Es evidente la pretención de Prometheus de plantear grandes preguntas. Esta pretención surge de la necesidad de desmarcarla de la ciencia ficción de baja factura. Prometheus aspira a ser una película seria, que ofrezca a su audiencia más que acción y efectos especiales (como si fuera sencillo lograr eso con dignidad). Se espera que la ciencia ficción seria sea un laboratorio de desarrollo de experimentos mentales y dilemas morales. En la ejecución, sin embargo, buena parte de los dilemas que ofrece lo más excelso de la ciencia ficción cinematográfica (descontando tres o cuatro ejemplos, cada uno tiene los suyos) son, si no vacíos, al menos huérfanos de la sustancia filosófica que es posible apreciar en su contraparte literaria. Prometheus no es la excepción a esta regla. Sus inquietudes centrales son entre ingenuas, insulsas e ignorantes, más cercanas a la pseudociencia religiosa de J.J. Benítez o Transformers 2 que a las reflexiones de Estanislavo Lem sobre la condición humana en sus parábolas espaciales. Tal vez esa pretención cosmética de profundidad sea la faceta más incómoda de una película que, aún con sus miles de agujeros en el guión (algunos de ellos torpemente excusados como intriga o misterio), resulta ser una excelente pieza (?) de entretenimiento popular que (en esa categoría) trata a su público con mediano respeto (los más exigentes discutirán con rabia este diagnóstico positivo, seguro). Mi teoría es que una trama más cuidada hubiera generado naturalmente las preguntas que sus creadores buscaban despertar con tanta ansia. El intrigante androide de Fassbender, de lejos lo mejor de la película, da pistas de hasta dónde hubieran podido llegar.