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Corazón

Un dolor en el pecho intenso la semana pasada me tuvo varios días con angustia, exámenes y visitas al médico. El potencial problema cardiaco ya está bastante descartado, pero la molestia persiste (aunque es cada vez más leve). Parece ser una mezcla de una lesión muscular en el hombro sumada a una de las peores crisis de ansiedad que he tenido en varios años. Ahí vamos.

Deriva

Motivo visita de mi hermana ando de vacaciones esta semana. En Brasil eligieron como presidente a un cristiano fundamentalista con un discurso violento y retrógrado. En Estados Unidos el extremismo de derecha se expresa sin contemplaciones a punta de amenazas y ataques, todos al ritmo que marca el payaso desde Washington. En Toronto caminamos por la ciudad entre golpes de viento helados y súbitos asaltos de sol. Se vive bien acá, le cuento a mi hermana. Me siento bien aquí, quiero decir. En la casa leo The Overstory de Richard Powers y pienso en toda la vida que sacrificamos para sostener la infraestructura tecnológica que asociamos con progreso. Me hace cuestionar nuestro modo de vida y nuestras prioridades. A veces siento que nos dejamos llevar.

Compañías

No recuerdo ya de qué se trataba esto.

La última vez que escribí hacía frío. Ahora el tiempo es tibio, casi amable. Viajo en bicicleta a diario. Me siento, en consecuencia, mejor en general. En cosa de un mes la empresa en la que trabajo se muda a una oficina junto al lago y el paseo será todavía más agradable. Eso me tiene ilusionado.

En la casa tenemos una nueva inquilina. Todavía no se adapta de todo a la manada y los otros gatos tienen sus prevenciones no totalmente infundadas. Por las noches sale de su escondite a jugar en la sala y maullar. Plinio y yo la (ad)miramos desde el sofá.

Hoy leí The Surrender un ensayo de Veronica Scott Esposito sobre su deseo de ser una mujer y su lento proceso de reconocimiento de la legitimidad de ese deseo. Me encantó.

Pueblo

Caminata esta madrugada junto al río, por la muralla, que ahora se extiende casi hasta la carretera. Seis señores abrían botella en una banca para arrancar la rumba con el amanecer. Los vendedores de pescado se rehusan a formalizarse: prefieren sus puestos improvisados en la calle al espacio bajo techo que la alcaldía les ofreció. Ahora quieren mandarlos a otro lado: un mercado en obra junto a un viejo mercado en obra que nunca terminaron. Intentan ser otros, como en todas partes. Y cuesta. Del otro lado del centro, una marea de motos ahora plenamente democratizadas domina la calle.

El pueblo está construido como un fuerte que lo defiende de los elementos y el clima: murallas, pretiles altos, castilletes, casas de maderas eternas. El río es tanto sustento como amenaza. El calor y la humedad aceleran la corrosión. Las inundaciones limpian. Nada resiste aunque todo persiste.

Esta tarde, de regreso a la casa tras un día entero nadando en piscina y mar, vi a lo lejos a unos niños practicando taekwondo en el balcón contra el río. Alguna vez fui uno de esos niños. Me acerqué, y quien lideraba la clase era mi mismo profesor de hace treinta años, casi enteramente preservado.

Cuarenta y uno

Hoy cumplo cuarenta y un años. Habrá poca celebración. Ayer comimos pastel con crema de maracuyá, mi favorito, de nuestra pastelería de confianza del barrio. Hoy estaremos casi todo el día afuera. Primero en clases de música y después en un concierto para niños de la sinfónica. Almorzaremos tarde en un restaurante tailandés que me gusta donde tienen un plato que es (palabras más, palabras menos) arroz frito con huevo y chicharrón. De ahí para la casa. Dormí mal y tuve un sueño raro en el que comprábamos una colección inmensa de Condorito que al instante demostraba ser un encarte por fuera de lo sostenible. Hace rato que no tenía de esos sueños obsesivos que no me dejan ni dormir ni despertar.

Valle

Este último año tuve un periodo largo en el que se me dificultaba muchísimo leer. No era cansancio. Más bien una forma de desconexión. En general, casi cualquier actividad que requiriera iniciativa y disciplina diaria por fuera del trabajo o las rutinas con la hija me costaba inmensamente. Y en el trabajo había una motivación primaria que me impulsaba, por así decirlo. Por momentos me angustiaba bastante. Procuré navegarlo con paciencia, perdonándome la ausencia, concediéndome tiempo. Practiqué con fervor (aunque no sin desesperanza ocasional) la autocompasión. Poco tiempo después del viaje a España algunas cosas empezaron a fluir otra vez. Lentamente recuperé los vínculos y empecé a sumar regularidades. Para este momento me siento recuperado, pero no podría decir que hice nada en concreto para salir de ahí más allá de tomar la situación con calma y convencerme de que era pasajero aunque se acumulara por meses. Con cautela he retomado algunos de mis hábitos y he vuelto a leer un algo a diario. Me hacía falta.

Cumplir

Cada primero de enero me siento culpable de antemano por todo lo que no haré. Sé cómo defraudarme y para prevenirlo evado las declaraciones de propósitos y compromisos, lo que no quiere decir que no los contemple.

Pasa también que inadvertidamente cumplo propósitos que jamás me hice aunque tal vez debí hacerme, como renunciar a un trabajo o dedicarle más tiempo a la limpieza de la casa o a la bicicleta. En las lecturas retrospectivas del año que acompañan su cierre los detecto y aíslo e intento convencerme de que de alguna forma me cumplí y soy lo que quise ser. Así compenso por las perezas que determinan, más que cualquier otra fuerza, el ritmo de mis días.

Medias

Compré medias el fin de semana y me han parecido muy buenas. Tenía muchas medias rotas y eso me estaba amargando la vida más de la cuenta. No llevo bien las medias rotas aunque sé que una media rota cada tanto nunca dirá nada malo de mí. Como sea compré tres pares de medias caras. Son tan caras que tienen L y R para indicar el lado en el que deben ponerse. Ayer me las puse al contrario para evaluar cómo afectaba la experiencia y debo confesar que no sentí ninguna diferencia: al derecho o al revés son igualmente deliciosas. Tal vez mis pies, malacostumbrados a medias de baja estofa, ya son muy toscos para distinguir el valor de la sutil asimetría. Prefiero reservarme la marca de estas medias prodigiosas para mantener cierto nivel de exclusividad sobre ellas pues es bien sabido que cuando las cosas se popularizan pierden casi de inmediato calidad, estilo y horma. Si algún día me ven sonreír, lo más seguro es que las lleve puestas.

Balance

No sé cómo será el próximo año. No tengo mayor expectativa al respecto. Mucho menos propósitos. Seguro que todo irá bien.

Ando cansado y desanimado la última semana. Mañana hay una celebración navideña en la oficina. A la fiesta propiamente dicha del sábado no iré. Me da ansiedad el tumulto. No lo llevo bien aunque me caigan bien los compañeros.

Cierro este año satisfecho. Tuve algunos meses muy difíciles en lo emocional pero poco a poco con esfuerzo (y el apoyo y cariño de la pandilla) he restablecido (hasta donde se puede) el equilibrio que necesito para sentirme cómodo. Tengo que seguir trabajando en eso. Cuando me descuido me derrumba.

Todavía no decidimos qué prepararemos de navidad. Regalos ya hay bajo el árbol.

Madurez

Resultó ser un orzuelo, aflicción común que no había sufrido desde la adolescencia. Se cura con pañitos de agua tibia, literalmente. Una enfermedad juvenil indigna de alguien en el nivel de madurez espiritual y psicomotriz que certifican las nuevas canas en mi barba. Estas son más centradas y vistosas que la primera que tuve y hace tres meses perdí tras una afeitada desafortunada. Dos canas, oficialmente. Aunque podrían ser tres o incluso cuatro si entrecierro los ojos lo suficiente y le meto convicción. Por favor entiendan: la iluminación en estos tiempos cínicos y descreídos pende de las apariencias no importa la sabiduría. No estoy desesperado, pero si la vaina no mejora por sí sola en unos meses tendré que recurrir (no sin algo de vergüenza) al agua oxigenada.

Calabaza

El lunes festivo duró poco y engendró una infección en el ojo derecho así que mañana por la tarde debo ir a mi médica a que me revise e impida que pierda mi preciado ojo. La casa está más limpia después de la limpiada de ayer pero el lavaplatos de nuevo está a reventar. Supongo que después del médico vendré a la casa a resolver eso. Había algo más sobre lo que quería escribir, no sé qué sería. Se refundió. Hace poco terminamos de ver la primera temporada de Defenders en Netflix. No ofrece mayor cosa, aunque me gusta la asociación de superhéroes reacios, casi que involuntarios. Cada vez el armatoste cinemático de Marvel se siente más endeble. Por el lado bueno, M. hizo una tarta de calabaza que quedó apenas. Me la como despacio para que la felicidad dure y, bueno, porque la dieta continúa.

Intermediario

Y bueno, otra semana que se va por el hueco sin nada meritorio para cosechar. No me quejo porque nunca ha sido mi propósito ser un segador de iluminaciones. A duras penas arrisco con lo que me corresponde y de vez en cuando incluso eso se me sale de las manos así sea poco porque supongo que no es tanto un problema de fuerza sino de destreza. No que sea fuerte tampoco, por si hace falta aclararlo. Esta semana la cocina estuvo relativamente limpia y mi nuevo intento de hacer dieta prosiguió sin contratiempos. Poco contacto social fuera del trabajo. A veces no me hace falta y a veces sí. Recientemente no tanto. Prefiero estar en la casa con M. y la niña, jugar y conversar. Los domingos paso la mañana con L. en el parque mientras M. trabaja. Por las noches leemos Momo. Apenas estamos comenzando. Intento también leer cada día unas cuantas páginas de la antología de Borges que sacó la real academia de la lengua. Contiene el ensayo sobre Swedenborg que tanto me impresionó de muchacho. Después de leerlo le conté a mi tía Ángela y ella me advirtió que con Borges nunca se sabía si lo que decía era real o no (creo que ese libro de ensayos Borges Oral fue lo primero que leía de él), así que busqué en la enciclopedia británica herencia de mi abuelo qué encontraba y ahí estaba la entrada sobre el místico alemán. A partir de ahí, en muchas de las bibliotecas por las que he pasado busco libros de Swedenborg y los ojeo no sé bien buscando qué. En la biblioteca de la Universidad Nacional, por ejemplo, había un volumen (solo uno, aunque eran varios) de sus viajes por el inframundo que era un obsequio (aclarado en una nota a mano) de unos seguidores de su doctrina radicados en Chile o Bolivia. Lo malo es que son unos libros aburridísimos. Menos mal que un viejo argentino ciego los leyó por todos nosotros.

Vacío

Me preguntó mi supervisor en el trabajo que cuáles eran mis objetivos de desarrollo personal y profesional dentro de la empresa. Algo para definir criterios de evaluación. Le intenté explicar que yo poco pensaba en esos términos. Que las carreras no eran algo que me preocupara y que lo que me importaba, sobre todo, estar en un lugar a gusto y entretenido. Ojalá con suficiente libertad de maniobra. De resto, que si quiero manejar equipos más grandes o tomar decisiones a niveles superiores o tener más responsabilidades, pues no sé. Lo voy mirando a medida que se dé. En últimas él sabe que yo termino trabajando de cualquier forma mucho más de lo que debería, o por lo menos cubriendo asuntos que en realidad no me corresponden, solo porque siento que me afectan y sufro desde siempre de horror vacui existencial. Esa, ahora que lo pienso, es posiblemente la virtud (si se le puede llamar virtud a eso) que me hace más o menos valioso dentro de empresas pequeñas todavía en proceso de invención.

Conservado

1.

Hoy sábado transmito desde el conservatorio, donde la niña tiene clase de piano a las nueve y media de la mañana con una señora nacida en Ucrania antes de que todo lo que damos por obvio fuera concebible y emigrada a Canadá ya más mayor vía Chile, por donde su familia pasó pero tuvo que salir, de nuevo, huyendo. Ahora vive en London, Ontario, y viene los fines de semana a la ciudad a dictar clases. Una expatriada en el sentido estricto de la palabra, no como esos niños gringos que se van a Europa a montar guetos falsos alrededor de bares anglofílicos donde puedan sentir falsas nostalgias por algo que jamás han perdido.

Es una buena cafetería esta y supongo que entre semana, sin el tumulto, puede ser todavía mejor. Sirven el café con leche en vasos gigantes de vidrio de Ikea y tienen unos croasanes con jamón y queso que entran lo más de bien a esta hora (aunque como ando de dieta debo abstenerme). Si alguna vez me dedico a la independencia laboral este podría ser uno de mis despachos ocasionales junto a la biblioteca central en Yonge y Bloor y tal vez un par de cafeterías de Leslieville.

Aunque en realidad tengo pocas ganas de independencia. Los equipos de trabajo me divierten. Soy un ronin gregario.

2.

Me contaron que llegó una amenaza de matanza a un colegio cerca de la casa, el que nos correspondería por zona. Naturalmente, todo el mundo en el barrio quedó muy asustado porque se supone que esas cosas no pasan acá: son de esa gente del sur. Total es que duraron dos días en estado de alarma y creo que hasta tuvieron un día de receso preventivo y otro con el colegio acordonado por policías. Finalmente ayer las noticias reportaron que fue arrestado un sospechoso. No aclararon, eso sí, cómo estaba relacionado con la amenaza. Ayer también llegó otra amenaza por carta a otro colegio cercano, esta vez al occidente de la casa. Algún bromista de mal gusto detrás, me imagino. Ojalá que lo agarren pronto.

3.

Mañana andan en Catalunya de referendo independentista. Algunos amigos allá están preocupados. Es una situación complicada. Mucho menos clara de lo que la hacen parecer muchos comentaristas y además pésimamente manejada por los políticos mezquinos enfrentados en el trasfondo. La manipulación cunde. Ojalá que no termine en desastre. Parece que muchos quisieran eso para ser validados. Guillem Martínez ha escrito una serie de artículos diarios sobre el procés para Contexto y Acción que son de lo más afilado que he leído al respecto. Aquí el de ayer.

Recursos

En el cuarto piso del edificio donde se encuentra mi oficina, cuando se abre el ascensor, se ve una puerta cerrada con una placa que dice The McQuaig Institute. Llevo seis meses intrigado, imaginando qué harán ahí, sin atreverme a revisar lo que Google pueda decirme; postergando la decepción. Finalmente a principios de esta semana, en medio de un sueño, resolví buscar qué encontraba y terminé en una página web que permitía recorrer de pies a cabeza un cadáver humano abierto con la cara pixelada, en lo que parecería una autopsia bastante minuciosa en alta definición. Flotando sobre la imagen aparecían etiquetas que identificaban órganos acompañados de una descripción de su propósito y un precio. La crudeza era desconcertante. Ni en mis teorías más enloquecidas se me había pasado por la cabeza que pudiera ser un sitio de tráfico de órganos (mis sospechas más recientes apuntaban hacia una escuela de espionaje o detectivismo, cosas así). Y bueno, lo cierto es que cuando me desperté la memoria del sueño como sueño se había esfumado pero el recuerdo del sitio del instituto, aunque confuso, persistía allá al fondo en el pre-consciente, como parte de uno de esos recorridos cibernéticos sonambulescos de cierre de un día pesado en los que pierdo totalmente el rumbo, el buen gusto y la perspectiva. Así es como por ahí el miércoles, cuando de camino al trabajo se abrió el ascensor en el cuarto piso, pensé en lo perturbado que me había dejado la visita al sitio y en el descaro absoluto que tenían de promocionarse sin filtro ni dark web que los protegiera, así que me senté en mi escritorio con el propósito de revisitarlo, estudiar sus servicios con más cuidado, y entender cómo carajos se blindaban legalmente. Ahí fue cuando descubrí que en realidad era una empresa gris de recursos humanos con pésimos comentarios en Glassdoor.

«Pues no muy lejos del sueño», anota Mónica aquí a mi lado.