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One of us

Vollmann on Copernicus:

I myself can’t help but wonder how high his aspirations were. I imagine him sincerely hoping to solve all celestial problems, to save the appearances and likewise to explain them. I see him as one of us, a man who lived on Earth and will not come again, a man whose dreams were greater than could be achieved, a lost one, enchanted by something beyond him, a man who gave his best to something, died, and left his accomplishment rusting into obsolescence. He was long ago and we cannot remember more than scraps of him. And this is what it means to be one of us in this sublunary world, a person whose hopes will al sooner or later be superseded.

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El fin de semana leí Showa, A History of Japan – 1926-1939, el primero de una serie de cuatro volúmenes sobre la historia de la era Showa, escritos y dibujados por Mizuki Shigeru. Este volumen presenta el contexto histórico y social que sirvió de antesala a la guerra y la suma de circunstancias sociales y políticas que terminan volcando a Japón en el fascismo. Mizuki se vale de tres arcos paralelos: el primero es casi documental e ilustrado con dibujos realistas, el segundo es autobiográfico, paranormal y caricaturesco, y el tercero, que sirve de puente entre los dos, es la un comentario ácido-crítico a la historia oficial narrada en las secciones documentales por parte de un demonio antropomórfico con cabeza de conejo. El siguiente volumen traducido, ya en camino, cubre los años de la guerra.

Ayer leí The Book of Dolores, una compilación de auto-fotografías de William Vollmann transformado en Dolores, una mujer que encarna como parte de sus investigaciones para escribir la novela How You Are (sobre un hombre que se enamora de su versión femenina, una prostituta mexicana creada durante juegos eróticos con su amante). De cierta forma es una secuela de Kissing The Mask y sus preguntas sobre la naturaleza simulada de los femenino.

Emblemas orgullosos de la ira suprema

En Poor People, su atlas personal de la pobreza, Vollmann menciona a Bogotá varias veces. Hay personas que viven en Bogotá sin saber en qué sociedad viven. La pobreza, que atribuyen a descomposiciones morales y/o defectos de carácter, los asquea. ¿Por qué nuestros pobres no son como los del primer mundo?, se preguntan. En un libro de cuentos infantiles comentados por Ana Botella que llegó a mis manos recientemente, se destaca la mansedumbre de Cenicienta como una de sus virtudes principales. Cenicienta acepta los maltratos de su madrastra y además la respeta. Es un ejemplo de miseria bien llevada, digna. Esa es la actitud que los acomodados bogotanos esperan de sus sirvientes. La insolencia de los mendigos, además de insultante, les resulta incomprensible.

Vollmann describe “la cara de Bogotá”:

green or tan or white high walls overstrung with barbed wire, private security guards who shrink away from every stranger, even from me if I come on them suddenly; truckloads of police in the streets, broken glass atop brick walls, caution and suspicion, masked by the appeasement of panhandlers who refuse who go away, getting angrier and angrier, striding up to my interpreters scowling and threatening; call them proud emblems of the tallest wrath; sometimes they kill drivers and set cars on fire.

Probablemente es exagerado, no sé. Hace casi cinco años que no voy. Cuando hablo con amigos que están allá me dicen, con cierta resignación, que es mejor y peor. Que hay cosas que ya no pasan pero también hay otras que no pasaban y ahora sí. La ciudad muta y su miseria evoluciona o se reubica. Mi impresión de todas maneras es que los rasgos generales de la pobreza bogotana no han cambiado considerablemente desde hace mucho tiempo (lo que otorga un cierto grado de validez al diagnóstico de Vollmann). Las modificaciones son apenas cosméticas, valga la ironía.

Otra cita del libro, corta y contundente:

The worst places are those where both inter- and intra-class estrangement exist. Accordingly, Colombia haunts me.

A mí también me asusta.

Admiración

El otro día pensé que si se tratara de admirar a alguien en este mundo, y no estoy seguro de que de eso se trate, yo admiraría a William T. Vollmann. Pero más que admirarlo lo envidio. Me preguntan que por qué. Respondo que me impresiona y atrae su capacidad para interactuar con el mundo, su falta de prevención al hablar con cualquier persona y preguntar cualquier cosa, y su esfuerzo constante por entender y, sobre todo, valorar lo que ve. Eso sin mencionar su energía inagotable o su hambre de experiencias. Que luego además de todo eso sea capaz de transmitir lo que piensa al respecto con esa prosa que parece, ya escrita, tan fácil, tan libre de pretenciones y tranquila, me hace casi que odiarlo pero procuro no hacerlo porque eso me obligaría a renunciar a la satisfacción de leerlo, que siempre es mucha.

Máscara

(Comentario sobre Kissing The Mask, de William T. Vollmann)
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Vollmann

(clic)