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Derrumbe

Ahora que empieza el fin del mundo lo importante es preparar buena comida, comprar un par de botellas de vino caro y encontrar un lugar cómodo dónde sentarse a ver las luces en el cielo que precederán el derrumbe de sangre y fuego.

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Una paloma aprovecha la estructura rígida del sistema de puyas antipalomas de una tienda en Riverside para armar un nido reforzado. Un pájaro pequeño cosecha feliz las plumas de una paloma aplastada en la calle para el suyo. Nada se pierde.

bufandas

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En el tranvía de camino al trabajo había muchas personas con ukuleles. Algunos los afinaban y otros practicaban acordes. Nadie parecía sorprendido. Afuera llovía a medias, sin ganas. En el trabajo encontramos problemas insalvables en la nueva forma de organizar los datos que estamos montando. Ya tenemos un par de alternativas que exploraremos mañana. En el consultorio nada serio más allá del cuidado de la dieta y un cierto compromiso con el ejercicio físico que ahora mismo resuelvo con los viajes al trabajo en cicla y en invierno tendré que resolver de alguna otra forma. En el barrio cierran los pequeños supermercados chinos que pueblan la calle de la reina. Hace un par de semanas cerró el de nuestra esquina. Hoy vi el anuncio de cierre del de la esquina del colegio de Laia, uno particularmente colorido con bufandas colgando de las ventanas. Todo al cincuenta por ciento de descuento exceptuando tiquetes de lotería y cigarrillos.

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En una vitrina de una tienda de muebles de lujo sobre la calle del Rey estaba sentada una pareja de potenciales compradores de una sala particularmente fastuosa a dorado, negro y blanco con chimenea en alta definición incluida y uso copioso de pieles de vaca. Me pareció verlos llorar.

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El viejo vecino chino abre la puerta de la casa para fumar a medio vestir, una media sí y la otra no. Se toma su tiempo. Fuma a caladas largas con movimientos lentos, recostado contra el marco, pero una vez se termina el pucho lanza la colilla con fuerza hacia la calle y cierra de un portazo rabioso. Me gustaría poder mostrarles la cara que hace justo antes de cerrar. Es la cara de un hombre que ya no vive en un mundo que le pertenezca, resignado a cederle el espacio no solo físico sino sobre todo moral a la generación que incluye a esos malagradecidos que cometió el error de engendrar; los mismos que le prohiben fumar en una casa cuya hipoteca probablemente todavía paga. La norma literaria prevalente sugiere reemplazar mi descripción (vaga) del sentimiento por una (precisa) de las facciones congeladas en el gesto más o menos dos segundos, pero para eso se requiere una atención a peculiaridades faciales y corporales que nunca me he tomado el trabajo de cultivar.

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Ayer cerca de la casa había parqueado un carro con la puerta y el capó rayados con sendos I HIT MY KID y flechas apuntando hacia el interior. Hoy por la mañana ya no estaba.

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Hoy a las nueve y media de la mañana en la esquina de Universidad y Rey, bajo la lluvia tenue, había un señor ejecutivo cuarentón boxeando contra el aire al tiempo que trotaba en su puesto, aprovechando la pausa obligatoria mientras el semáforo peatonal cambiaba de color. Sus vecinos de urgencia lo ignoraban: estaba solo contra sus fantasmas.

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A la salida del YMCA oí a una joven muy joven decirle a otra todavía más joven en tono serio “Me di cuenta de que estar con él y deprimida no era el tipo de relación que quería tener”. Ambas estaban abominablemente maquilladas.

En la piscina vi a un papá que tenía en la espalda tatuado el logo de Nike. No me alcanzo a imaginar el proceso mental que conduce a tomar la decisión de imprimirse para siempre el logotipo de una empresa de productos deportivos en la piel.

En el bus había un señor muy grande en una silla de ruedas eléctrica que leía un libro titulado “The ABC of Murder“.

A la entrada del YMCA estaba una foto de un muchacho, un miembro de la comunidad, supongo, que había muerto recientemente. Nació en 1986. Un hijo de dos personas que se acaban de quedar muy solas.

Mientras trabajo, caliento los pies poniéndolos directamente contra el radiador empotrado en la pared.

Laia duerme largo. Tuvo una sesión intensa de ejercicio en la piscina esta mañana.

Extraer información a través del API de Twitter requiere muchísima paciencia.

Lectoras

Hoy, en las mesas afuera de la cafetería, vi a una mujer leerle en voz alta un libro infantil con dibujos a su mamá. Debían llevarse unos treinta años pero eran todavía muy parecidas físicamente: ambas con el pelo largo y la cara larga; ambas vestidas con faldas de flores y camisas sueltas. Tal vez la mujer joven elegía la ropa de ambas. La mamá estaba sentada muy erguida con las manos sobre las piernas y seguía la historia atenta a los dibujos que la hija señalaba mientras leía. En las páginas que alcancé a ver los protagonistas (¿tal vez eran ladrones?) escapaban en un carro muy viejo por una carretera escarpada, pasaban junto a un granero rojo y en cierto punto daban un giro, rompían una cerca y continuaban la huida por un pastizal. El rastro de las llantas del carro quedaba marcado en el pasto seco. Pensé en Alejandro y las mujeres lectoras que le gusta coleccionar.

Cuarto ciclo lunar

Ahora se duerme sola. Ese es su mayor avance. Se duerme fácil, sin bailes eternos por toda la casa. Sería casi revolucionario de no ser porque tuvo una regresión (sospechamos que es producto de la gripa) y la regularidad a la hora de comer fue la mayor damnificada. Esto obviamente me angustia porque mi religión se basa en garantizar que coma cada X horas (con X inamovible), y en el estado de conmoción actual eso es casi imposible de garantizar (para cualquier X razonable). Sergio dice que me falta carácter.

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El viaje a Nueva Orleans fue agradable. Laia disfruta el contacto y la interacción con otras personas y allá había gente y distracciones por todos lados (cosa que es más difícil ofrecerle acá en la casa). Eso contribuyó a que durmiera mejor y estuviera en general de muy buen ánimo. Durante una caminata larga por Magazine Street la acomodé en el cargador de tal manera que mirara hacia adelante. Una vez superó el vértigo del espacio infinito frente a ella parecía maravillada con la vista. También, luego, vimos nubes desde arriba.

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La gripa ha resultado suave. Queremos creer que los anticuerpos frescos en la leche de Mónica hacen la diferencia. Tenemos una solución salina para que baje los mocos y cada vez que podemos entra al baño durante las duchas a respirar vapor. De paso, empezamos a ducharla con nosotros. Le encanta el chorro de agua en la espalda y se ríe cuando le cae en la cabeza y el agua le corre por la cara. Hoy, aprovechando que la tina está recién lavada, estuvo hundida en agua hasta el cuello jugando con unos animales de caucho (publicidad de laboratorios clínicos) que le trajo mi mamá.

Laia (un poco bizca) y las peligrosas beignets de Café du Monde.

Pájaros

Ciclos anidados (12): Tren