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Mañana se acaba la visita de mi mamá y volvemos a la rutina familiar. Esta vez Laia sí va a notar la ausencia. Hoy estaban jugando y de la nada dijo “Abuelita, no se vaya”. Mi mamá le explicó que tiene que darle remedio a unos niños allá donde ella vive. A mí también me gustaría que se pudiera quedar más tiempo. Ni modos. Alguna vez tendremos que ir a visitarla al pueblo.

Adios a los números

Escribo desde las pausas entre las vidas que me corresponden. En realidad es solo una vida pero fluctúa y se transforma. Laia mordía hace poco un muñeco pollo que reclamamos en una promoción de Kokoriko hace quince años. Cuando reclamamos ese pollo a cambio de una hamburguesa (probablemente la mejor promoción de comida rápida jamás ofrecida por un negocio colombiano) no pensamos que algún día una hija hecha de los dos jugaría con él. Pero aquí está: ya tiene dos años, hace algo parecido a hablar, es caprichosa y malgeniada ocasionalmente pero también genuinamente cariñosa. Le gusta ser independiente y libre. Todavía le da duro la llegada a la guardería.

Estoy a punto de terminar mi curso de seis semanas en la universidad. Como siempre, el trabajo con estudiantes es edificante. Lástima que sea tan efímero. En todo caso yo me esfuerzo y preparo las clases e intento ofrecerles algo más que una reiteración de contenidos más o menos insustanciales. Desde mi posición como instructor temporal muy ocasional no hay mucho más que pueda hacer. Los profesores oficiales de la universidad (quienes sí podrían tener una influencia positiva y sostenida en los muchachos y que son responsables del futuro que esos programas les ofrecen) tienden a evadir esos cursos básicos y los desprecian como ejercicios menores, casi castigos, que deben soportar con renuencia a cambio del tiempo y fondos que reciben para hacer esencialmente lo que les plazca bajo la promesa de que sus ombliguismos intelectuales son determinantes para el desarrollo de la sociedad. En los intermedios entre clases trabajo en varios proyectos, más que todo relacionados con exploración y organización de conjuntos de datos. Parece que habrá más trabajo en esa línea durante este otoño. Conseguir cursos para dictar es muy difícil. Tengo una prioridad bajísima debido a que no tengo vínculos profesionales con la universidad. Soy la opción cuando no tienen más opción. Igual seguiré presentándome cada año porque disfruto hacerlo aunque a veces me agobie. Mi molestia con todo lo “académico” (sus pretensiones y sus engaños) es cada vez más intensa.

Mi hermana y mis tías estuvieron de visita hace un mes. Mi hermana estuvo por tres semanas dedicada a Laia. Se hicieron amigas. Fuimos un fin de semana a Toronto y de resto estuvimos en el pueblo.

Cuando termine el curso quiero dedicarle tiempo a las correcciones del libro que escribimos con Luis. Estamos a poco de tener una versión pulida pero no hemos encontrado el tiempo para poder trabajar. Por otro lado se supone que Despegue (originalmente llamada Para poder llegar), la cortísima novela infantil que escribí en verano de 2011 (durante mi año en Waterloo), sale a la venta en librerías colombianas esta semana. Al final salió en el sello juvenil (Gran angular) de SM (los mismos de El barco de vapor). Les dio miedo venderla como un libro para niños.

Lorelei crece

Martes

Despierto a las 6:30. Vagabundeo más de la cuenta por la mañana. Como algo antes de salir. El tren es rápido, no lo siento. En Aldershot, una estación de tren rodeada de autopistas (casi que la definición de contrasentido), debo esperar cincuenta minutos hasta que llegue el bus que me lleva a la universidad. No hay información en ninguna parte sobre el sistema de pago. En la ventanilla una señora-robot me explica que debo pagar ahí, pero luego de comprar el tiquete de ida y vuelta descubro que no hay manera de que pueda regresar en bus a tiempo. De la estación a la universidad hay diez minutos. En el paradero de la universidad no hay mapas. No encuentro ningún mapa. Camino y camino y no hay mapas. Absurdo. Llevo el iPhone de Mónica conmigo, así que busco un mapa del campus pero no me ayuda, porque sólo tengo las iniciales del edificio que busco: HH. Para mi sorpresa, aunque parece que esa identificación por siglas es común, hay al menos cinco edificios en la universidad con esas iniciales. Me declaro perdido justo al frente de Hamilton Hall. Decido entrar. El recibidor está lleno de tableros. Tiene que ser ahí.

La charla salió muy bien. Les gustó. Creo que la disfrutaron. A mí también me gustó, aunque debo confesar que estoy cansado de hablar de esos resultados. Como sea, creo que presenta el tema de una manera efectiva y redonda. En Lorica, cuando era niño, mis compañeros de colegio utilizaban la palabra “efectivo” como los bogotanos usan la palabra “chévere”. Nunca la pude adoptar sin sentirme idiota. Luego de la charla hablé un rato con Patrick y Deirdre. También hablé con Eduardo, a quien no veía hace unos 12 años y que milagrosamente me reconoció. Yo tardé un rato en ubicarlo: tomamos juntos un curso de teoría de modelos en la universidad con Xavier Caicedo. Eduardo era estudiante de los Andes. Ahora termina un postdoc en Waterloo. Trabaja en grupos geométricos y low dimensional topology. La última vez que vi a Patrick fue durante mi visita en Waterloo, en enero de 2010. Acababa de enterarme de que estábamos embarazados de Mauricio. Patrick no sabía lo que había pasado y me preguntó por el niño. Creo que a la gente le choca que diga que “he died” en lugar de usar el eufemismo común “passed away”. “He died” suena mucho más drástico y duro. “Passed away” me suena a negación. También le hablé a Eduardo de la muerte de Mauricio. Es muy difícil hablar de (pensar en) mi situación actual sin mencionar eso. Está ahí, en el centro.

Así se ve el semáforo en la esquina cuando me quito las gafas:

Sábado

Mientras Mónica trabajaba en el laboratorio yo limpié la casa para recibir a Jana, Clif y la pequeña Lorelei esta noche. Tengo problemas con mi técnica de barrido. Me duele la espalda cuando barro. Creo que me inclino de más. Cuando Mónica volvió almorzamos en el bar aquí al lado. Ella pidió alitas picantes y yo una hamburguesa. No debería comer hamburguesa, siempre me deja el sistema digestivo en estado de emergencia. Hace unos días soñé que estaba orinando en el baño de la estación de Kitchener y no podía parar. Desde que descubrí que el jabón del baño de la estación de Kitchener huele a chicle (ese olor dulce a chicle clásico de unos chicles que, creo, ya no existen) entro al menos una vez al día a orinar y luego, como recompensa, me lavo las manos. En el sueño, la meada era interminable e incontenible y eso me angustiaba porque temía que perdería el tren. Nunca había soñado algo así antes.

Sábado

Despierto a las dos y media. La mamá de Mónica y sus hermanas llegaron a las tres y media. Traían varias maletas y muchos regalos para Mauricio. También algunos antojos que incluyen abasto de achiras para dos años. A las cuatro me fui a dormir. Ellas se quedaron hablando hasta las cinco. Me desperté a las ocho. Lavamos ropa de Mauricio por la mañana. La tropa tardó en despertarse. Hablan y hablan. Hace muchos años que no estaban las cuatro juntas. Fuimos a comer vietnamita, luego al parque y finalmente a un café. Plinio está un poco angustiado con tanta gente. Gonta disfruta montones toda la atención que recibe. Es una diva. Yo soy más como Plinio que como Gonta, así que aquí estamos los dos en el cuarto mientras ellas ven en la sala un DVD de Andrés López que trajeron. Plinio se esconde debajo de mis piernas y duerme intermitentemente con la cabeza recostada en mi pie. Yo leo, trabajo y procrastino. Somos un buen equipo. Quiero mucho a mi gato.