Pensaba anoche, al terminar de ver la cuarta temporada de House of Cards, en la paradoja de despreciar intensamente a los Underwood por su corrupción y vileza y al tiempo admirar y casi envidiar su visceralidad: su compromiso rotundo con los sentimientos más o menos primarios y naturales que otros procuramos (¿sin razón?) aplacar. Por ejemplo su entrega sin pudores a la ambición. Más de una vez he lamentado mi resistencia timorata al desenfreno.