Rango Finito

fotoscódigoobservatorioshermanocerdo temas plots

viajes

Venecia

Mientras caminaba por la enredadera de callejuelas y puentes en mi ruta a ciegas hacia la plaza San Marcos, convencido de que la geometría de la ciudad me guiaría (no me equivocaba), pensé varias veces que ese sería un buen lugar para desaparecer o incluso morir si alguna vez es necesario. Pensé también en mi soledad y mis concurrencias y cómo pierdo el balance cuando descuido unas u otra. En la ciudad de los canales, tan viva y artificiosa, me entrego al instinto de alejarme porque sé que amparado por sus límites nunca estaré demasiado lejos de nada pero desde esa distancia falsa, en el silencio de una intersección de callejones solitaria e irrepetible, alcanzo a entrever la dimensión de ese sueño del cosmos generoso que nos inventa y concede presencia. Sentado en San Marcos soy un pequeño cúmulo de asombro.

Agua

El fin de semana nos inscribimos al YMCA del centro de la ciudad para poder usar la piscina con Laia. Hay actividades para bebés en la piscina todos los días, usualmente por las mañanas. Planeamos ir tres veces por semana. Hoy fue nuestra primera vez.

Antes habíamos bañado a Laia en la tina del baño pero esto es distinto. Mónica está asustada. Yo llevo a la niña cargada. Cuando bajo las escaleras Laia no parece sorprendida. La incomoda flotar de espaldas incluso si nos ve la cara. Hay otras personas con sus hijos pero no hay parejas como nosotros. Salvo por dos mujeres, no parece que se conocieran entre ellos. La piscina se parcela y cada cual usa su propio lote de agua. Poca interacción. Laia persigue una pelota de caucho azul. El propósito de las actividades que propone la coordinadora es acostumbrar al niño al contacto con el agua. Hacemos varios de los ejercicios. Algunos niños parecen muy avanzados aunque son apenas un par de meses mayores que Laia.

Al verlas jugar en el agua me recuerdo (falsamente) en la misma situación, aunque tal vez mayor, en Melgar, Pacho o Cali. Siento el peso del bucle que se cierra y la responsabilidad y el privilegio que tenemos.

Uno de los ejercicios consiste en hundir a la niña en el agua y sacarla de inmediato. La primera vez es traumática. Entra agua por la boca y sale por la nariz. Arranca el llanto. La calmo con la pelota. La segunda vez entiende mejor lo que pasa y no parece incómoda. El ejercicio es tanto para ella como para nosotros. Le enseñamos el mundo para que se vaya. Aprendemos a dejarla ir.

Cuarto ciclo lunar

Ahora se duerme sola. Ese es su mayor avance. Se duerme fácil, sin bailes eternos por toda la casa. Sería casi revolucionario de no ser porque tuvo una regresión (sospechamos que es producto de la gripa) y la regularidad a la hora de comer fue la mayor damnificada. Esto obviamente me angustia porque mi religión se basa en garantizar que coma cada X horas (con X inamovible), y en el estado de conmoción actual eso es casi imposible de garantizar (para cualquier X razonable). Sergio dice que me falta carácter.

*

El viaje a Nueva Orleans fue agradable. Laia disfruta el contacto y la interacción con otras personas y allá había gente y distracciones por todos lados (cosa que es más difícil ofrecerle acá en la casa). Eso contribuyó a que durmiera mejor y estuviera en general de muy buen ánimo. Durante una caminata larga por Magazine Street la acomodé en el cargador de tal manera que mirara hacia adelante. Una vez superó el vértigo del espacio infinito frente a ella parecía maravillada con la vista. También, luego, vimos nubes desde arriba.

*

La gripa ha resultado suave. Queremos creer que los anticuerpos frescos en la leche de Mónica hacen la diferencia. Tenemos una solución salina para que baje los mocos y cada vez que podemos entra al baño durante las duchas a respirar vapor. De paso, empezamos a ducharla con nosotros. Le encanta el chorro de agua en la espalda y se ríe cuando le cae en la cabeza y el agua le corre por la cara. Hoy, aprovechando que la tina está recién lavada, estuvo hundida en agua hasta el cuello jugando con unos animales de caucho (publicidad de laboratorios clínicos) que le trajo mi mamá.

Laia (un poco bizca) y las peligrosas beignets de Café du Monde.

Barrio

Salimos a dar vueltas por el barrio viejo. Tres cuadras de la calle del Borbón fueron más que suficientes. Escapamos por una de las calles perpendiculares. La influencia de los Borbones, como todo el mundo sabe, es limitada. El barrio se vuelve barrio de seres humanos en calle y media. Es lindo y tranquilo, con casas de madera y balcones frágiles repletos de matas. A veces aparecen nubes de turistas alrededor de un guía que habla de fantasmas, vampiros o vudú. Todavía no entiendo por qué hay personas que pagan por algo así. Luego de un rato nos dirigimos hacia el río. Acababa de oscurecer. El río Mississippi y el río Sinú se parecen. Todos los ríos se parecen. Había música en el río y gente fumando y bebiendo en las bancas. Al fondo del malecón descubrimos un festival de comida de mar con música en vivo. Como no teníamos efectivo no pudimos comer nada. Luego de regresar al hotel para cambiar a Laia fuimos a un Oyster Bar sobre la calle real. Las ostras al carbón son muy buenas y las personas en general son muy amigables. Música por todos lados. Es fácil querer este pedazo de ciudad.

Aterrizaje

A primera vista Nueva Orleans no se parece a Barranquilla. El barrio viejo me recuerda a algunas zonas del Raval y otras del Gotic o el Born en Barcelona. Laia estuvo tranquila en los aviones. Lloró un poco en el vuelo entre Toronto y Houston, pero nada dramático. Comió cuando quiso comer. No tuvo mayor problema con los ascensos y descensos. La mayor dificultad fue quedarse dormida sin campo para caminar, como le gusta. Al final cayó rendida viendo Finding Nemo sin sonido. Parecía hipnotizada.

Avión

Mañana Laia volará en avión por primera vez. Será pesado, con varias escalas. Le pedimos al pediatra recomendaciones para el viaje y nos dijo que lo fundamental era que ignoráramos las miradas de la gente. (También recomendó teta durante el descenso.) En mis viajes en avión siempre he intentado ser amigable con los papás con niños pequeños cuando tengo oportunidad. Alguna vez, en un tren, hasta terminé cargando uno. Las reacciones pasivo-agresivas ante niños en aviones me sacan de quicio. Me parecen síntomas preocupantes de deshumanización general. Supongo que ahora será todavía peor.

Neverland

Una crónica de Camilo Jiménez sobre sus viajes frustrados al país de la libertad:

Mamá murió el 18 de enero de 1980, en su casa, mientras dormía, como dicen que mueren los justos. Yo nunca intenté escribir algo al respecto, ni siquiera escribí antes algo tan íntimo como estas líneas. El pasaporte lo rompí, y conservé la foto por un tiempo. Antes de botarla la pasé por un escáner y la puse en mi Facebook, que es como decir que ya no es mía. No soy yo ese niño que no iría en noviembre de ese año con su padre a Estados Unidos. No soy yo ese niño que estaba a punto de quedarse huérfano.

Claremont

Después de pasar por Nueva York, Arturo llegó por fin a Claremont, donde estará un rato trabajando en su matemática. Los reportes en el blog sólo mejoran. Aquí un extracto jugoso de esta entrada:

Quiero que conozcas a mi enfermera, es peruana. Perfecto, preséntemela. Mira no te conozco, por eso le sugiero, señora, que cerremos la cocina en la noche con llave para que él no entre a la casa y no se meta a mi cuarto; no te ofendas no es nada personal. No no me ofendo, sólo que yo no me voy a meter a tu cuarto, créeme. Uno nunca sabe, necesito sentirme segura. Pienso: Yo no soy ningún violador de peruanas, no me trate mal vieja hijueputa. Digo: Mira, conmigo no tienes nada que temer porque resulta que soy 100% gay. Falso: las tetas me fascinan, sobre todo las de Valentina, pero no es inteligente decir esto ahora. Pienso: ¿Será que violan a muchas mujeres los machos claremonitas que andan aquí en una paranoía androfóbica inmamabale al punto que conseguir habitación para hombres por acá es tan dificíl? Digo: mira, yo tampoco te conozco, no te ofendas, no es personal, pero si me van encerrar a determinadas horas en mi cuarto, sencillamente, no me interesa.

Círculos y viajes

La vida se basa en la repetición de rutinas que describen órbitas no alrededor sino a través de puntos estables por intervalos de tiempo prolongados. Las transiciones de punto ancla son suaves. La niña nace y gira alrededor de la camilla donde está su mamá y luego es trasladada a un cuarto del que sale y entra a medida que las enfermeras administran evaluaciones, exámenes y baños. Un taxi nos trae al apartamento y el punto de referencia de su mundo se establece en la cama, entre mi almohada y la de Mónica, con viajes regulares a la sala, el baño, el consultorio del pediatra, el supermercado y el hospital. Ayer fuimos a Toronto, caminamos por el barrio coreano y luego bajamos a la avenida de la reina y dimos vueltas un poco más, con paso obligado por el barrio chino y el mercado de Kensington. La ciudad nos sienta bien. Hoy iremos a las cataratas de Niágara. Los círculos de Laia se expanden, cada vez más lejos de su centro primigenio. Algún día se alejará de nosotros también.

Nápoles

Pensé en escribir un cuento largo sobre el viaje con mis papás y mi hermana al Zoológico-Hacienda Nápoles, de propiedad de Pablo Escobar, por allá en mil novecientos ochenta y algo (¿dos?). Creo que fue el último viaje que hicimos juntos. Probablemente hubo más encuentros pero en mi memoria fue la última vez que fuimos dos papás con dos hijos que hacen cosas, como en las familias de las películas. Mi siguiente recuerdo de un encuentro cordial fue en dos mil uno, cuando mi hermana se graduó de la universidad y fuimos a almorzar. Ahora todos vivimos en dimensiones distintas. Dudo que volvamos a reunirnos otra vez.

*

Toda narración de memorias infantiles es tendenciosa. El niño narrativo de seis años es impostura e idealización porque su sistema interpretativo está apenas en desarrollo. Todo tiene sentido, pero la noción de sentido es todavía vaporosa. Las conexiones semánticas son mucho más laxas. En la memoria subsisten apenas las interpretaciones fragmentadas de la vivencia. No hay narración ni moralejas. De cierta manera no hay realidad. Su reinterpretación a treinta años altera (pervierte) el registro original hasta convertir al niño narrativo en médium voluntarioso de su adulto ulterior, ya entrenado para entender de acuerdo a sentidos y significados establecidos, atrapado para siempre en el paso normatizado del tiempo.

*

En lugar de un cuento largo, colección breve de recuerdos y anotaciones dispersas (lo único que me puedo permitir últimamente): en Puerto Triunfo, el día que compramos (¿se compraban?) las boletas para entrar al zoológico, cae nieve sobre el carro mientras esperamos nuestro turno. Parece un pueblo de juguete, de casa blancas, desértico, y cae nieve (aunque también hace sol). Hay un murciélago agonizante sobre la cama de mis papás. El ventilador lo desmembró. Sangre por todos lados. Las ventanas del Fiat no se abren. Un elefante mete la trompa por una hendidura en la ventana y toca a mi hermana. Mis papás no existen, no realmente. Están ahí pero apenas como apoyo decorativo y logístico. Su viaje era distinto al mío. Es un viaje que imagino triste y final. Tenían treinta años. Llevaban cuatro separados. Mi viaje era feliz. El murciélago en la sábana ensangrentada amarrada como una bolsa. Los avestruces asaltan el Fiat. Mi hermana llora. Un león a lo lejos, al final del recorrido. Aviones viejos emplazados a la orilla de la carretera. El hostal donde dormimos se llama Los Colores. Casas de techo colorido encajadas en una colina. Hay algunas fotos. A veces sueño que vuelvo a ese hostal y sigue ahí pero está abandonado.

Dublinesca

Manuel Riba viaja a Dublín a celebrar los funerales de la era de Gutenberg, algo así. No es en serio, es una excusa, la primera que se le ocurre. Riba acumula excusas para justificar su inacción desde que decidió vender su empresa, una editorial independiente, y retirarse. El viaje a Dublín sirve para evitar que sus papás, con quienes tiene una relación casi adolescente, descubran que fue a Lyon por un fin de semana y se encerró en el cuarto del hotel a escribir una teoría fallida de la novela. Sepulta Lyon bajo Dublín y así posterga la conversación en la que sus papás descubrirán que ya no es nadie ni hace nada. Riba se evade a sí mismo porque se siente derrotado por su oficio y creo que también por su vida. Es como si el éxito que acumuló durante su carrera como editor se hubiera agotado. El viaje a Dublín es una oportunidad que se ofrece para poder reinventarse y crear nuevos referentes que le permitan confiar de nuevo en sí mismo. Hace dos años Riba tuvo una operación muy seria y ahora tiene una enfermedad crónica que mal lleva desde la abstinencia al alcohol y demás vicios. Borracho era alguien mejor, pero su mujer no opina lo mismo. A veces Riba sospecha que está muerto. Es posible morir en vida. También es posible morir sin notarlo y creer que la vida sigue. Por eso es necesario estar atento a los colores y los lugares, la intensidad de las experiencias, el contacto con los demás, las referencias ocultas, las llamadas misteriosas. El cambio es sutil pero detectable. Todo es más amplio allá afuera. Estamos hechos de pura ausencia.

the british museum — Hammershøi
Cuántos nombres por olvidar.

The meaning is in the swinging

As I swung gently by my heels in the thick fat fucking breeze of sheer humidity, I had a clear view of the court and could see and hear all that went out there. So this is humankind. Swinging. Backwards and forwards. Swinging through history. These are my people. I am their people too. Crucified upside down by my heels. My Golgotha a chickenyard. Father! Father! Why the fucking shit did you conceive me? You have no meaning. I have no meaning. The meaning is in the swinging. And that is ridiculous. Absurd. Ha! That fucking bitch, my mother, why did you open up to receive him? After that annunciation, that lecherous gleam of his single glittering eye. Did you writhe and shake our history’s shirt front? As now I grind my teething people in a cocoon. Swinging. Swinging in a cocoon of chickenshit. Europe was my head, crammed together with Africa, Asia and America. Squashed and jammed together in my dustbin head. There is no rubbish dump big enough to relieve me of my load. Swinging upside down, threatening to burst the thin roof of my brains. Those years of my travels. Years of innocence and experience. Motherfucking months of twiddling my thumbs with insecurity. In search of my true people. Yes, in search of my true people. But whenever I went I did not find people but caricatures of people who insisted on being taken seriously as people. Perhaps I was on the wrong planet.

In the wrong skin.

Sometimes.

And sometimes all the time. You know. In the wrong skin.

This black skin.

—Dambudzo Marechera, Black Sunlight

Rueda

Cuando la rueda llega a su cénit y empieza a descender siento por un instante el vacío de caer libremente. Me gustaría que fuera real. Mi hermana llora junto a mí, me agarra el brazo con las uñas y me dice que no puede más no puede más no puede más por favor ya no más. Pero estamos en lo más alto y vemos la ciudad iluminada y sentimos la pequeñez súbita de todos, incluidos nosotros. Cuando el viaje termina regresamos al mismo lugar, y mi hermana, entre risas, se tapa la cara para que no se den cuenta de que todavía está llorando.

(clic)

Toronto

Viernes

Tren. Caminata hacia el barrio chino. Festín de dumplings. Caminata hacia Dundas Square. Registro en el hotel. Caminata. Manic Café. Javier, Juan Pablo y Adelaida. Infusión de jamaica. Kensington Market. Barrio Chino. Downtown. Hotel.

Sábado

Caminata hacia el sur. Desayuno en St. Lawrence Market. Queso St. Marcelin. Café. Jugo de aloe. Intoxicación con un sánduche de berenjena. Encuentro con Clifton y Jana en Bay St. Caminata hacia tienda de gafas por Queen St. Tienda de gafas cerca del barrio chino. Restaurante coreano en Kensignton Market. Bibimbap. La intoxicación empieza a hacer lo suyo. No puedo comer. Mónica y Jana piden sopa de tofu picante con mariscos. Caminamos hacia Bloor por la calle donde Jana y Lou vivieron hace un año. Tomamos café en un sitio al azar sobre Bloor. Librería de usados grande y bien organizada. Caminamos hasta la universidad. Cruzamos la universidad. Museo de arte. Parque. Tienda de zapatos favorita de Jana en Queen St. De vuelta a la universidad para encontrarnos con mi tía y mis primos frente al parlamento de Ontario. Conversación por media hora e intercambio de regalos. Caminamos al hotel los cuatro. Descansamos un poco en la habitación. Salimos en búsqueda de un sitio de sushi. No queda lejos del hotel. De allí, con lluvia ligera, caminamos a un sitio de crepes junto a la tienda de zapatos. Mónica pide una crepe de nutella con banano. Yo, intoxicado, paso. Nos despedimos de Jana y Clifton. Caminamos al hotel. Rendidos.

Domingo

Un poco mejor. Caminata a St. Lawrence. Cerrado. Desayunamos café y pastel en un Second Cup al lado. Caminamos hasta la estación de tren y registramos el morral de Mónica. Caminamos hasta la torre CN. Constatamos que la entrada al mirador es carísima y caminamos hacia el lago hasta un muelle donde nos sentamos. Luego caminamos un poco más. Cuando nos da hambre caminamos de vuelta al centro. Buscamos un puesto de perros calientes. Elegimos el más barato. Comemos. Buenísimo. Vamos al estadio de beisbol. Caminamos hasta el centro. Descubrimos un centro comercial gigantesco. Tomamos jugo de naranja. Caminamos hasta que las piernas no dan más. Luego regresamos a la estación de tren.


(Más fotos, acá.)

Distancia

Fue como una distancia. Así. Sin adioses. Sin clausuras. Una oración sostenida entre lengua y garganta que no nace porque no hay aire a donde vamos, ni sol, ni cielo. Vamos hacia la distancia que nos espera con la esperanza de que al llegar, al reencontrarnos, recordemos.

A continuación algunos recuerdos en ningún orden en particular.

El primer recuerdo es la niña postrada ante el cilindro luminoso. Así la conocí.

El segundo es su voz en loop filtrada y recompuesta digitalmente para ser emitida sin parar a través de altavoces en un centro comercial, en el metro, en mi teléfono, y que sólo nosotros la escuchemos. Su voz de niña que entiende cosas que jamás podríamos entender y que nos habla como su fuera nuestra niña (gran) hermana mayor para decirnos que nos preparemos para eso que es imposible prepararse, que comprendamos que algún día tenía que pasar.

El tercero es la ventana del tren: las orugas gigantes que parecen campos de te, la gran montaña nevada dormida y amenazante, el humo de las fábricas en animación suspendida, la sensación de plenitud súbita ante el reconocimiento de la misión.

El cuarto es el día de mi nacimiento que es también el día de mi partida que es también el día que vi a mis papás por última vez y mis papás me dijeron que me extrañarían y me pidieron, me rogaron, que no los olvidara.

Podría seguir.