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No había leído este ensayo brutal de Thomas Frank en The Baffler sobre el estado de la educación superior:

What can I add to this dreadful tale? That it continues to get worse, twenty years after it began? Is there anything new to be said about the humiliation that the lumpen-profs suffer at the hands of their so-called colleagues? Can I shock anyone by describing the shabby, desperate lives they lead as they chase their own university dream? Will it do any good to remind readers how the tenured English dons of thirty years ago helped to set the forces of destruction in motion simply because producing more PhDs meant a lighter workload for themselves?

El ensayo es sobre el sistema de educación superior gringo, pero como ese es el referente en Latinoamérica las críticas son al mismo tiempo llamados a la cautela para esos procesos de imitación de todo lo que se hace en Estados Unidos.

No retorno

En esta entrada Andrés Villaveces habla del final del paro de empleados en la Universidad Nacional. También hay una presentación de Andrés hablando al respecto y una carta de Fernando Zalamea que ojalá no cayera en saco roto ahora que el paro terminó. Aquí un aparte de la entrada:

A nivel personal, llegué a un punto de no retorno con la Universidad. Mantuve las clases (en un curso plenamente, en otro a medias) durante este tiempo, sabiendo que me expongo al hacerlo a un escarnio por parte de gente que en una Universidad (lugar que debería ser lo más libre y libertario del mundo – tomo esas palabras de mi colega y amigo Fernando Zalamea) se atribuye actuar autoritariamente en nombre de supuestos comités.

Mi relación con la Universidad Nacional no volverá a ser la misma después de este paro. Es algo análogo a haber vivido un episodio de roce con la muerte, pero a nivel de toda la universidad. Un grupo de fascinerosos secuestró la universidad, impidió la entrada de los estudiantes y profesores a sus aulas y laboratorios, a sus oficinas y lugares de encuentro, a sus gimnasios y dojos, a sus cafés y corredores. No volveré a quedarme tan callado como en el pasado cuando sucedan atropellos contra nuestra universidad pública – aquella que (gracias al trabajo impresionante de algunos) aún logra mantenerse entre “lo mejor” a nivel nacional – el mediocre nivel nacional, quién sabe por cuánto tiempo más. No aguantaré más ausentismo de estudiantes, más excusas blandas, y en la medida de lo posible trancaré a quienes maltraten la planta física de nuestra universidad.

Por cierto, Andrés acaba de abrir nuevo blog.

Ciencia por la ciencia

Buena columna de Jorge Orlando Melo sobre los riesgos de la burocracia científica predominante. Dos apartes:

Como el desarrollo científico ha sido en otras partes causa del crecimiento, el país ha estimulado la investigación científica en las universidades, pero es una ciencia que tiene poco que ver con la realidad del país. Suponemos que sirve para el desarrollo, pero no lo sabemos.

[…]

Pero pocas universidades pueden decir que su investigación sirve para algo distinto de alimentarse a sí misma. Las publicaciones son útiles porque se citan; los proyectos de investigación, porque forman nuevos investigadores que harán en el futuro proyectos parecidos. La investigación no produce conocimientos sino artículos e informes, congresos que convocan congresos, escalafones de revistas y de universidades.

Canal Click

Colciencias, el SENA, la Universidad de Medellín y la Universidad de Antioquia se asociaron para montar Canal Click, un canal de televisión dedicado a la divulgación científica y tecnológica con énfasis en la producción colombiana. Se puede sintonizar en línea:

Nuestra historia de amor

En su blog, Arturo escribió sobre su relación de amor-odio con la matemática. Son cinco capítulos (1, 2, 3, 4 y 5). En el tercero (titulado Idilio) hay un breve cameo de mi yo más joven, socialmente inepto e idealista:

Con Javier montamos un grupo de estudio de geometría algebraica sin profesores. Pegamos avisos en el edificio de matemáticas citando a reuniones semanales. Logramos una convocatoria de tres personas: Javier, Oscar y yo. En los letreros nos escribieron cosas como “sapos reglados”. Quería tanto a las matemáticas, a mi nueva novia, que no tenía problema en compartirla con Javier y el malparido no fue capaz de darme un abrazo cuando se fue a hacer su doctorado hace ya más de diez años. No lo he visto desde entonces y no sé por qué lo quiero. No es que la gente del edificio de matemáticas de la Nacional se caracterice por sus grandes habilidades sociales tampoco.

A Arturo lo conocí dentro de ese contexto idílico, cuando estaba(mos) volcado(s) a aprender matemática con entusiasmo (aunque en la práctica yo le dedicara muchas más horas semanales a los juegos de rol). Nuestro primer curso juntos fue álgebra lineal. Acababa de regresar del ejército. Arturo era uno de los mejores del grupo junto a Javier (Solano) y Freddy (Hernández) (hoy ambos trabajan como profesores en universidades en Brasil). A partir de ahí vimos juntos al menos un curso por semestre por unos tres años (incluyendo uno inolvidable con Alonso Takahashi y también el curso de lógica donde conocimos a Andrés (Villaveces)) hasta que Arturo, de un momento para otro, desapareció. En su blog explica bien por qué. Yo lo sospechaba, pero él era muy reservado con respecto a su vida personal y creo que la consideraba de cierta manera incompatible con nuestra historia de amor amistad (asociada inevitablemente a estudiar heteronormativamente). Para el momento cuando me gradué de la universidad sabía muy poco de su paradero. Luego de que me fui retomó su trabajo final y se graduó. Varios años más tarde, ya en Estados Unidos, busqué información sobre él y encontré su dirección de correo electrónico en Los Andes, donde dictaba clase. Entonces le escribí. Hace unos trece años cortos que no lo veo en persona.

Finalmente aprendí los fundamentos de geometría algebraica en Urbana, en dos cursos muy regulares que me forzaron a las malas a hacer incontables ejercicios (estos sí muy provechosos) del libro de Hartshorne (en mi copia, el margen negro por el uso delimita claramente el cuarto escaso que avancé en ese libro) y un curso muy bueno que tomé tal vez demasiado tarde con Dror Varolin, donde miramos con mucho cuidado (y haciendo muchos cálculos iluminadores) las conexiones entre análisis complejo y curvas algebraicas (sospecho que de haberlo tomado más temprano me hubiera dedicado a la geometría compleja). En los intermedios leí capítulos del libro de curvas elípticas de Silverman y el libro de grupos algebraicos lineales de Humphreys, pero nunca le puse el suficiente empeño para avanzar más allá. Pese a todo eso, a estas alturas lo único que puedo acreditar es comprensión muy general de la terminología y maquinaria más básica. Eso sí, me sigue encantando.

Y los abrazos ya no me cuestan tanto.

Enseñanza

Creo que antes que matemática, lo que me gustaría que mis estudiantes ganaran con el curso es sentido de la responsabilidad y entusiasmo por el reto de aprender. La matemática es sólo un contexto cualquiera, pero su faceta lúdica resulta particularmente apropiada para enfrentar a los estudiantes a obstáculos y luego ofrecerles las herramientas para sobrepasarlos por sus propios medios. No estoy seguro de haberlo logrado. La enseñanza me hace feliz e infeliz.

El lunes, durante la clase, me sentí fuera de lugar. Escribía en el tablero y de pronto sentí con claridad que no sabía qué estaba haciendo ahí. Pensé en los estudiantes a mis espaldas. Estaban aburridos y cansados. Y yo también a veces estoy aburrido y cansado. Me esfuerzo por ofrecer una experiencia enriquecedora, le dedico mucho más trabajo del que probablemente esperan del mí, pero al mismo tiempo no creo en mi papel y siento que engaño a mis estudiantes (de la misma manera que sentía que me engañaba a mí mismo cuando intentaba sin mayor éxito hacer matemática). Nada de eso tiene mayor valor. La labor del educador mercenario propicia el cinismo. Mis circunstancias contribuyen a reforzar la sensación de que nadie da un peso por la educación de los estudiantes. Al fin y al cabo, la dejan (en especial en los cursos de primeros años) mayoritariamente en manos de personas subempleadas (desechables) como yo, con contratos temporales cuidadosamente diseñados para negar cualquier vínculo perdurable entre el instructor y la institución. Los vínculos perdurables están reservados para los llamados investigadores, quienes cada semestre dedican buena parte de su tiempo a engrosar su lista de publicaciones e idear maneras para no dictar clase y dejar la docencia (que generalmente aborrecen y desprecian) en manos de los estudiantes de postgrado y la legión de mercenarios mendigantes.

Cuesta creer en un sistema educativo que funciona así. Los cierres de curso siempre son amargos para mí. Si continúo a la cacería de cursos es sólo porque en el fondo disfruto inmensamente las horas de interacción con los muchachos, me revitalizan y me divierten, y, claro, porque la plata no nos sobra. Espero volver a enseñar el próximo verano.

Redistribución de la beca indígena

El estado colombiano otorga cada año becas universitarias a los resguardos indígenas. Cada resguardo recibe un cierto número de becas en función al número de habitantes. Las becas están asignadas a universidades públicas específicas. Cada beca incluye, además de admisión y matrícula, plata para vivir sin pasar necesidades durante el tiempo que sean estudiantes (que si son hábiles se puede extender por más de una década) en la capital del departamento o en Bogotá o Medellín. Cada resguardo tiene autonomía a la hora de decidir a quién otorga las becas. Es un programa social con buenas intenciones, como todos.

En un resguardo indígena cerca del pueblo las becas las otorga el cacique a dedo. El cacique tiene un negocio con las becas que sobran cada año por simple falta de interesados (Supongo que la excusa es que si no se asignan todas las becas su número podría reducirse el año siguiente). Por una suma relativamente modesta considerando la magnitud del producto, o tal vez por unos cuantos votos para consolidar su poder político en la comunidad, la mamá trabajadora de un joven bachiller del pueblo que de otra manera jamás habría ido a la universidad (y que en términos prácticos está más desprotegido que el indígena promedio de la zona) adquiere una acreditación de su hijo como indígena seguida de la consabida beca.

Esto permite que el programa sea al mismo tiempo aprovechado indirectamente por personas que lo valoran y abusado por los regentes tradicionales de sus supuestos destinatarios. ¿Quién pierde?