Rango Finito

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vida

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Una postal: es tarde, hace frío y las calles están cubiertas de una capa de nieve tan fina que parece pintura blanca fresca sobre el asfalto. Camino por la acera con mi mochila, la había dejado en la fiesta de cumpleaños a la que fuimos el domingo, y dos globos flotantes amarrados a la mochila que revolotean de acuerdo a la voluntad un viento indeciso. En los audífonos cantan “Try to realize it’s all within yourself, no one else can make you change, and to see you’re really only very small and life flows on within you and without you.” Es la versión psicodélica. Al llegar a la esquina veo el tranvía venir. Lo espero y cuando abre la puerta subo las escaleras con los globos detrás de mí cual perros fantasma. Está casi vacío. La hija enferma (nada serio) me espera en la casa.

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Por mucho tiempo viví colgado de unas expectativas autoimpuestas en las que hacía rato no creía. Lo veía como un compromiso del cual no podía deshacerme sin salir de alguna forma derrotado. Me aterraba la idea de perder (¿qué? no sé bien) aún cuando la alternativa era persistir en la vida que un muchacho pedante de diecisiete años había decidido para mí. Me costó mucho reconocer que mis prioridades habían cambiado, que yo había cambiado, que la tristeza no me fortalecía, que ya no había nada al fondo de ese camino. Hoy procuro ser más abierto a lo posible y disponible en el presente y menos comprometido con los rumbos difusos. Así intento protegerme de ser arrastrado de nuevo por un orgullo.

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Es difícil deshacerse de la mentalidad nomádica que viene con años de vida flotante. Aún hoy a veces me sorprendo tomando o evadiendo por pura costumbre decisiones bajo el supuesto, ahora falso, de que en cualquier momento nos tendremos que ir de aquí a cualquier otro lado. Así fue nuestra vida por un buen rato. Durante el año que recién terminó empezamos a intentar establecernos de verdad por primera vez desde que salimos de Colombia. Eso implica aprender a crear vínculos, volverse parte de una comunidad, expandir los planes y los plazos, gastar más en algunas cosas y menos en otras, bajar anclas, atracar. Ha sido curioso vivir así. Todo se siente todavía distinto, renovado por la perspectiva, más amplio. Tengo varios hábitos por abandonar.

Religiosos

Oí una conversación en el tranvía entre un hombre y una mujer. Él iba sentado y ella de pie. Hablaban, inicialmente, del sentido de comunidad de Leslieville, el barrio donde vivo, en contraste con los suburbios y algunos barrios más populares del occidente de la ciudad. La mujer le contó que aunque no vivía en el barrio venía a la iglesia los jueves por la noche porque le gustaba el ambiente y servía de voluntaria en algunos servicios para jóvenes. El hombre que cómo se distinguía de los anglicanos o los católicos. Ella le enumeró algunas diferencias, más que nada en los formalismos de los ritos y la actitud, más abierta de lo habitual. El hombre le explicó que aunque era musulmán ocasionalmente iba a iglesias cristianas a rezar e incluso asistía a misa porque al fin y al cabo era siempre el mismo dios. Lo sorprendían y al tiempo agradaban las diferencias entre los diversos sabores del cristianismo. Ella lo invitó a asistir algún día a su iglesia. Él prometió que lo consideraría y le pidió de nuevo la dirección. En ese punto llegué a mi paradero.

Trabajo

Escribir una clase que haga algo sencillo bien, de forma verificable. Y después escribir otra. Y otra más. Escalar sobre ellas.

Tres

Abuela

Durante su último mes en este planeta mi abuela se esforzó todo lo que pudo por mostrarnos que estaba todavía con nosotros. Su cuerpo le había fallado pero ella seguía presente, atenta, consciente, orgullosa, adolorida pero tranquila y de buen humor, a cargo de su vida. Hace una semana intentó pararse y escribió su nombre torpemente con su mano izquierda. Se rió de su torpeza. Un trombo a principios de enero le había paralizado el lado derecho del cuerpo y la había dejado sin habla y a nosotros sin su voz. Una de las primeras cosas que hizo cuando despertó en el hospital fue sacarse, con una sonrisa desafiante, el tubo nasogástrico que le habían puesto. Así empezó a irse: en sus términos. Esta madrugada murió en su cama.

Ahora me recuerdo pequeño junto a Sergio acompañados por ella en el parque de la Bella Suiza. Nos enseñaba a montar en bicicleta. Corría detrás de nosotros sosteniendo la silla. “¡Dele, mijo, yo lo tengo!” decía. Y nos tenía.

Y también pequeño, siempre pequeño a su lado, en la mecedora de su cuarto, enruanados ambos, conversando mientras veíamos telenovelas. Riéndonos de bobadas. Discutiendo política. Recordando su vida, ese pasado del que todos nosotros veníamos, el que cargamos en su mitocondria. Era nuestro momento diario.

Vivió muchos años, casi cien, todo muy buenos y mayoritariamente felices. Vio el siglo veinte pasar. Nació al final de la primera guerra mundial en un pueblo de Santander. Llegó a Bogotá a estudiar de interna en el colegio que después se convirtió en la universidad pedagógica. Conoció a Arturo estudiando matemática y física ya en la universidad en los cuarenta. Trabajaron como maestros. Ambos exigentes y comprometidos. Tuvieron siete hijas y un hijo que heredaron su rebeldía tranquila y su disciplina. Se acompañaron. Gozaron con sus nietos y las caminatas cada fin de semana por los naranjales. Fue la última de sus hermanos en irse. Mi abuelo la dejó hace veintitantos años pero desde entonces siempre estuvo acompañada por sus hijos y sus nietos, que casi ritualmente se congregaban en su casa cada domingo para comer y conversar. Viví cinco años con ella cuando regresé a Bogotá a estudiar. La conocí bien, o tan bien como ella permitía desde su distancia. Cada día la oí levantarse temprano a exprimir un vaso de jugo de naranja para mí. Cuando me fui de Colombia en 2001 la llamé desde un teléfono público del aeropuerto para despedirme otra vez. Fue lo último que hice. Cada vez que volví hice lo mismo. Estar en su casa me tranquilizaba. Era mi casa también. Verla era lo que más me gustaba de visitar Bogotá.

Veo en Laia a mi abuela. La veo cuando come mandarina con gusto, apasionadamente, tres mandarinas en minutos. También cuando pide “dulcecitos”, cuando rechaza cualquier ayuda con un “¡yo sola!” y sobre todo cuando acepta a regañadientes, con incomodidad más que evidente, mis abrazos y besos. No sé cómo lo lograba pero siempre me hacía sentir tonto y al tiempo bien encaminado. Me animaba. Lo mismo logra Laia, ahora que lo pienso. Creo que estaba orgullosa de todas esas personas que habían salido de ella. Nosotros éramos su felicidad y eso espero que sigamos siendo incluso ahora que se fue. Le debemos eso y todo lo demás. Somos ella.

One of us

Vollmann on Copernicus:

I myself can’t help but wonder how high his aspirations were. I imagine him sincerely hoping to solve all celestial problems, to save the appearances and likewise to explain them. I see him as one of us, a man who lived on Earth and will not come again, a man whose dreams were greater than could be achieved, a lost one, enchanted by something beyond him, a man who gave his best to something, died, and left his accomplishment rusting into obsolescence. He was long ago and we cannot remember more than scraps of him. And this is what it means to be one of us in this sublunary world, a person whose hopes will al sooner or later be superseded.

Londres, Ontario

Mañana nos vamos. Llevamos una semana despidiéndonos de desconocidos que las rutinas que nos inventamos convirtieron en lo más parecido a amigos que tuvimos acá. No sé de qué estoy apegado. Supongo que de la seguridad que me daba mi encierro. O de la vida organizada en torno a Laia. Tal vez es eso. El lunes después de firmar el contrato de arriendo caminaba por Toronto y pensaba en lo grande que es todo allá. Me intimida de repente lo que creía añorar. Seguro que estaremos bien. De pronto incluso mejor que acá.

Casa

Ayer aceptaron nuestra postulación para arrendar un apartamento en Leslieville, un barrio al oriente del centro de Toronto muy cerca de las playas sobre el lago y una zona llamada “Little India” que aprovecharemos intensamente. Hay parques y negocios bonitos. También hay una biblioteca y un centro comunal de la ciudad con piscina y pista de hielo muy cerca. Parece una zona buena para familias con hijos. Para llegar al trabajo probablemente tome el tranvía y aprovecho la media hora de viaje para leer y oír podcasts. Más adelante, si me siento cómodo, de pronto compro una bicicleta y hago el recorrido por la ciclorruta que bordea el lago. De todos los apartamentos que vimos creo que fue uno de los dos donde me sentí más a gusto, más en un lugar que se sintiera como una casa de nosotros. Espero que eso sea una buena señal.

Cambios

Ayer me ofrecieron un trabajo como programador en una empresa en Toronto. Llevo trabajando hacia esto un buen rato pero sólo hasta este año me metí con todo a experimentar y practicar con la intención de ganar fluidez. Aún me siento bastante inmaduro en muchos sentidos pero con el postdoc de Mónica casi al cierre no podía darle más largas a mis postulaciones a trabajos acá. Mi misión será jugar con una base de datos biométricos de un tipo muy específico, entender lo que dicen, clasificar los registros de muchas formas, escribir programas eficientes para agregarlos y procesarlos, e inventarse formas útiles y provechosas de presentarlos a sus usuarios por medio de diferentes aplicaciones. Decidimos aceptar y dejar London abruptamente. En quince días necesitamos estar instalados en la ciudad. Serán dos semanas intensas. Nos vamos con algo de pena porque aunque no teníamos muchas opciones laborales aquí estábamos encariñados con nuestra vida pequeña y tranquila de barrio, nuestro apartamento silencioso con vista al árbol y la guardería de Laia con sus amigos y sus profesoras. En Toronto hay más oportunidades para los dos y también actividades para Laia. Con suerte nos instalaremos en un sitio agradable a seguir armando estos rumbos tan raros en los que nos metimos por andar estudiando de más. Si todo sale bien nos gustaría que Toronto sea nuestro destino final. A ver adónde nos lleva este nuevo salto.

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the wrong place

The Wrong Place, de Brecht Evens, es un cómic laberíntico pero el espacio de confusión que construye más que físico es social: una comunidad sobre-intensa de conexiones, encuentros y aspiraciones de ascenso dentro de escalas de popularidad y éxito diversas. Y creo que lo que pensé mientras lo leía es que esa sociedad que intenta caricaturizar Evens (es realmente maravilloso todo lo que puede hacer con papel, acuarelas y páneles libres) siempre me intimidó y aturdió. Nunca supe cómo hacer parte de eso ni tampoco por qué hacer parte de eso era importante. Por temporadas lo intenté. Intenté seriamente integrarme, camuflarme entre eso y aprender el lenguaje y referencias. No lo logré del todo. No encontraba mi lugar. Tarde que temprano siempre me sentí el que estaba afuera y no estaba seguro de si los admiraba o los compadecía. Mi amor propio oscilaba de un extremo al otro. ¿Cuál era el sentimiento que me podía permitir? ¿Todo se reduce al orgullo? No es coincidencia que a mi edad esté medio desempleado y aislado, que hable muy ocasionalmente con otras personas y tenga tan pocos amigos que perduren. A veces me culpo por mi desinterés, mi desprecio. Es lo que merezco, pienso, lo que quise. Pero no recuerdo para qué lo quería ni qué ganaba con esa seguridad que viene de la distancia como doctrina de vida. Hay un personaje dentro de The Wrong Place que representa ese punto de vista, creo, se llama Gary. Mi sospecha es que la mayoría de la gente se siente así ocasionalmente. Algunos tal vez son mejores que otros para disimular la molestia, o no molestia sino frustración, tal vez, pero todos sienten, a medida que el tiempo pasa, que están perdiéndose esa vida que todos los demás sí tienen y acumulan, esa prosperidad de los capaces. Porque ellos sí quieren de verdad. Porque ellos sí son auténticos y valientes. Porque ellos sí tomaron las decisiones adecuadas y saltaron. Y uno no. Uno es un pusilánime. A uno no le dieron las ganas o lo que quiera que se necesitara para no estancarse y por eso perdió. Dice Gary: “Lo que me gustaba, lo que era realmente bueno… Cuando éramos niños, la gente lo dejaba solo a uno, a nadie le importaba un culo. Uno… Uno hacía lo que quería, sin tener que… no sé, ser su Ambición, sin tener que pensar sobre… qué puta DIRECCIÓN tomara su puta VIDA.” Creo que como Gary yo también me he dejado enredar en exigencias (internas) de Ambiciones y Rumbos y nunca he sabido manejar bien nada de eso: la competencia me aturde y mi autoestima está convencida de que se me acabó el tiempo y no hice nada, no logré escalar, no tuve fuerza, perdí, lo (mucho) que tengo no lo merezco. Ya me acostumbre a que mi filtro para ver la vida sea la insatisfacción, sobre todo con lo que soy y lo que hago. Desde que dejé de aspirar a cosas (a otras vidas) me siento un algo mejor. Aunque el miedo al futuro persiste. Eso no se va.

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Hoy en el centro una mujer pequeña muy bronceada me habló. Dijo algo que no entendí. Le pedí en inglés que me repitiera la pregunta. Preguntó “Do you speak Spanish?”. Le dije que sí. Preguntó “¿De Uruguay?” con gesto orgulloso, como si acabara de develar mi secreto. Le respondí “Colombiano.” El gesto en la cara se disolvió en desilusión. Comentó algo sobre el calor, dijo “Chau” y cruzó la calle a toda carrera. Soy malo para avanzar en conversaciones sobre el calor. Después me la volví a encontrar mientras caminaba por el mercado. Apenas medio sonrió. Debí haberle respondido que sí era uruguayo, uruguayo del norte — por eso el acento.

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Hoy en el parque terminé hablando con una mamá sobre Mauricio y su muerte. A veces se me sale aunque sé que incomoda.

A la gente no le gusta oír que los niños se mueren. Supongo que a mí tampoco me gusta recordarlo.

“Lo siento mucho”, me dijo. “No se preocupe, es algo que pasa, parte de la vida”, le respondí.

De regreso a la casa paramos en la cafetería y me tomé un café con leche mientras Laia se comía una galleta y un vaso de leche. Sentado en la mesa frente a ella (secuestros masivos de niñas en la portada del periódico) pensaba que por varios años lo que le pasó a Mauricio no era sólo algo que había pasado sino que era el presente, no se iba. No sé cuándo se volvió “algo que pasa”. Se siente menos pesado, eso sé. Presente pero no el presente. Casi que podría ser algo que le pasó a alguien más.

5

Ayer se rompió la válvula de la olla a presión (como es moderna encaja en una pieza de plástico que se puede romper) así que esta mañana fui a la piscina con Laia y después a la tienda colombiana a comprar una empanada y una olla a presión de emergencia para usar mientras conseguimos que alguien nos envíe de Colombia los repuestos para arreglar la que se dañó. La ola a presión de emergencia es de la colombianísima marca Imusa. Hecha en China. Aparentemente los cuarteles generales de Imusa quedan en Estados Unidos. Imusa nos usa. Usamos la olla a presión para hacer frijoles y también para hacer mazamorra. Yo la uso cuando quiero hacer rápido un pollo guisado. Los gastronomistas hablan regular de la olla a presión pero a mí me parece una herramienta práctica, especialmente cuando se cuenta con poco tiempo para cocinar (y en general para cualquier cosa). Se supone que deja un sabor en la comida que se prepara con ella. Nunca lo he sentido. O si lo he sentido, no me molesta.

Lo único malo de la olla a presión que compré es que es de aluminio. La otra es de acero inoxidable. Se supone que el aluminio suelta cosas tóxicas. O al menos eso dice mi socia de vida. Ojalá que podamos arreglar la de acero inoxidable.

Lo bueno de la olla a presión que compré es que es gigante. Le caben como ocho litros. Dos pollos medianos enteros, estimo. Comida para media semana.

Cuando era pequeño la olla a presión de la casa explotó y dejó una marca de lenteja en el techo y la pared de la cocina que duró años ahí. Por mucho tiempo le tuve a esos aparatos un miedo terrible. Ya no. El pollo guisado me queda bueno. Le echo ají peruano y arvejas. Me lo como con aguacate. El otro día hice unas quesadillas con los restos de eso y también quedaron ricas.