La velocidad de diseminación de información de Twitter y otros sistemas similares ha sido tomada por los medios más tradicionales (especialmente los escritos) como una amenaza a afrontar y, en respuesta, han adoptado la urgencia (para informar, opinar, analizar, responder) como prioridad. Sin duda hay usos útiles de las redes sociales para el periodismo, pero estos usos pierden valor dentro del esquema adoptado. En lugar de diferenciarse del caudal social mediante reportajes extensos y cuidadosos (su fuerte natural), promueven los artículos insustanciales mal redactados que apenas modifican cables de agencias o comunicados “oficiales” de diferentes poderes. La masa lo exige. No hay tiempo para más. Twitter en sí mismo, tan trivializador y falaz, se ha convertido en fuente de declaraciones cuando no de noticias (lo que ya es una suerte de derrota). La urgencia no sólo reduce la calidad del material que ofrecen sino que privilegia los exabruptos frecuentes de figuras públicas ansiosas por atención que abusan de las redes sociales con la ilusión (cumplida) de mantenerse vigentes. Esta necesidad de inmediatez autoimpuesta está condenando a los periódicos a la irrelevancia definitiva que pretenden evadir.