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One of us

Vollmann on Copernicus:

I myself can’t help but wonder how high his aspirations were. I imagine him sincerely hoping to solve all celestial problems, to save the appearances and likewise to explain them. I see him as one of us, a man who lived on Earth and will not come again, a man whose dreams were greater than could be achieved, a lost one, enchanted by something beyond him, a man who gave his best to something, died, and left his accomplishment rusting into obsolescence. He was long ago and we cannot remember more than scraps of him. And this is what it means to be one of us in this sublunary world, a person whose hopes will al sooner or later be superseded.

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Me gustó mucho el texto sobre Gabriel García Márquez que Carolina Sanín publicó en Arcadia:

De García Márquez no sabemos ni debemos saber más que lo que nos ha sido dado saber de Homero. Ninguno de los dos fue un personaje ni fue una persona. No puede serlo ningún autor épico, ninguno que ha recibido la misión de cifrar y descifrar un pueblo y una cultura. La obra de Gabriel García Márquez es la manifestación de la verdad y del secreto del Nuevo Mundo, así como la de Homero es la manifestación de la verdad y el secreto de la civilización griega.

L-O-R-I-C-A

Lorica
La muralla

En el número cincuenta de Universo Centro viene esta crónica de un paseo fantasmagórico por Lorica.

Bonsai

D. hace bonsai. Le pregunto cómo aprendió. Me dice que desde siempre ha estado interesado en la horticultura y en uno de los invernaderos donde trabajó conoció a un hombre que los hacía. Quedó fascinado. Buscó información. Leyó varios libros y se inscribió en el club de bonsai del pueblo. Le digo que debe ser difícil. Me responde que si uno sabe cómo crecen los árboles no tiene ningún misterio. Me dice que es afortunado de poder ganarse la vida con su pasión.

D. tiene tres hijas y un hijo. Su mujer era una indígena canadiense. Era adicta a las drogas y D. estaba alcoholizado. Hace unos años la mujer lo dejó. Se llevó a los dos hijos menores a la reserva indígena. D. fue por los niños a la reserva y exigió su custodia, argumentando que la mujer no estaba en condiciones de cuidarlos. Casi lo linchan pero finalmente volvió con los dos niños al pueblo. Esos cuatro niños son su vida. Hace unos dos años dejó de tomar y recientemente consiguió un trabajo como jardinero de bonsai de un señor con mucha plata. A eso se dedica ahora. Le pagan bien.

D. carga siempre una botella de dos litros de coca-cola light y fuma obsesivamente. Casi no habla con nadie. En el celular lleva fotos de un bulldog inglés. En la casa tiene en este momento cincuenta y nueve bonsai. Los últimos tres los recibió la semana pasada. A veces se los regala a sus amigos. La mamá de los niños murió de sobredosis de heroína hace un año.

Flotador

Los sábados va a la piscina una señora con su hijo en silla de ruedas. El niño está postrado. No se mueve. No reacciona. Mira hacia arriba siempre, atrapado en un salvavidas naranja inmenso: una gran cabeza inexpresiva y flotante. La señora lo integra a todas las actividades en la piscina excepto por esas en las que es necesario interactuar con otros niños. Cuando hay juegos con pelotas ella se hace discretamente en una esquina con su hijo y le habla. No sé qué le dirá. Se nota que le habla mucho. Nunca conversa con nadie más. Yo sufro de incomodidad patológica ante niños así. Me angustio de solo verlos. No es nada claro cuál es su nivel de consciencia de lo que pasa aunque asumo que puede ser alto, lo que simplemente quiere decir que el niño sabe que es diferente y de pronto incluso sabe que lo suyo no es algo que se pueda solucionar. Debe ser durísima la vida de la mamá.

Comunión

Estamos ahí para sentir que compartimos algo. Una mujer se sienta junto a mí en el mirador. Me pregunta cuántas semanas tiene la niña. La vida de Laia todavía se mide así. Yo también la mido así. A veces cuento los días.

Una familia serbia (tienen que ser serbios) cruza la avenida y sube como puede al parque para tomarse una foto sobre la estatua en honor a Tesla, que mira el agua desde lo alto de un motor gigante de corriente alterna. En la cima de la ladera de museos oportunistas, comidas rápidas y paseos “en 4D” sobre cualquier cosa vacía concebible hay un mini-golf de dinosaurios con un volcán de plástico que estalla en llamas cada veinte minutos. Una mujer en el Starbucks con una camiseta de súper héroes no sabe qué comprar y finalmente, desesperada, agarra una taza souvenir que dice Niagara Falls y paga doce dólares por ella. Los recuerdos tienen precio. Un foto-montaje con las cataratas congeladas atrás en modo idílico sobre-saturado de atardecer otoñal cuesta quince dólares. Las mujeres sonríen fácil cuando ven a la bebé. Estiman su edad de acuerdo al tamaño. Nos felicitan. Parecen felices por nosotros. Las calles están atestadas de turistas y probablemente todos quieren (queremos), en el fondo, huir de ahí. Pero todos resisten. Los sostiene el ruido del agua, o su visión, o ambos. En un panfleto leí que en 50.000 años las cataratas del Niágara dejarán de existir. Queda poco tiempo.

Cuando fuimos por primera vez Mauricio acababa de nacer y morir. Conocer las cataratas era el sueño de niñez de mi mamá así que sacamos fuerzas y fuimos en tren, con escala de una tarde y una noche en Toronto. Recuerdo muy poco de esa visita. Estábamos muy tristes. Llovía. Hacía frío y el malecón junto a las cataratas estaba casi vacío. Tomamos el barco que se hunde en la herradura de caídas y gritamos, creo que de rabia o de resistencia a la resignación, cuando el barco se detuvo al borde del abismo inverso y todo era agua y rugido alrededor. Se sintió bien, tranquilo. Era como si no fuéramos nada. Una vez María Lucía me contó que en Japón dicen que los Jizo ayudan a los niños muertos a cruzar el río Sanzu cuando sus papás no pueden acompañarlos. Seguro que ese río más que correr cae. A la salida, mi mamá compró llaveros para todos en el pueblo y luego almorzamos en un local de Wendy’s lleno de pájaros hambrientos.

El río Niágara tiene una vida breve: nace en el lago Erie, bifurca, se reunifica en las caídas y corre revitalizado hacia el norte hasta fundirse en el lago Ontario. Mide 58 kilómetros (no sé si cuentan las alas de la bifurcación). Luego de visitar las cataratas y hastiarnos de la oferta de trampas turísticas fuimos hasta su desembocadura, en el pueblo de Niagara on the Lake. Ahí, junto a la playa Mississauga, al lado de un viejo fuerte, cinco adolescentes se bañaban junto a un muro de piedras cúbicas que sostiene la costa en su lugar. Salieron del agua cuando el sol empezó a caer. Les tomé una foto mientras se secaban. Laia parecía maravillada con el sol.

Larry

El fantasma del parqueadero es amigable. Abre las puertas y se asegura de que todos lleven puesto el cinturón de seguridad. A veces se sienta justo detrás de mí y me pregunta intrigado para dónde vamos pero al final nunca va. Conoce mi nombre. Sabe cosas sobre mi vida. Se preocupa por nosotros. No sale en las fotos, pero aparece sólido en el espejo retrovisor. Es un señor viejo de papada amplia con camisa de cuadros y tirantas. Luce emocionado, como si hace mucho tiempo no saliera de su casa. Lleva una gorra de los Blue Jays y le faltan varios dientes. Una vez le pregunté a dónde le gustaría ir y me dijo que quería volver pero no supo decirme a dónde. La superintendente dice que era el marido de una antigua inquilina del edificio que se fue hace un par de años a vivir con sus hijas en Toronto. Murió en su cama, de viejo. Llegó muy joven a Canadá proveniente de Escocia. En London trabajaba como contador y mecanógrafo. Todo lo que sabía lo aprendió en cursos por correspondencia. Tenía un problema en el brazo que le impedía manejar. Adoraba los trenes, igual que yo. Vivió en nuestro apartamento treinta y seis años. Se llamaba Larry. Últimamente duerme en la sala, con los gatos, y hace té para todos cada mañana sin falta. Luego se baña largo en la ducha y canta. Todavía no sé adónde va por las mañanas.

Los sospechosos habituales

(Least Wanted está lleno de joyas como esta)