En el cuarto piso del edificio donde se encuentra mi oficina, cuando se abre el ascensor, se ve una puerta cerrada con una placa que dice The McQuaig Institute. Llevo seis meses intrigado, imaginando qué harán ahí, sin atreverme a revisar lo que Google pueda decirme; postergando la decepción. Finalmente a principios de esta semana, en medio de un sueño, resolví buscar qué encontraba y terminé en una página web que permitía recorrer de pies a cabeza un cadáver humano abierto con la cara pixelada, en lo que parecería una autopsia bastante minuciosa en alta definición. Flotando sobre la imagen aparecían etiquetas que identificaban órganos acompañados de una descripción de su propósito y un precio. La crudeza era desconcertante. Ni en mis teorías más enloquecidas se me había pasado por la cabeza que pudiera ser un sitio de tráfico de órganos (mis sospechas más recientes apuntaban hacia una escuela de espionaje o detectivismo, cosas así). Y bueno, lo cierto es que cuando me desperté la memoria del sueño como sueño se había esfumado pero el recuerdo del sitio del instituto, aunque confuso, persistía allá al fondo en el pre-consciente, como parte de uno de esos recorridos cibernéticos sonambulescos de cierre de un día pesado en los que pierdo totalmente el rumbo, el buen gusto y la perspectiva. Así es como por ahí el miércoles, cuando de camino al trabajo se abrió el ascensor en el cuarto piso, pensé en lo perturbado que me había dejado la visita al sitio y en el descaro absoluto que tenían de promocionarse sin filtro ni dark web que los protegiera, así que me senté en mi escritorio con el propósito de revisitarlo, estudiar sus servicios con más cuidado, y entender cómo carajos se blindaban legalmente. Ahí fue cuando descubrí que en realidad era una empresa gris de recursos humanos con pésimos comentarios en Glassdoor.

«Pues no muy lejos del sueño», anota Mónica aquí a mi lado.