduras en contenedores hediondos de pus, pidió desesperado a su sirviente (o tal vez a su hija) que buscara a un hombre de fe, de cualquier fe, que lo consolara, pero sólo encontraron al pastor, quien le leyó el salmo 90 (“Porque mil años ante tus ojos son como el día de ayer que ya pasó, y como una vigilia de la noche. Tú los has barrido como un torrente, son como un sueño; son como la hierba que por la mañana reverdece; por la mañana florece y reverdece; al atardecer se marchita y se seca. Porque hemos sido consumidos con tu ira, y por tu furor hemos sido conturbados. Has puesto nuestras iniquidades delante de ti, nuestros pecados secretos a la luz de tu presencia. Porque por tu furor han declinado todos nuestros días; acabamos nuestros años como un suspiro.“). Cuando el pastor terminó la lectura, el señor Tanaka murió.

Mapa de daño en hiroshima

El lenguaje del amor

El lenguaje del amor es la respuesta urgente al grito abierto y rabioso que exige atención instintivamente, sin capacidad para precisar la naturaleza específica del reclamo. Estamos diseñados para reaccionar al llanto cercano con angustia culpable. Esto aumenta la probabilidad de supervivencia del potencial cachorro. Hoy en el paradero de bus una mujer lloraba sentada en el suelo, junto a una escalera de entrada a un edificio. La miraba como si yo no estuviera ahí. En ese paradero siempre hay gente llorando o al menos visiblemente triste. Es lo normal acá. Los centros de las ciudades están tomados por los abandonados.

Amiga (3)

Llovió toda la mañana. Bajamos a las 14:30 a visitar las ardillas. La última vez que las habíamos visto había sido ayer por la mañana. Lucían bien. Nos aseguramos durante el día de que tuvieran siempre nueces y agua pero al parecer no fue suficiente. Encontramos el cuerpo muerto de una de ellas entre los matorrales alrededor del árbol, cerca del bebedero de agua. Probablemente las otras dos corrieron igual suerte. Impotencia y tristeza.

Cosmopolis

1. Cronenberg minimal es todavía Cronenberg. 2. Los personajes de Don DeLillo son construídos a partir de oraciones reiteradas y conversaciones monologadas (internas o externas) donde la norma es la interrupción incómoda. (Mi próstata es asimétrica.) Cronenberg implementa ese efecto en cine usando una aproximación casi teatral (creo que funciona, pero me toma tiempo adaptarme al ritmo que este esquema propone (su irrealidad flagrante me irrita, especialmente al comienzo)). El ochenta y tres por ciento de Cosmopolis pasa en una limosina fantasma que cruza una ciudad que quiere pero no alcanza a ser Nueva York (y de hecho es claramente Toronto). 3. Interrupciones. Nadie nunca dice todo lo que quiere decir. No hay tiempo. La información se acumula y la capacidad de procesamiento es limitada. El ruido arrasa incluso cuando es filtrado por el revestimiento de corcho (que convierte todas las voces participantes en inquietantes (¿por lo muertas?) voces en off). Tampoco hay acción. La intensidad se condensa en las palabras. 4. Una línea temática de Cosmopolis es el paso y la percepción del tiempo. Alguno de los personajes sugiere que en tanto que la realidad se desliza dentro de un sistema financiero supervisado/registrado/modulado (?) por máquinas capaces de aprovechar subdivisiones más y más finas del segundo, nuestra experiencia de la misma resulta canalizada a través de esa consciencia dinámica expansiva. (Tenía la cita correspondiente en el libro marcada de mi Kindle, pero mi Kindle acaba de morir bajo mi propio peso durante el almuerzo.) 5. Por otro lado, dado que las máquinas están diseñadas para predecir estados futuros del sistema, la confusión temporal sugerida en el cuarto numeral es todavía más acentuada. Los algoritmos crean el tiempo (o por lo menos lo preceden). 6. Al margen: el Big Bang es, de acuerdo a esta propuesta fenomenológica, la división del universo entre tiempos subjetivos y lugares objetivos. 7. Reflexión breve: nuestra capacidad (y velocidad) de acceso, procesamiento y manipulación efectiva de información determina nuestro lugar en la pirámide social (o al contrario). Problema: su adquisición nos convierte en esclavos de las abstracciones que creamos para ganar control. Su realidad súbita nos satura y/o reduce a operarios. 8. Cosmopolis es un viaje brutal hacia la ilusión de una calma consignada en el pasado. 9. Dice DeLillo en Libra (y yo maltraduzco): “Las tramas traen su propia lógica. Existe una tendencia de las tramas a moverse hacia la muerte. Él [no importa quién] creía que la idea de la muerte está tejida en la naturaleza de cada trama. Una trama narrativa no es menos que una conspiración de hombres armados. Entre más angosta sea la trama de una historia, más probable que llegue a la muerte. La trama en la ficción, creía, es la forma como localizamos la fuerza de la muerte fuera del libro, la confrontamos, la contenemos. Los antiguos representaban batallas falsas para imitar las tempestades en la naturaleza y reducir su miedo a los dioses que batallaban en el cielo.”

Cosmopolis Haircut
There is a world inside the world.

Obsesión bidireccional

Le tengo miedo a morirme. La muerte incluso en abstracto me angustia como si al mentalizarla la conjurara. Me atormenta ser incapaz de predecir la sensación física. Odio saber que un día dejaré a Mónica sola. Dedico mi ansiedad entera al rumiar la idea por semanas y pensar opciones. Cuando era niño rezaba para no morirme mientras dormía porque no quería que mi mamá llegara a despertarme y me encontrara frío. Quería controlar las circunstancias de mi partida a detalle tal y como pensaba que controlaba mi vida. Cuando pienso ahora en mi muerte pienso también inevitablemente en el impacto que tendrá en mi familia cercana. Mis esquemas de suicidio, cada vez menos frecuentes, se sumergen por lo general en árboles de decisión insondables para resolver el problema de minimizar el daño emocional producido a quienes quiero. La incapacidad de anular el dolor ajeno me protege de mí mismo. Supongo que eso es común.

También está el terror físico a que los otros se mueran reforzado por la consciencia (estampada a lo bestia) de que la amenaza es real y no hay nada que pueda hacer para prevernir que pase. Ese no me deja ni dormir ni estar despierto.

Supervivencia

Veo el brillo de la luna entre las ramas del árbol que cubre el balcón y también oigo al viento agitar sus hojas con desgano. No culpo al viento: con este calor a duras penas salgo a la calle. Ni pienso. Ni escribo. Sudo. No me da el cuerpo para más. Si acaso duermo para que pase el día y deje de estar solo otra vez. Por las noches, bajo el ventilador, leo capítulos al azar de un libro de crónicas sobre una peste apocalíptica que promete exterminar al noventa y cinco por ciento de la especie humana en las primeras tres semanas. Pienso en lo que haré si sobrevivo. No estoy seguro de querer sobrevivir a algo así.

Miércoles (Gallinas)

Durante la noche desaparecieron las gallinas, dejaron tres huevos. El galpón está destrozado. El sobrino de Felicio dice que pudo ser la manada de perros salvajes que acecha la zona desde hace días. Bestias. Nadie oyó nada. Desayunamos salchichas con papas salteadas, fríjoles en lata y jugo de mora. El viejo recibió una llamada por teléfono. La ciudad. Su hija. Algo pasó con el niño. Las bombas. Dónde. Dónde. Por qué. En la radio no dicen nada. El viejo llora mientras jugamos damas (gano 2, pierdo 3) y luego llora mientras vemos televisión. Vemos un documental sobre los métodos de tortura de la inquisición. El viejo dice que la inquisición fue una necesidad histórica. Era la única manera de prevenirlo, me dice, pero no se explica. En cambio se para molesto y se va a llorar solo en su cuarto. No sé qué decir. Creo que soy su único amigo aquí, el único que le presta atención, que le cree, que confía en su juicio, pero no sé hablar con él. Antes de comer lo vi pasar hacia el estudio en piyama con sus cuadernos y su computador portatil. No nos acompañó durante la comida, dijo que estaba ocupado. Sé que trabaja desde hace meses en un programa, un algoritmo de predicción de ataques. Le pregunté si estaba bien. Me preguntó, en respuesta, que qué podría estar mal. La llamada, le dije. Es la vida, me dijo. El viejo me pide que le explique mis cálculos. Todavía no es conclusivo, pero lo intento. Saco un cuaderno y mi lápiz y escribo la estructura general de la prueba, los casos, la idea que permite que todo funcione. Trabajamos hasta tarde en el estudio. Es como mejor nos entendemos. Recibo sus consejos y sus preguntas. Respondo torpemente. Me siento examinado. Siempre me pasa con él. Le interesa el significado de los parámetros, su presencia. Quiere que le explique por qué. Esperaba que usted lo supiera, le digo. No me entiende. Levanta la cara, mira la ventana, los árboles de feijoa, el galpón abandonado, los cerros secos, las ruinas en la cima. Se rasca la cabeza. Se quita las gafas. Me mira. El tiempo se hace lento, dice. Un día se detendrá por completo y no nos vamos a dar cuenta.

Martes

Lunes

Dolor de cabeza. Continúan las obras afuera. Leo Black Sunlight en la cama. Voy al supermercado y compro hongos, brócoli, cebolla, tocineta y leche. La cajera se sorprende ante el tamaño de los hongos. Me pregunta que qué haré con ellos. Hago unos fideos con verduras, pollo y tocineta para el almuerzo. La cena será temprano pues hoy nuevamente tenemos sesión del curso prenatal. Prometieron simulacro de trabajo de parto. Dolor de cabeza. Pienso en la película de ayer por la noche. Todavía no se va. Pienso en un twit de Norman: “Mi felicidad está devaluada”. Debería haber un curso de diez semanas sobre cómo no convertirse en una fuente de tristeza para las personas que uno quiere. Primera lección: cómo aprender a hablar (ojalá a tiempo). Segunda lección: es (tan) fácil herir. Tercera lección: cómo saltar al fuego. Cuarta lección: el significado y valor del amor (propio y ajeno). Quinta lección: los riesgos del silencio. Sexta lección: el propósito del perdón. Séptima lección: let go. Octava lección: ejercicios de empatía. Novena lección: lo que tengo y lo que quiero. Décima lección: sesión de problemas y simulacros. Yo lo tomaría.

[Flash 9 is required to listen to audio.] (Money Mark, Color of your blues)

Bruja

Desde hace años que mi mamá consulta a una bruja en el barrio cada mes. La bruja lee cosas y da buenos consejos. Dice que no puede prometer futuros pero tiene una ventana directa al alma de la gente, ese es su verdadero poder. “La gente no oye lo que le dice el alma”, me explica. “Para eso estoy yo. Yo sé oír”. Cobra poco. Vive de los regalos de la gente y una pequeña tienda. No es una mujer muy vieja pero tuvo una vida difícil. Luce acabada y sonríe poco. Aunque es de Pereira por mucho tiempo vivió en Medellín, era ama de casa, pero un día llegó del mercado y su marido y su hijo de cuatro años estaban muertos en la sala. Los habían matado a quemarropa. Habían escrito cosas en las paredes. Llamaban a su marido TRAIDOR y MENTIROSO. Luego vino la policía y le preguntó si su marido, quien trabajaba en una panificadora, estaba involucrado en negocios ilegales, con la mafia, con las milicias. La policía quería saber muchas cosas pero ella no tenía cabeza para responder. Ella miraba a su niño debajo de la sábana en la sala y pensaba ahora qué voy a hacer, ahora qué voy a hacer. Ese mismo día salió de esa casa y nunca regresó. Pensó que regresaría más tarde, pero allá abajo decidió que no. No le pidió ayuda a nadie. No llamó a nadie. Salió de la casa y se puso a caminar por el centro de Medellín, a mirar la gente, a preguntarse cuántos de esos malparidos sabrían lo que ella estaba sintiendo y por qué no se notaba. Por qué todos se veían tan felices, tan bien puestos, en esas vidas tranquilas que llevaban. La mujer que luego se volvió bruja no entendía por qué tenía que tragarse el dolor sola, tampoco entendía por qué su hijo no salía en las noticias con ese hueco en la frente que le desfiguró la cara para que vieran, para que sintieran lo que pasa allá arriba, en lo alto, donde se deciden las cosas importantes de esta ciudad.

Historia de amor número cinco

La historia de amor número cinco es la del hombre orgulloso de su soledad que descubre un día, por culpa de algún accidente trágico, que su vida no vale mayor cosa y es bien posible que en treinta años termine orgullosamente solo, enfermo y adolorido tirado en una cama de un hospital público esperando a que una pantalla le confirme que está muerto. Entonces el hombre orgulloso de su soledad se preocupa y piensa cómo resolver su problema de logística mortuoria de una manera digna. Por primera vez en su vida el hombre orgulloso de su soledad mira el mundo como un lugar donde pasan cosas diferentes de su existencia, cosas que no dependen de él ni lo afectan, y este pensamiento lo aturde porque su solipsismo es una coraza que lo protegía muy bien del vértigo de la interacción potencial, de la traición inminente, de la incomodidad de no saber qué decir pero tener que decir algo, ahora, ya, para que entiendan cómo se siente, para que le respeten su lugar y su presencia. El hombre orgulloso de su soledad busca compañía de la única manera que puede hacerlo: llena formularios en agencias de amistad y amor, se suscribe a clubes de cualquier cosa, asiste a lecturas públicas en librerías, y redacta un cuidadoso perfil en OK Cupid donde quede bien claro que no fuma ni toma ni está interesado en mujeres con debilidades religiosas ni en personas que no entiendan que hay un cierto orden en el mundo y este orden debe ser preservado a toda costa. Es un perfil bien serio el de este hombre orgulloso de su soledad y no tiene mucho éxito. La calificación de su perfil se estabiliza en una semana en dos sobre diez puntos posibles y ni los clubes ni las agencias le proporcionan nada distinto de ansiedad, de donde el hombre orgulloso de su soledad concluye que tal vez sea muy tarde para él, realmente tarde, y esa visión de su muerte acompañado de un respirador cansado es ya un evento inevitable al que deberá acostumbrarse desde ahora para no deprimirse de más cuando esté a punto de morir. Por eso es que el hombre orgulloso de su soledad empieza, como último recurso, a frecuentar hospitales luego de salir del trabajo y hablar con enfermos terminales. Así es como el hombre orgulloso de su soledad conoce a Victoria, que tiene veintiocho años y un cáncer que primero la dejó sin novio y luego sin ovarios y ahora amenaza con llevarse las pocas entrañas que le quedan. Victoria es delgada y dulce y le gusta hablar con él. Dice que aprecia su compañía. Al hombre (ya no tan) orgulloso de su soledad también le gusta acompañar a Victoria junto a su cama y traerle libros para leer. Victoria lee muy rápido y por las tardes, cuando él la visita, le comenta lo que opina de este libro o este otro y luego se ríen imaginando finales trágicos donde todos, buenos y malos, reciben su merecido de la manera como ocurre en la vida, o eso dice ella. Pasan los meses y el hombre (ya no realmente) orgulloso de su soledad no visita hospitales sino que visita a Victoria y habla con ella y se ríe si hay que reírse pero también llora por y con ella cuando hay que llorar y le agarra la mano fuerte cuando le ponen la intravenosa porque Victoria nunca se ha acostumbrado a eso ni tampoco a las preguntas corteses de las enfermeras ni a la sensación de que su cuerpo se la está comiendo viva. Victoria, lo dice todo el tiempo, quiere vivir, y el hombre (ya no realmente) orgulloso de su soledad quiere que viva porque ahora la necesita junto a él, la ama, así que juntos independientemente rezan todas las noches antes de dormir por el mismo milagro y por las tardes, cuando se ven, se dicen todas las cosas que van a hacer y todos los lugares donde van a ir cuando ella pueda dejar el hospital, lo que tiene que pasar muy pronto porque Dios es misericordioso y bueno y tiene que valorar la fuerza de su amor. Pero un día el hombre (para nada) orgulloso de su soledad recibe una llamada, pide la tarde libre, corre al hospital en un taxi, sube las escaleras a lo que le dan las piernas, llega a la cama de Victoria, la encuentra más débil que nunca y Victoria le dice que lo ama, que lo ama de verdad, pero la vida le está empezando a doler y tal vez ya sea hora de resignarse. Y este hombre que nunca creyó en nada, que nunca necesitó a nadie, que siempre se sintió ajeno al otro, no puede aceptar que Victoria le diga eso, se siente traicionado, pero entonces mira a Victoria a la cara, la mira a los ojos, y siente el dolor, lo siente ahí adentro de él, y le dice que aquí está él, junto a ella, que no se va a ir, que ella lo tiene, y luego la ve irse y la abraza mientras se va, la acompaña con cada respiración y le dice que ella es lo mejor que le ha pasado en la vida, que la va a extrañar, que no la va a olvidar, y Victoria, entredormida por la morfina, sonríe, le aprieta el brazo con la mano, lo acerca a ella y le dice cosas que desde aquí no alcanzamos a entender (o no debemos) pero que parecen importantes porque el hombre que ya nunca más estará solo llora y se ríe al tiempo y le dice que se volverán a encontrar porque esto no puede terminar así. Así termina.