Rango Finito

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voluntad

Obediencia ciega

La columna de hoy es sobre Compliance, una película que mencioné acá en el blog hace unos días. En esa entrada hablé de las dificultades inherentes a ver algo así. Realmente es muy difícil. Aquí estuvimos dos veces a punto de desistir. Nos sentimos insultados. Finalmente perseveramos por el puro morbo masoquista de entender en qué consistía el complot así todo pareciera traído de los cabellos. Generalmente mencionan el experimento Milgram como referente del fenómeno que ilustra la película. Todavía no estoy seguro de que sea exactamente lo mismo. De pronto es un factor. Para mí lo crucial es la cesión de poder (¿voluntaria? ¿sutilmente impuesta? ¿flagrantemente impuesta?) a instituciones diseñadas para potencialmente oprimirnos, así como la confusión relacionada entre obediencia y respeto (a esas mismas instituciones).

Por si las moscas, aquí de nuevo el enlace a la página en wikipedia sobre esa serie de crímenes.

Drive

Supe de una mujer quería demandar al director de Drive por publicidad engañosa. Según la mujer, el tráiler de Drive ofrecía una película de acción y no cumplía. La señora tenía razón: Drive no es una película de acción. Las películas de acción no tienen tiempo para el silencio. Drive está plagada de ellos. El silencio en cine es incómodo. Afuera también, pero en el cine más. Es demasiado abierto a interpretación para ser tolerable dentro de los parámetros estrechos de lo que popularmente se identifica como comercial. Rompe la intensidad que la trama requiere para sostener la atención cautiva. Es como páginas blancas al azar en un libro. Hace poco hojeé una novela así. No entendí para que servían esas páginas. Los silencios de Drive los entiendo mejor. Hay quienes hablan más de la cuenta, sin pensar en las consecuencias. Dicen cosas que no deberían decir y luego son incapaces de asumir la responsabilidad de lo que hacen las palabras. Si se dice menos, se arriesga menos. La premisa es evadir el riesgo, minimizarlo o controlarlo. Aquel que está bajo control no necesita decir nada más que lo esencial. Su voluntad resuelta lo precede. Cuando así lo requiere, simplemente actúa.

Bloody Gosling
El género es retrominimalismo sangriento con samurai.

Viernes

Penúltima clase. Pocas preguntas. Pocas respuestas. Leo varias reseñas al respecto de The Pale King. Pienso que tal vez debería postergar su lectura un rato, unos años, incluso, y decantarme por algún clásico reciente estilo The Recognitions para el verano (Andrés me sugiere el no tan reciente La Montaña Mágica). Le confío a mis estudiantes un secreto, algo sencillo pero importante que he aprendido con los años. Les digo: ¿recuerdan que en las películas los genios matemáticos miran el tablero y en el acto los números y símbolos se iluminan, giran, vuelan, se combinan y se reorganizan hasta que mágicamente aparece en el centro una respuesta? Pues eso no funciona. Les explico que garabatear fórmulas ordenadamente en un papel es un método mucho más eficiente para solucionar este tipo de problemas (si no todos los problemas). Igual ellos miran la integral inexpugnable en el tablero a la espera de una respuesta. Conozco esa mirada. Encarna una especie de fe juvenil en el poder y alcance de su propia inteligencia así como el desprecio a todo lo que implique esfuerzo. No los culpo, estoy seguro de que alguna vez yo también intenté resolver problemas a punta de miradas, desde la distancia, sin hacer nada. Como tantos otros adolescentes, estaba convencido no sólo de que podía mover cosas con la mente sino que buena parte de la realidad exterior era responsabilidad directa de mi mente, presta a ser alterada/perturbada/redefinida en respuesta a mi todopoderosa (y voluble) voluntad. No recuerdo cuándo aprendí que el mundo no funcionaba así. No fue hace mucho, probablemente.