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verdades

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Antier por accidente empecé a leer un ensayo que en su párrafo introductorio revelaba sin pudor el giro central en Gone Girl, la novela de Gillian Flynn que Fincher acaba de adaptar como película (sale en octubre). El giro que sugerían (no lo busquen, seguro que es mejor si no lo saben) me llamó la atención así que ayer la leí. Empieza lento intercalando crimen y dramedia romántica en medio de la Amérika post-apocalíptica que dejó la crisis económica pero por ahí a las cien páginas se larga a soltar jugo al ritmo justo para no liberar toda la sustancia de un golpe y al tiempo sostenerlo a uno en la cama con la lengua afuera saboreando cada gota. A partir de ahí es una fiesta de la manipulación ácida: una lucha entre dos testimonios por la confianza en las palabras y las acciones de otros, o sea una novela de amor: sobre lo que significa, implica y requiere el amor como compromiso. Aunque nunca deja de ser una novela ligera y rápida, en medio de los reveses propone dudas generales sobre la realidad del amor empacado, plástico, que las personas ansiosamente intentan imitar para parecer adaptadas, para que no se note tanto que están insatisfechas con sus vidas no importa lo que hagan y para compensar por todas las soledades que se autoimponen con el propósito triunfar y encontrar la felicidad (o al menos aparentarla). Supongo que en el fondo la trama es inverosímil (todo es demasiado perfecto, demasiado inteligente, demasiado medido, demasiado demasiado) pero el salto de fe inicial que se requiere para disfrutarla, para dejarse intrigar y llevarle la cuerda a las versiones desencontradas, no es particularmente difícil de lograr y además paga bien, sin remordimientos.

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Bethlehem - Yuval Adler

Anoche fui al cine del barrio a ver Bethlehem, de Yuval Adler. Andrés conoció a Adler en alguno de sus grupos de apoyo y oración (aparentemente Adler antes de ser director de cine se dedicaba a la fenomenología, o todavía se dedica y el cine fue una pausa creativa) y me había hablado de la existencia de la película desde cuando empezó a sonar en festivales en septiembre del año pasado. Me sorprendió que llegara por acá. Le debió ir bien en Toronto.

Bethlehem, un thriller de acción más que digno que termina en una coma aterradora, se centra en la relación entre Razi, un agente de inteligencia israelí, y Sanfur, un muchacho palestino de diecisiete años que sirve de informante a Razi en Belén y cuyo hermano mayor, Ibrahim, es miembro prominente de las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa. Aunque la relación entre los dos es amistosa cuando no casi familiar el objetivo de Razi es utilizar/manipular a Sanfur para desarticular (o eliminar) al grupo de milicianos comandados por Ibrahim. Cuando el grupo de Ibrahim ejecuta un atentado en Jerusalén la presión sobre Razi para exprimir a Sanfur aumenta. Más aún después de que se descubre (todo esto pasa al principio de la película) que Sanfur le sirvió a Ibrahim como correo de la plata para financiar el atentado. Esas son las condiciones iniciales de la narración.

A partir de ahí el sistema propuesto se alimenta de los ciclos de mentiras y traiciones a varios niveles que se acumulan en cada uno de los nodos que articulan el conflicto: los milicianos palestinos se mienten entre ellos (los brigadistas, Hamás y los políticos de la autoridad palestina luchan por el control de los territorios y la naturaleza y términos de la confrontación con Israel), Sanfur le miente a Razi (para proteger a su hermano), Razi le miente a Sanfur (para obtener información) y también a sus superiores (para proteger a Sanfur). Los humanos inventamos el lenguaje para poder mentir, le dice Razi en una conversación a un informante a modo de santo y seña. No hay forma de que ese juego termine bien.

Gideon Levy, que siempre suena bravísimo, escribió un comentario duro sobre la película en Haaretz acusándola de ser propaganda israelí prácticamente diseñada por Mosad (aquí una respuesta a Levy). Para Levy la película refuerza la representación de Israel como una víctima de los bárbaros palestinos, una raza de traidores naturales. Desde mi distancia inmensa, sin embargo, creo que la película (escrita a cuatro manos entre Adler y Ali Wakad, un periodista palestino) hace un esfuerzo notable por ofrecer una perspectiva amplia de las perversiones del conflicto, enfatiza las similaridades de todo tipo entre palestinos e israelíes (y por ende la artificialidad de las supuestas diferencias esenciales entre los dos pueblos que imposibilitan su convivencia), y no parece particularmente alineada con ninguno de los bandos armados. Si acaso, sugiere que las dinámicas que dominan en este momento la relación entre Israel y Palestina constituyen un callejón con salida directa al abismo.