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verdad

Moonrise Kingdom

La infancia es un estado de consciencia transdimensional hermético, inaccesible desde la adultez. Progresivamente, las realidades paralelas (en ocasiones mutuamente contradictorias) que constituyen la niñez convergen a las malas en la que será la interpretación estable del mundo. La angustia adolescente es una consecuencia de la pérdida irrecuperable de esa multiexistencia, una suerte de mutilación psico-sensorial. (La eventual esquizofrenia es un mecanismo desesperado de defensa.)

Los protagonistas de Moonrise Kingdom están al borde del colapso, lo presienten. Aunque no lo admitan, saben que su fuga no prosperará. La aventura y la batalla son la vida y su fracaso. Viajan al final del mundo concebible para verlo sucumbir desde una posición aventajada ante la fuerza del sitio del tiempo. Su propósito es crear juntos, con todo lo poco que tienen, una memoria genuinamente propia que los conecte para siempre: un reino junto al mar que guarde su momento de verdad.

We loved with a love that was more than love.

We need to talk about Kevin

La justicia distribuye responsabilidad de acuerdo a la intencionalidad del crimen y las contribuciones individuales en su ejecución. Asumimos que este es un proceso racional y por ende confiable, supervisado por el aparato social que administra la verdad. Se espera que esta distribución no sólo aclare los vectores causales que determinaron el horror sino que, mediante una delimitación precisa de autorías, libere de culpa a quienes podrían ser condenados debido a algún tipo de proximidad circunstancial. La culpa, sin embargo, es un sentimiento que no atiende a la razón. El proceso penal puede evitar el linchamiento pero no el tormento. Quien culpa o siente culpa no admite que la desconexión causal explícita diluya los vínculos subjetivos que internamente sustentan la necesidad de castigo. A veces, no importan la voluntad, el esfuerzo o la presión, es imposible establecer la distancia liberadora. La mancha no se va. La expiación es recursiva. Nunca termina.

Tilda Swinton
La mamá siempre tiene la culpa.

마더

¿Cuando se exige justicia qué se exige? Castigo, tal vez, o reconocimiento de culpas. O de pronto una compensación a quienes fueron afectados. Muchas veces, sin embargo, lo que el ansioso de justicia quiere es que le otorguen la razón y su verdad particular sea de repente la de todos. La justicia oficializa y fija una narrativa que idealmente corresponde a lo que pasó pero que en realidad sólo lo establece por decreto. Por eso a veces es injusta. Por eso no siempre es conveniente. La mentira, la manipulación y el olvido pueden ser preferibles, más cercanos a lo verdadero y deseado.

마더 Madeo Madre
Nadie conoce mejor a sus hijos.

Domingo (Tres Ataúdes Blancos)

Hablemos sobre el poder. Sobre lo que el poder hace y lo que el poder puede pero sobre todo acerca quienes ostentan el poder y cómo lo sostienen. Se me viene a la cabeza esa canción de Flaming Lips, una de mis favoritas en concierto, donde Wayne Coyne pregunta insistentemente qué haría *USTED* si tuviera el poder: ¿cómo lo usaría? ¿pensaría en los demás? ¿podría controlarlo? ¿qué haría de poder hacer todo lo que quisiera hacer? En Tres Ataúdes Blancos, de Antonio Ungar (ignoren su portada horrible), el poder (su búsqueda, su control, su ejercicio) engendra violencia, aunque podría ser al contrario porque el poder en Tres Ataúdes Blancos (como en la vida real) lo tienen aquellos que están apropiadamente armados. Es un bucle, obvio. Se arman para adquirir el poder y se arman para sostenerlo y por ende otros más se arman para arrebatarlo y puntos suspensivos. El horror. Es un horror que conocemos bien. Lo conocemos tan bien que, en su perversión cotidiana, ya no nos afecta como debería. Ya no es horror pero seguimos llamándolo así por costumbre, sin convencimiento. Todo parece tolerable o comprensible o, por lo menos, de esperarse, porque existe todo un aparato de medios e información dispuesto para orientar al espectador/ciudadano en el ejercicio de su sacro derecho/deber a comprender de la manera correcta (o conveniente) la violencia que lo rodea y, supuestamente, lo protege. Una particularidad de este aparato mediático es que está diseñado para digerir y replantear cualquier tipo de información de tal manera que sirva (se adapte) a los intereses de quienes lo controlan. Todo esto, es natural, bajo una máscara de objetividad puesta a las patadas.

<DigresiónProbablementeInnecesaria> En los primeros cursos de lógica matemática aparece la noción de valuación. Es una concepto contraintuitivo. La verdad no es una noción absoluta sino una función que asigna valores de verdad a las proposiciones atómicas (o a universos, en otros contextos) y luego, mediante álgebras, se calcula el valor de verdad de las proposiciones compuestas. Las proposiciones tautológicas son aquellas rarezas (engrandecidas por los griegos) que son verdaderas no importa la valuación. Las otras (la aplastante mayoría) pueden ser verdaderas o falsas dependiendo del valor de verdad asignado a los componentes básicos/primitivos. El propósito principal de estos aparatos mediáticos a los que me refiero arriba consiste (y aquí permítanme ser laxo en mi (ab)uso de los términos) en controlar el valor de verdad de las proposiciones atómicas (de la interpretación de los eventos) para así controlar lo que es considerado verdad. </DigresiónProbablementeInnecesaria>

Y, bueno, entonces la pregunta es qué hace el ciudadano/espectador ante eso. ¿Cómo interpreta el ciudadano/espectador su realidad si casi todos sus recursos de adquisición de información están siempre al servicio de alguien(es) que quiere(n) dominarlo? ¿Qué es la verdad para ese ciudadano/espectador que interpreta todo a través de filtros que preinterpretan lo que presencia? ¿Cómo reacciona cuando desvela o (peor) es forzado a ser partícipe del engaño? Por otro lado: ¿Qué tan común es que pase esto? Y finalmente: ¿Cuántos están dispuestos a reaccionar al abuso, a oponer resistencia, y cuántos se sumen en la resignación/impotencia?