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Ebert

Buscando su reseña sobre Hostel 2 me enteré de que hoy se murió Roger Ebert. Llevaba años en guerra contra un cáncer que empezó en la mandíbula. Había perdido el habla en el proceso pero seguía viendo películas y escribiendo sobre cine. Ayer, precisamente, había publicado una nota anunciando que reduciría el ritmo de trabajo por razones de salud. Su vínculo personal con Urbana me hacía sentirlo cercano. Cuando llegué a Estados Unidos veía su programa los fines de semana por puro desparche, para aprender inglés. Luego —influenciado por Alejo, sospecho— empecé a leer sus reseñas, que eran generosas sin ser complacientes y generalmente incluían un par de anotaciones que le daban un giro (para bien) a casi cualquier película. Ebert era un cinéfilo sincero y humilde que no pretendía hacer teoría sino acercar el cine a la gente. Yo buscaba sus reseñas para contrastar mis sensaciones tras ver una película que me confundía. En ese sentido era un gran interlocutor. Usualmente coincidía con él en su apreciación entusiasta del cine comercial, aunque a veces me parecía demasiado moralista. Sus comentarios eran normativos y profesionales en su estructura y enfoque general pero dentro de ese formato hacía lo que quería. Suena raro pero basta leer unas cuantas de sus reseñas para apreciarlo. No sé si Ebert influenció la forma como escribo (o escribía) sobre cine, pero siempre admiraré su constancia, compromiso y disposición. Fue una suerte contar con su presencia y ejemplo por tantos años.

Nuestra historia de amor

En su blog, Arturo escribió sobre su relación de amor-odio con la matemática. Son cinco capítulos (1, 2, 3, 4 y 5). En el tercero (titulado Idilio) hay un breve cameo de mi yo más joven, socialmente inepto e idealista:

Con Javier montamos un grupo de estudio de geometría algebraica sin profesores. Pegamos avisos en el edificio de matemáticas citando a reuniones semanales. Logramos una convocatoria de tres personas: Javier, Oscar y yo. En los letreros nos escribieron cosas como “sapos reglados”. Quería tanto a las matemáticas, a mi nueva novia, que no tenía problema en compartirla con Javier y el malparido no fue capaz de darme un abrazo cuando se fue a hacer su doctorado hace ya más de diez años. No lo he visto desde entonces y no sé por qué lo quiero. No es que la gente del edificio de matemáticas de la Nacional se caracterice por sus grandes habilidades sociales tampoco.

A Arturo lo conocí dentro de ese contexto idílico, cuando estaba(mos) volcado(s) a aprender matemática con entusiasmo (aunque en la práctica yo le dedicara muchas más horas semanales a los juegos de rol). Nuestro primer curso juntos fue álgebra lineal. Acababa de regresar del ejército. Arturo era uno de los mejores del grupo junto a Javier (Solano) y Freddy (Hernández) (hoy ambos trabajan como profesores en universidades en Brasil). A partir de ahí vimos juntos al menos un curso por semestre por unos tres años (incluyendo uno inolvidable con Alonso Takahashi y también el curso de lógica donde conocimos a Andrés (Villaveces)) hasta que Arturo, de un momento para otro, desapareció. En su blog explica bien por qué. Yo lo sospechaba, pero él era muy reservado con respecto a su vida personal y creo que la consideraba de cierta manera incompatible con nuestra historia de amor amistad (asociada inevitablemente a estudiar heteronormativamente). Para el momento cuando me gradué de la universidad sabía muy poco de su paradero. Luego de que me fui retomó su trabajo final y se graduó. Varios años más tarde, ya en Estados Unidos, busqué información sobre él y encontré su dirección de correo electrónico en Los Andes, donde dictaba clase. Entonces le escribí. Hace unos trece años cortos que no lo veo en persona.

Finalmente aprendí los fundamentos de geometría algebraica en Urbana, en dos cursos muy regulares que me forzaron a las malas a hacer incontables ejercicios (estos sí muy provechosos) del libro de Hartshorne (en mi copia, el margen negro por el uso delimita claramente el cuarto escaso que avancé en ese libro) y un curso muy bueno que tomé tal vez demasiado tarde con Dror Varolin, donde miramos con mucho cuidado (y haciendo muchos cálculos iluminadores) las conexiones entre análisis complejo y curvas algebraicas (sospecho que de haberlo tomado más temprano me hubiera dedicado a la geometría compleja). En los intermedios leí capítulos del libro de curvas elípticas de Silverman y el libro de grupos algebraicos lineales de Humphreys, pero nunca le puse el suficiente empeño para avanzar más allá. Pese a todo eso, a estas alturas lo único que puedo acreditar es comprensión muy general de la terminología y maquinaria más básica. Eso sí, me sigue encantando.

Y los abrazos ya no me cuestan tanto.