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La elocuencia del pasado

Fotos para acompañar la columna de hoy.

Aztlán (1)

Estamos en México desde el sábado a medianoche. Mi mamá, proveniente de Colombia, nos esperaba en la habitación, ya instalada. La llegada fue accidentada. Perdieron nuestras maletas así que el primer día en Cancún tuvimos que salir a buscar ropa. El domingo por la noche la aerolínea trajo las maletas perdidas al hotel. Dios sabe dónde estaban. Cancún es un adefesio urbanístico que insulta el paisaje circundante. Ha resultado difícil conseguir comida de verdad. La mayoría de los locales comerciales de la zona están ocupados por restaurantes de cadena importados o trampas turísticas abiertas. Ayer exploramos callejones entre una manzana comercial en semi-ruina y encontramos una taquería y un pequeño puesto de quesadillas que me reconciliaron con la vida. Es complicado caminar. Hay pocos pasos peatonales activos. Cancún está diseñado para atrapar a sus huéspedes en hoteles lujosos carísimos y empacarlos en toures que bordean la estafa. Esta agresividad comercial contrasta con la amabilidad de los locales, mayoritariamente empleados por el complejo de hoteles, clubes, paseos y bares. Tal vez nuestro acento ayuda. Creo que Laia nunca había recibido tanta atención explícita (los canadienses son cautos y distantes) de desconocidos. Ella, por supuesto, feliz de que le hablen y la toquen. En la piscina, con su bikini, también es el centro de todas las miradas. Mónica mientras tanto está en su congreso. El domingo y el lunes tenía que presentar su póster y hoy tiene una charla de media hora sobre los resultados de sus investigaciones. Mañana iremos a Chichén Itzá y el jueves volamos al DF a descansar, pasear y comer bien por cinco días.

Comunión

Estamos ahí para sentir que compartimos algo. Una mujer se sienta junto a mí en el mirador. Me pregunta cuántas semanas tiene la niña. La vida de Laia todavía se mide así. Yo también la mido así. A veces cuento los días.

Una familia serbia (tienen que ser serbios) cruza la avenida y sube como puede al parque para tomarse una foto sobre la estatua en honor a Tesla, que mira el agua desde lo alto de un motor gigante de corriente alterna. En la cima de la ladera de museos oportunistas, comidas rápidas y paseos “en 4D” sobre cualquier cosa vacía concebible hay un mini-golf de dinosaurios con un volcán de plástico que estalla en llamas cada veinte minutos. Una mujer en el Starbucks con una camiseta de súper héroes no sabe qué comprar y finalmente, desesperada, agarra una taza souvenir que dice Niagara Falls y paga doce dólares por ella. Los recuerdos tienen precio. Un foto-montaje con las cataratas congeladas atrás en modo idílico sobre-saturado de atardecer otoñal cuesta quince dólares. Las mujeres sonríen fácil cuando ven a la bebé. Estiman su edad de acuerdo al tamaño. Nos felicitan. Parecen felices por nosotros. Las calles están atestadas de turistas y probablemente todos quieren (queremos), en el fondo, huir de ahí. Pero todos resisten. Los sostiene el ruido del agua, o su visión, o ambos. En un panfleto leí que en 50.000 años las cataratas del Niágara dejarán de existir. Queda poco tiempo.

Cuando fuimos por primera vez Mauricio acababa de nacer y morir. Conocer las cataratas era el sueño de niñez de mi mamá así que sacamos fuerzas y fuimos en tren, con escala de una tarde y una noche en Toronto. Recuerdo muy poco de esa visita. Estábamos muy tristes. Llovía. Hacía frío y el malecón junto a las cataratas estaba casi vacío. Tomamos el barco que se hunde en la herradura de caídas y gritamos, creo que de rabia o de resistencia a la resignación, cuando el barco se detuvo al borde del abismo inverso y todo era agua y rugido alrededor. Se sintió bien, tranquilo. Era como si no fuéramos nada. Una vez María Lucía me contó que en Japón dicen que los Jizo ayudan a los niños muertos a cruzar el río Sanzu cuando sus papás no pueden acompañarlos. Seguro que ese río más que correr cae. A la salida, mi mamá compró llaveros para todos en el pueblo y luego almorzamos en un local de Wendy’s lleno de pájaros hambrientos.

El río Niágara tiene una vida breve: nace en el lago Erie, bifurca, se reunifica en las caídas y corre revitalizado hacia el norte hasta fundirse en el lago Ontario. Mide 58 kilómetros (no sé si cuentan las alas de la bifurcación). Luego de visitar las cataratas y hastiarnos de la oferta de trampas turísticas fuimos hasta su desembocadura, en el pueblo de Niagara on the Lake. Ahí, junto a la playa Mississauga, al lado de un viejo fuerte, cinco adolescentes se bañaban junto a un muro de piedras cúbicas que sostiene la costa en su lugar. Salieron del agua cuando el sol empezó a caer. Les tomé una foto mientras se secaban. Laia parecía maravillada con el sol.

Perdido

Hay un fantasma en la estación de Transmilenio de la calle treinta y cuatro con Caracas. Mi hermana, que lo ha visto, me contó. Se dice que es el alma en pena de un hombre que murió atropellado por un bus intencionalmente sin frenos hace veintitrés años en ese mismo lugar. Es inofensivo. La policía no se mete con él. Llegó cuando construyeron la estación y nunca se ha ido. Lleva una maletita de cuerina a medio abrir y un legajo de papeles debajo del brazo. Tose. Luce confundido. Se aparece por las tardes, hacia las cuatro y media, frente al mapa de las rutas, y le pregunta a la gente que pasa cómo hace para llegar rápido a Cedritos. Cuando alguien le explica, agradece, dice al aire No me joda, qué mierdero tan hijueputa, y se mete a empujones en el primer bus que vaya hacia el sur. Una vez adentro, apresado entre la masa rabiosa, se difumina en un grito de ira y horror. Su rutina diaria es una de las atracciones turísticas mas recomendadas del sector.