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Dungeon Quest

Dungeon Quest - Joe Daly
…and at the end of the day, isn’t the force behind the creation of this universe responsible for all the shit that goes down… all the actions and re-actions? Isn’t that thing we awkwardly describe as “God” really to blame for all this?” — Joe Daly, Dungeon Quest

Nadie entiende mi ansia de aventura ni mi disposición para el peligro, la poesía y el erotismo. Soy un héroe. Mejor aún: soy el arquetipo del héroe. Mi misión: la aventura. Mi pasión: la aventura. Mi motivación: la experiencia y la gloria, cuidadosamente cuantificadas e itemizadas para distribución adecuada en cada uno de mis siete atributos excepcionales. No tengo miedo: el azar me prefiere. No siento dolor. Mi aseo es impecable. Me alimento del terror de mis enemigos. Vivo por la batalla y la destrucción absoluta de aquellos que obstaculizan mi destino. Mi cerebro sobrehumano es un arma mortal. No necesito dormir. Con ayuda de plantas sagradas accedo en meditación al plano astral y trasciendo los estadios primarios del ser, viajo al averno y recobro, tras diezmar a un ejército de arpías, el báculo del Poligrifo. No siento odio. Soy compasión. Mi naturaleza me hace inmune a la maldad. Encuentro calma en la práctica del arte hermética consignada en grimorios y tratados arcanos protegidos por creaturas abominables. Los siete artefactos ígneos marcan mi viaje por tierras lejanas hacia la conjuración de la armadura florida del gólem. No soy ambicioso, sólo quiero el oro y la verdad, los cuales comparto con generosidad y sabiduría. Quienes aceptan mi superioridad reciben mi misericordia, que es infinita. Quienes me cuestionan sufren muertes dolorosas bajo el filo de mis uñas. Bebo su sangre. Sacrifico a sus hijos y violo a sus mujeres con mi miembro descomunal. Profano las tumbas de sus antepasados. Los hago pagar su atrevimiento. Quiero que entiendan que el respeto es el único camino posible en este mundo lleno de sufrimiento y mierda. Mi brutalidad es legendaria. Conozco mi propósito: es el poder que yace en la virtud. He leído el libro. Sé lo que me espera. Soy paciente y humilde. Me avergüenzan los himnos fastuosos que celebran mis victorias. No son mías, les digo, sirvo a la voluntad infalible de La Divinidad. Acepto sus designios como si fueran propios. Permito que actúe a través de mi cuerpo privilegiado y agradecido por sus dones. No soy alguien extraordinario, sólo he sido iluminado.

Drive

Supe de una mujer quería demandar al director de Drive por publicidad engañosa. Según la mujer, el tráiler de Drive ofrecía una película de acción y no cumplía. La señora tenía razón: Drive no es una película de acción. Las películas de acción no tienen tiempo para el silencio. Drive está plagada de ellos. El silencio en cine es incómodo. Afuera también, pero en el cine más. Es demasiado abierto a interpretación para ser tolerable dentro de los parámetros estrechos de lo que popularmente se identifica como comercial. Rompe la intensidad que la trama requiere para sostener la atención cautiva. Es como páginas blancas al azar en un libro. Hace poco hojeé una novela así. No entendí para que servían esas páginas. Los silencios de Drive los entiendo mejor. Hay quienes hablan más de la cuenta, sin pensar en las consecuencias. Dicen cosas que no deberían decir y luego son incapaces de asumir la responsabilidad de lo que hacen las palabras. Si se dice menos, se arriesga menos. La premisa es evadir el riesgo, minimizarlo o controlarlo. Aquel que está bajo control no necesita decir nada más que lo esencial. Su voluntad resuelta lo precede. Cuando así lo requiere, simplemente actúa.

Bloody Gosling
El género es retrominimalismo sangriento con samurai.

Lunes (Masacre)

Doce (12) hombres armados provenientes del norte llegan al pueblo a pie por la carretera principal. Son las siete y media de la noche, apenas se termina el noticiero. A la entrada de pueblo se cruza en su camino Rogelio P. (34, dos hijos, campesino. Dos impactos en la cabeza). Más adelante, a dos cuadras de la plaza, encuentran en una esquina a Juana S. y Laura A. (17 y 18 resp., estudiantes. Decapitada y estrangulada resp.). En la plaza central del pueblo, junto a la estatua de Bolivar conversan Mario J. (56, cinco hijos, tres nietos, comerciante. Tiro a quemarropa en la frente), Tatiana M. (27, maestra. Violada y descuartizada), Fabricio R. (31, tres hijos, mecánico. Colgado y sodomizado), Juan Antonio S. (39, dos hijos, sacerdote. Castrado y luego ejecutado a machete) y Polo Q. (45, un hijo, empleado del banco. Fusilado). En la tienda y miscelánea en la esquina noroccidental de la plaza, por su parte, departen Tulio I. (21, campesino y psíquico. Apuñalado), Fabio A. (24, auxiliar de enfermería. Mutilado y abalaeado), Marco Aurelio R. (12, estudiante. Quince impactos en el tórax), Yuri T. (19, dependiente y vendedor de helados. Destripado), Carolina T. (22, mesera. Violada y estrangulada) e Inés D. (45, dos hijos, comerciante. Apaleada). Nadie opone resistencia. Cada cual recibe su muerte sin lamentos ni ruegos innecesarios. Los gritos son acallados con golpes, balas y machetazos. El silencio resignado del pueblo todavía vivo presencia el espectáculo desde las casas a oscuras donde todos tiemblan. Nadie duerme. Las sombras de los doce (12) hombres recorren el pueblo toda la noche, dejan notas debajo de las puertas (que hablan sobre el ejemplo, la rectitud, la moral, los principios y el futuro de la región) y disparan contra las ventanas. A las seis se van.


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Viernes (Catalunya)

Dicen que la violencia desproporcionada es monopolio de los psicópatas. Que sólo alguien con una configuración mental defectuosa es capaz de someter a un hombre a golpes sin justificación personal concreta ni compasión por su dolor. En mi experiencia todo hombre tiene el potencial para ejercer la brutalidad. Una suma de circunstancias y condicionamiento no demasiado sofisticados son suficientes para convertir a cualquiera en un torturador despiadado desprovisto de remordimiento. Tres meses bastan. No hacen falta mayores incentivos materiales. El ejercicio del poder, que es la opresión, es con frecuencia equivalente al ejercicio de cultivar, acumular y organizar hombres que, amparados en la solidez de un espiritu gregario perverso que diluya el peso de las responsabilidades individuales y unas circunstancias propicias de impunidad local, ganen la disposición necesaria para deshumanizar, humillar, apalear y, de ser requerido, matar a otros hombres que, en la mayoría de los casos, jamás fueron una amenaza para nadie. Los psicópatas, por lo general, no son los hombres que blanden el bate o la pistola dentro del enjambre sino aquellos que, en frío, de manera calculada, dan la orden de utilizarlos a discreción.

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Martes (Medium-rare)

Vamos a Relish, que es una hamburguesería gourmet (?) cerca de la casa. Afuera llueve pero no importa. Mónica pide un perro caliente gigante (con coca-cola), yo pido una hamburguesa no demasiado complicada (con nestea) y le digo al señor que si por favor me puede hacer la hamburguesa a término medio. Este es de por sí un sacrificio para mí, pues mi término de cocción ideal es esa aberración suculenta que sólo se puede pedir en Francia y que los franceses llaman bleu (azul). En términos prácticos, bleu quiere decir cruda para casi cualquier ser humano diferente de mi persona y unos dos o tres franceses de cada cien (Funfact: luego de bleu en la escala de cocción francesa sigue saignant (lease señó), que quiere decir sangriento y que es el término más popular (este detalle permite hacerse a una idea clara de lo seriamente crudo que es el término azul). El señor, un muchacho joven de barba densa de diseño que se me parece a Andrés Burgos (persona a quien, por cierto, jamás he visto), me dice que no están autorizados a preparar carne a término medio: cierta regulación de la secretaría de salud de Ontario lo impide. Creo que había oído este rumor antes pero nunca pensé que fuera cierto. Siempre pensé que era una de esas tonterías que se inventaban los europeos pedantes para burlarse del provincialismo de los norteamericanos. Como sea, escandalizado por la respuesta que considero inaceptable saco un billete de veinticinco dólares de mi billetera, lo doblo y se lo ofrezco a Andrés Burgos. Le digo: La secretaría no tiene por qué saberlo. Me dice: Espero que usted no esté intentando sobornarme, sir. Le digo: ¡Por Dios! Nunca quise sugerir eso. Me dice: ¿Por quién me toma? Le digo: Tómelo como una propina adelantada por sus servicios. Me dice: Me ofende, señor. Le digo: No me malinterprete. Me dice: Por favor no insista. Le digo: Es apenas una compensación por sus molestias. Me dice: Creo que tendré que pedirle que deje el local. Le digo: ¿Disculpe? Me dice: No quiero llamar a la policía. Le digo: ¿¡DISCULPE!? Me dice: Cálmese. Le digo: Cálmeme esta. Me dice: Por favor no me haga daño. Le digo: Señor. Me dice: ¿Perdón? Le digo: “Por favor no me haga daño, señor.” Me dice: Por… por favor… Le digo: …tengo familia e hijos, claro. Me dice: S-sí. Le digo: Tuve un día pesado. Estoy cansado. Quiero una hamburguesa al término correcto. ¿Es tan difícil? ¿Es imposible? ¿Tanto cuesta hacerme feliz? Me dice: Nada es imposible. Le digo: Pero antes lo era. Ahora es demasiado tarde. Hoy me levanté a las cuatro. ¿Le dije que estoy cansado? Me dice: Me… me lo dijo, s-sí. Le digo: Yo sólo quería una hamburguesa, eso es lo único que quería. Tenía hambre, quería una hamburguesa. Es tarde, son casi las siete. ¿Sabe lo duro que es esto para mí? Me dice: No cometa una locura. No hay razón para llegar a esto. Le digo: ¿Conoce la mecánica de estos aparatos? Me dice: No… No, s-señor. Le digo: Son un verdadero milagro, ¿sabe? Cuénteme, ¿cuántos años tiene? Me dice: Veintiseis. Le digo: Say something that would make me fall in love with you again. Me dice: Pardon me? Le digo: Say it. Me dice: No sé qué decir. Le digo: Missed your chance. Mónica me dice, de camino a la casa, que debo reducir mi dosis de películas de violentas de las tardes. Las sirenas se acercan. Tengo hambre. Necesito bañarme.

Domingo (Tres Ataúdes Blancos)

Hablemos sobre el poder. Sobre lo que el poder hace y lo que el poder puede pero sobre todo acerca quienes ostentan el poder y cómo lo sostienen. Se me viene a la cabeza esa canción de Flaming Lips, una de mis favoritas en concierto, donde Wayne Coyne pregunta insistentemente qué haría *USTED* si tuviera el poder: ¿cómo lo usaría? ¿pensaría en los demás? ¿podría controlarlo? ¿qué haría de poder hacer todo lo que quisiera hacer? En Tres Ataúdes Blancos, de Antonio Ungar (ignoren su portada horrible), el poder (su búsqueda, su control, su ejercicio) engendra violencia, aunque podría ser al contrario porque el poder en Tres Ataúdes Blancos (como en la vida real) lo tienen aquellos que están apropiadamente armados. Es un bucle, obvio. Se arman para adquirir el poder y se arman para sostenerlo y por ende otros más se arman para arrebatarlo y puntos suspensivos. El horror. Es un horror que conocemos bien. Lo conocemos tan bien que, en su perversión cotidiana, ya no nos afecta como debería. Ya no es horror pero seguimos llamándolo así por costumbre, sin convencimiento. Todo parece tolerable o comprensible o, por lo menos, de esperarse, porque existe todo un aparato de medios e información dispuesto para orientar al espectador/ciudadano en el ejercicio de su sacro derecho/deber a comprender de la manera correcta (o conveniente) la violencia que lo rodea y, supuestamente, lo protege. Una particularidad de este aparato mediático es que está diseñado para digerir y replantear cualquier tipo de información de tal manera que sirva (se adapte) a los intereses de quienes lo controlan. Todo esto, es natural, bajo una máscara de objetividad puesta a las patadas.

<DigresiónProbablementeInnecesaria> En los primeros cursos de lógica matemática aparece la noción de valuación. Es una concepto contraintuitivo. La verdad no es una noción absoluta sino una función que asigna valores de verdad a las proposiciones atómicas (o a universos, en otros contextos) y luego, mediante álgebras, se calcula el valor de verdad de las proposiciones compuestas. Las proposiciones tautológicas son aquellas rarezas (engrandecidas por los griegos) que son verdaderas no importa la valuación. Las otras (la aplastante mayoría) pueden ser verdaderas o falsas dependiendo del valor de verdad asignado a los componentes básicos/primitivos. El propósito principal de estos aparatos mediáticos a los que me refiero arriba consiste (y aquí permítanme ser laxo en mi (ab)uso de los términos) en controlar el valor de verdad de las proposiciones atómicas (de la interpretación de los eventos) para así controlar lo que es considerado verdad. </DigresiónProbablementeInnecesaria>

Y, bueno, entonces la pregunta es qué hace el ciudadano/espectador ante eso. ¿Cómo interpreta el ciudadano/espectador su realidad si casi todos sus recursos de adquisición de información están siempre al servicio de alguien(es) que quiere(n) dominarlo? ¿Qué es la verdad para ese ciudadano/espectador que interpreta todo a través de filtros que preinterpretan lo que presencia? ¿Cómo reacciona cuando desvela o (peor) es forzado a ser partícipe del engaño? Por otro lado: ¿Qué tan común es que pase esto? Y finalmente: ¿Cuántos están dispuestos a reaccionar al abuso, a oponer resistencia, y cuántos se sumen en la resignación/impotencia?

Miércoles (Razones para destruir una ciudad)

Leí anoche Razones para destruir una ciudad, de Humberto Ballesteros. Esta novela ganó el premio Ciudad de Bogotá hace algunos años pero todavía no ha sido publicada. Le pedí a Humberto, con quien me relaciono por twitter (y que hace un tiempo publicó un cuento en HermanoCerdo), que me permitiera leerla. Razones para destruir una ciudad es la historia de la no-vida de una mujer. Durante cuarenta y tantos años esta mujer, Natalia, evade la vida sistemáticamente (con cierta razón, porque lleva una vida aburridísima) al tiempo que, en el ático de su casa, inventa, escribe y construye una ciudad imaginaria, invisible. Y supongo que lo que pasa es que, pese a su esfuerzo, la vida no-vida de esta mujer no es totalmente impermeable a la vida real de la que intenta protegerse, así que a medida que el mugre de esa vida exterior se cuela contra su voluntad en la burbuja de no-vida, de vida falsa, la ciudad imaginaria deja de ser un refugio para convertirse en una jaula donde están atrapadas no sólo ella sino las mezquindades y egoísmos que no la dejaban ver el remedo de persona en el que se había convertido. Que luego desesperada, considerando su situación, decida destruir su ciudad invisible es más que natural. Pero no me queda claro que eso resuelva nada.

Martes

Violencia. Dos lobas patean a una mujer en en suelo del McDonalds, a la salida de los baños. Mientras una de las dos la patea y la pisa, la otra la agarra del pelo con las dos manos, del brazo izquierdo cuelga la cartera, y la arrastra tres o cuatro metros hacia la cámara. Alguien, un señor de camisa azul, intercede. Las separa. Una de las dos, la pequeña, insiste: le da una palmada fuerte, y con anillos, en la cara. La violencia real es sucia, no admite sutilezas. Le hace falta la coreografía, la sincronización, que la hace, en circunstancias controladas, apta para todo público con supervisión de adultos. Pero la realidad no otorga ese tipo de concesiones ni se conmueve. Por eso cuando el héroe incidental de azul aleja a la de la palmada, la otra vuelve en carga en la dirección de la toma y patea la cabeza de la mujer una vez más. La violencia real también es más difícil de contextualizar. Las motivaciones están fuera de nuestro alcance. No hay un preludio que nos prepare para lo que vemos. La escena se inicia a la salida del baño, entre los aullidos de las lobas y los gritos de la mujer en el suelo. No se entiende nada. Las dos lobas se alejan y gritan desde afuera de la toma, que es vertical (formato que refuerza la sensación de que lo que pasa está pasando de verdad), mientras la mujer se levanta y se recuesta contra la pared. Ahí está sentada en el suelo contra la pared, al lado de la puerta del baño de hombres, con una mano en la cabeza. La cámara improvisada es hábil: mantiene la atención (la tensión) en la víctima pero sugiere la presencia de las lobas rabiosas con tomas fugaces hacia los lados. El peligro persiste, nos sugiere, y efectivamente, cuando el héroe incidental cruza la toma de camino a su mesa, loba número dos aparece y lanza una patada frontal con tacón alto a la sien de la mujer sentada, que cae de nuevo. El de azul se devuelve con algo en la mano y la loba, atemorizada, se aleja. Todo parece terminar ahí. Hay un altercado a gritos pero no hay más golpes. Las mujeres se van del local pero no por mucho tiempo. Regresan, quieren más: la pequeña se lanza contra la mujer, que está de pie pero todavía en recuperación. Esta pelea es más equilibrada. La mujer alcanza a reventar a la pequeña contra la puerta, pero entonces llega la más grande y la golpea por la espalda, luego la agarra del pelo y la lanza contra el suelo. La mujer intenta escapar a gatas pero una patada en la espalda la tumba. Ahora la pequeña la arrastra del pelo por el local. Cruza el local entero con esta mujer del pelo y la otra pateándola. Una mujer vieja intenta intervenir. Les dice que la suelten. Hay más golpes. Más arrastre y gritos. La vieja logra separarlas. Los empleados de McDonalds, detrás de cámaras, comentan el incidente entre risas. La mujer yace inmóvil junto al contenedor de basura a la salida del restaurante. Ahí la dejan. La cámara se acerca. La mujer convulsiona en el suelo y golpea repetidamente la cabeza contra la pared. Los brazos y piernas, inertes, se mueven a saltos, sin control. Gritos. Confusión. Sangre. La cámara nunca se detiene. Corte a comerciales.

The meaning is in the swinging

As I swung gently by my heels in the thick fat fucking breeze of sheer humidity, I had a clear view of the court and could see and hear all that went out there. So this is humankind. Swinging. Backwards and forwards. Swinging through history. These are my people. I am their people too. Crucified upside down by my heels. My Golgotha a chickenyard. Father! Father! Why the fucking shit did you conceive me? You have no meaning. I have no meaning. The meaning is in the swinging. And that is ridiculous. Absurd. Ha! That fucking bitch, my mother, why did you open up to receive him? After that annunciation, that lecherous gleam of his single glittering eye. Did you writhe and shake our history’s shirt front? As now I grind my teething people in a cocoon. Swinging. Swinging in a cocoon of chickenshit. Europe was my head, crammed together with Africa, Asia and America. Squashed and jammed together in my dustbin head. There is no rubbish dump big enough to relieve me of my load. Swinging upside down, threatening to burst the thin roof of my brains. Those years of my travels. Years of innocence and experience. Motherfucking months of twiddling my thumbs with insecurity. In search of my true people. Yes, in search of my true people. But whenever I went I did not find people but caricatures of people who insisted on being taken seriously as people. Perhaps I was on the wrong planet.

In the wrong skin.

Sometimes.

And sometimes all the time. You know. In the wrong skin.

This black skin.

—Dambudzo Marechera, Black Sunlight

Bruja

Desde hace años que mi mamá consulta a una bruja en el barrio cada mes. La bruja lee cosas y da buenos consejos. Dice que no puede prometer futuros pero tiene una ventana directa al alma de la gente, ese es su verdadero poder. “La gente no oye lo que le dice el alma”, me explica. “Para eso estoy yo. Yo sé oír”. Cobra poco. Vive de los regalos de la gente y una pequeña tienda. No es una mujer muy vieja pero tuvo una vida difícil. Luce acabada y sonríe poco. Aunque es de Pereira por mucho tiempo vivió en Medellín, era ama de casa, pero un día llegó del mercado y su marido y su hijo de cuatro años estaban muertos en la sala. Los habían matado a quemarropa. Habían escrito cosas en las paredes. Llamaban a su marido TRAIDOR y MENTIROSO. Luego vino la policía y le preguntó si su marido, quien trabajaba en una panificadora, estaba involucrado en negocios ilegales, con la mafia, con las milicias. La policía quería saber muchas cosas pero ella no tenía cabeza para responder. Ella miraba a su niño debajo de la sábana en la sala y pensaba ahora qué voy a hacer, ahora qué voy a hacer. Ese mismo día salió de esa casa y nunca regresó. Pensó que regresaría más tarde, pero allá abajo decidió que no. No le pidió ayuda a nadie. No llamó a nadie. Salió de la casa y se puso a caminar por el centro de Medellín, a mirar la gente, a preguntarse cuántos de esos malparidos sabrían lo que ella estaba sintiendo y por qué no se notaba. Por qué todos se veían tan felices, tan bien puestos, en esas vidas tranquilas que llevaban. La mujer que luego se volvió bruja no entendía por qué tenía que tragarse el dolor sola, tampoco entendía por qué su hijo no salía en las noticias con ese hueco en la frente que le desfiguró la cara para que vieran, para que sintieran lo que pasa allá arriba, en lo alto, donde se deciden las cosas importantes de esta ciudad.

Bomba

El terrorismo es un ejercicio mediático. Los muertos son daño colateral que sirve al propósito de transmitir con efectividad el mensaje. El rango de alcance de una bomba no debería ser medido por su radio de acción física sino por su impacto social. Por eso es que en Colombia no ponen bombas en barrios periféricos de ciudades intermedias sino en plena carrera séptima de Bogotá, donde pasa, si uno lo piensa, casi todo lo que importa. Durante algún tiempo hace algunos años pensé en una historia que se iniciara más o menos como hoy: un ataque terrorista en el centro de una ciudad que fuera el inicio de una serie de incidentes cada vez más difíciles de explicar/interpretar y desprovistos de mensaje explícito. Pensé en cómo reaccionaría una sociedad ante ataques desalmados sin discurso subyacente. Pensé y pensé hasta que me di cuenta que, de cierta manera, eso es justo lo que presenciamos en Colombia desde hace años. Y no es que un mensaje adjunto a cada asesinato o explosión mejorara las cosas, pero la falta de mensaje y la dinámica que genera dice mucho sobre el estado actual de las cosas, sobre nuestra indolencia, nuestra arraigada costumbre al horror. Por ejemplo: cada analista profesional o improvisado del incidente está dispuesto a usar la bomba para su beneficio, para que la bomba sirva a reafirmar su posición política. Todos rechazan enfáticamente la violencia y luego, sin dejar si quiera un punto y coma de por medio, ponen la violencia al servicio de su causa o su discurso; promueven dudas; difunden teorías vagas que se alimentan de sí mismas. Y la cosa es a tal nivel que cuando alguien se entera de lo que pasó y llora, cuando hace lo que todos deberíamos hacer si tuviéramos más corazón que estómagos para rumiar conspiraciones, entonces esa reacción nos altera, no la entendemos, no sabemos cómo explicarle a esta persona que esa bomba es normal y la falta de muertos es normal pero si hubiera muertos también sería normal porque ya ha pasado y mire cómo todo continúa y nada se rompe para siempre y, ajá, “la vida sigue” (sic). Nuestra estructura mental de la situación, la que nos permite llevar estos asuntos como si fueran otra tormenta más, es imposible de articular en palabras sin que uno entre de repente en un bucle de rabia, confusión y tristeza del que es imposible salir sin enfermarse al menos un poco. Pero nadie se enferma, y eso es preocupante: quiere decir que ya nadie llora cuando ponen bombas.

Muerto

Voy a matar a un hombre. No es algo que me enorgullezca pero es algo que debo hacer. Usualmente le dejaría el asunto a los pelaos, que saben cómo van las cosas, que saben hacerlas bien, sin que se note, sin que llueva mierda, pero yo quiero que este muerto sea mío. Este es el muerto que he estado esperando, el que me debía la vida.

Cito al muerto en un restaurante. Lo llamo y le digo hermano, necesito verlo, tenemos que hablar, y yo creo que el muerto ya para ese momento sabe que está muerto porque primero se niega y me dice que si no se puede otro día, que preciso hoy es un día complicado para él, pero yo le digo que no, que yo no puedo esperar y el tipo es respetuoso y sabe lo que le conviene entonces accede con la esperanza, supongo, de que la obediencia le perdone la vida, pero no lo hará.

Me gusta tratar a mis muertos bien. Yo soy por encima de todo un caballero. El muerto no tiene familia pero tiene una mujercita que lo quiere, una costeña jovencita que vive en Chapinero. Antes de pegarle el tiro le digo que le escriba una carta y se despida. Es un detalle pequeño pero seguro que ella lo apreciará. Usted no tiene que quedar como un hijueputa que se fue sin despedirse, le digo. Diga que la quiere pero las circunstancias lo obligan a partir. Diga, escriba, que espera que el destino los vuelva a unir. ¿Usted cree en el destino, hermano?, le digo. ¿Usted cree que esto tenía que pasar? Yo sí.

El muerto come poco. Está nervioso. Casi no habla. Me deja hablar. Esto no me molesta porque yo me precio de ser un gran conversador. Le pregunto por sus negocios, me dice que todo está en orden. Le pregunto si sabe para qué lo cité. Le digo que voy a matarlo. Le explico con cuidado lo que vamos a hacer. Le garantizo que si hace lo que le digo no le dolerá y que debe estar agradecido conmigo de que no le haya mandado a los pelaos porque ellos no se pondrían con cortesías y comiditas, ellos lo agarran a en la puerta de la casa y le meten quince pepazos por la espalda y lo dejan tirado ahí en la acera ahogado en su propia sangre. Y eso duele, le digo. Usted no quiere eso.

El muerto llora y se orina en la silla donde lo senté. Le digo que se limpie esos mocos y sea hombre. Le digo que tiene que resignarse, que su destino era morir así. Me dice que él no ha hecho nada. Le digo que no se haga el marica. Me jura que él no ha hecho nada, que no entiende por qué lo voy a matar, que le explique. Me pregunta si quiero tener algo así en mi conciencia. Algo cómo, le pregunto. La muerte de un hombre inocente, me dice. ¿Cómo sabe que es inocente, le pregunto, si ni siquiera sabe lo que ha hecho?