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vida

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Sábado lento entre siestas, lecturas, hamaca y calor. Uno de esos días en los que la acumulación de duermevelas hace que se pierda totalmente la orientación temporal. Cada momento se siente largo y desconectado del resto. A media tardé asé un par de pedazos de sobrebarriga al carbón. Aunque ya lo había hecho antes, esta vez no me gustó cómo quedó. Ando en conflicto con la carne, más de lo habitual, y tal vez de ahí, más que del resultado, proviene mi juicio. Laia, después de varias sesiones de llanto gratuito, hizo siesta de cinco y media a siete y media de la tarde así que aunque son las diez y media todavía anda por ahí dedicada al arte primitivista. Dentro de poco tendremos que intervenir. Me tienta ponerla a dormir y salir a tomarme una cerveza en un bar, pero la pereza de vestirme es más fuerte.

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El domingo pasé un rato largo en la hamaca primero leyendo y después tomando una siesta. Desperté agradecido con el universo por ese invento tan maravilloso. Tengo que aprovechar más el balcón.

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Por otro lado no sé bien para qué uso Strava. Supongo que es por curiosidad. O tal vez para convencerme de que estoy haciendo el ejercicio que me corresponde. O sea que no estoy abandonándome al sedentarismo decadente. Aunque mi apariencia y vida cotidiana digan todo lo contrario. Es un compromiso con el futuro, podría decirse. Que no se diga que no puse de mi parte.

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Mi abuela decía “Así la vida es un soplo” cuando se burlaba de que yo llegara a siestiar a la casa después de las clases por la mañana en la universidad. Y efectivamente la vida es un soplo. No se equivocaba.

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Sin confusión para qué vivir.

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Salimos al supermercado esta mañana después de hacer oficio, casi al mediodía. Compré pescado fresco para hacerlo guisado como le gustaba a mi abuela. Lo acompañamos con yuca y crema agria. Fue una caminata bajo un sol inusitadamente tibio, más de abril que de febrero. Laia nos acompañaba en su patineta; ya le perdió el miedo. En un punto de la caminata, en la mitad de un suspiro, sentí todo al tiempo, sentí el momento, podría decirse, y pensé en la suerte que tengo de estar con ellas, de vivir la vida buena que hemos armado y seguiremos armando, de la tranquilidad que disfrutamos. Somos afortunados.

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Volví a cumplir años. Cada vez se siente menos y se nota más. Esta semana la dolencia era en un pie. Duré tres días cojeando. También tengo la sinusitis, pero esa ya la asumo más como estilo de vida (o tribu urbana) que condición física. Me regalaron de cumpleaños un bolso que hace mucho quería tener. Lo estrené bajo nieve y lluvia con mucho éxito. Ahora necesito un computador que quepa y le haga juego. La vida es un constante antojo de cosas que me duele inmensamente comprar. No tengo el arrojo natural del consumidor de raza.

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Una postal: es tarde, hace frío y las calles están cubiertas de una capa de nieve tan fina que parece pintura blanca fresca sobre el asfalto. Camino por la acera con mi mochila, la había dejado en la fiesta de cumpleaños a la que fuimos el domingo, y dos globos flotantes amarrados a la mochila que revolotean de acuerdo a la voluntad un viento indeciso. En los audífonos cantan “Try to realize it’s all within yourself, no one else can make you change, and to see you’re really only very small and life flows on within you and without you.” Es la versión psicodélica. Al llegar a la esquina veo el tranvía venir. Lo espero y cuando abre la puerta subo las escaleras con los globos detrás de mí cual perros fantasma. Está casi vacío. La hija enferma (nada serio) me espera en la casa.

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Por mucho tiempo viví colgado de unas expectativas autoimpuestas en las que hacía rato no creía. Lo veía como un compromiso del cual no podía deshacerme sin salir de alguna forma derrotado. Me aterraba la idea de perder (¿qué? no sé bien) aún cuando la alternativa era persistir en la vida que un muchacho pedante de diecisiete años había decidido para mí. Me costó mucho reconocer que mis prioridades habían cambiado, que yo había cambiado, que la tristeza no me fortalecía, que ya no había nada al fondo de ese camino. Hoy procuro ser más abierto a lo posible y disponible en el presente y menos comprometido con los rumbos difusos. Así intento protegerme de ser arrastrado de nuevo por un orgullo.

3

Es difícil deshacerse de la mentalidad nomádica que viene con años de vida flotante. Aún hoy a veces me sorprendo tomando o evadiendo por pura costumbre decisiones bajo el supuesto, ahora falso, de que en cualquier momento nos tendremos que ir de aquí a cualquier otro lado. Así fue nuestra vida por un buen rato. Durante el año que recién terminó empezamos a intentar establecernos de verdad por primera vez desde que salimos de Colombia. Eso implica aprender a crear vínculos, volverse parte de una comunidad, expandir los planes y los plazos, gastar más en algunas cosas y menos en otras, bajar anclas, atracar. Ha sido curioso vivir así. Todo se siente todavía distinto, renovado por la perspectiva, más amplio. Tengo varios hábitos por abandonar.

Religiosos

Oí una conversación en el tranvía entre un hombre y una mujer. Él iba sentado y ella de pie. Hablaban, inicialmente, del sentido de comunidad de Leslieville, el barrio donde vivo, en contraste con los suburbios y algunos barrios más populares del occidente de la ciudad. La mujer le contó que aunque no vivía en el barrio venía a la iglesia los jueves por la noche porque le gustaba el ambiente y servía de voluntaria en algunos servicios para jóvenes. El hombre que cómo se distinguía de los anglicanos o los católicos. Ella le enumeró algunas diferencias, más que nada en los formalismos de los ritos y la actitud, más abierta de lo habitual. El hombre le explicó que aunque era musulmán ocasionalmente iba a iglesias cristianas a rezar e incluso asistía a misa porque al fin y al cabo era siempre el mismo dios. Lo sorprendían y al tiempo agradaban las diferencias entre los diversos sabores del cristianismo. Ella lo invitó a asistir algún día a su iglesia. Él prometió que lo consideraría y le pidió de nuevo la dirección. En ese punto llegué a mi paradero.

Trabajo

Escribir una clase que haga algo sencillo bien, de forma verificable. Y después escribir otra. Y otra más. Escalar sobre ellas.

Tres

Abuela

Durante su último mes en este planeta mi abuela se esforzó todo lo que pudo por mostrarnos que estaba todavía con nosotros. Su cuerpo le había fallado pero ella seguía presente, atenta, consciente, orgullosa, adolorida pero tranquila y de buen humor, a cargo de su vida. Hace una semana intentó pararse y escribió su nombre torpemente con su mano izquierda. Se rió de su torpeza. Un trombo a principios de enero le había paralizado el lado derecho del cuerpo y la había dejado sin habla y a nosotros sin su voz. Una de las primeras cosas que hizo cuando despertó en el hospital fue sacarse, con una sonrisa desafiante, el tubo nasogástrico que le habían puesto. Así empezó a irse: en sus términos. Esta madrugada murió en su cama.

Ahora me recuerdo pequeño junto a Sergio acompañados por ella en el parque de la Bella Suiza. Nos enseñaba a montar en bicicleta. Corría detrás de nosotros sosteniendo la silla. “¡Dele, mijo, yo lo tengo!” decía. Y nos tenía.

Y también pequeño, siempre pequeño a su lado, en la mecedora de su cuarto, enruanados ambos, conversando mientras veíamos telenovelas. Riéndonos de bobadas. Discutiendo política. Recordando su vida, ese pasado del que todos nosotros veníamos, el que cargamos en su mitocondria. Era nuestro momento diario.

Vivió muchos años, casi cien, todo muy buenos y mayoritariamente felices. Vio el siglo veinte pasar. Nació al final de la primera guerra mundial en un pueblo de Santander. Llegó a Bogotá a estudiar de interna en el colegio que después se convirtió en la universidad pedagógica. Conoció a Arturo estudiando matemática y física ya en la universidad en los cuarenta. Trabajaron como maestros. Ambos exigentes y comprometidos. Tuvieron siete hijas y un hijo que heredaron su rebeldía tranquila y su disciplina. Se acompañaron. Gozaron con sus nietos y las caminatas cada fin de semana por los naranjales. Fue la última de sus hermanos en irse. Mi abuelo la dejó hace veintitantos años pero desde entonces siempre estuvo acompañada por sus hijos y sus nietos, que casi ritualmente se congregaban en su casa cada domingo para comer y conversar. Viví cinco años con ella cuando regresé a Bogotá a estudiar. La conocí bien, o tan bien como ella permitía desde su distancia. Cada día la oí levantarse temprano a exprimir un vaso de jugo de naranja para mí. Cuando me fui de Colombia en 2001 la llamé desde un teléfono público del aeropuerto para despedirme otra vez. Fue lo último que hice. Cada vez que volví hice lo mismo. Estar en su casa me tranquilizaba. Era mi casa también. Verla era lo que más me gustaba de visitar Bogotá.

Veo en Laia a mi abuela. La veo cuando come mandarina con gusto, apasionadamente, tres mandarinas en minutos. También cuando pide “dulcecitos”, cuando rechaza cualquier ayuda con un “¡yo sola!” y sobre todo cuando acepta a regañadientes, con incomodidad más que evidente, mis abrazos y besos. No sé cómo lo lograba pero siempre me hacía sentir tonto y al tiempo bien encaminado. Me animaba. Lo mismo logra Laia, ahora que lo pienso. Creo que estaba orgullosa de todas esas personas que habían salido de ella. Nosotros éramos su felicidad y eso espero que sigamos siendo incluso ahora que se fue. Le debemos eso y todo lo demás. Somos ella.

One of us

Vollmann on Copernicus:

I myself can’t help but wonder how high his aspirations were. I imagine him sincerely hoping to solve all celestial problems, to save the appearances and likewise to explain them. I see him as one of us, a man who lived on Earth and will not come again, a man whose dreams were greater than could be achieved, a lost one, enchanted by something beyond him, a man who gave his best to something, died, and left his accomplishment rusting into obsolescence. He was long ago and we cannot remember more than scraps of him. And this is what it means to be one of us in this sublunary world, a person whose hopes will al sooner or later be superseded.