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Lunes

Tormenta. Última clase del semestre. Qué aburrido es este diario. Nunca pasa nada. Nunca llegan los extraterrestres para rescatarnos y llevarnos a ese lugar mejor donde todos somos luz dirigida que fluye y se mezcla hasta transformarnos en una sola entidad múltiple e infinita. ¿Dónde están los extraterrestes? ¿Por qué no vienen? ¿Qué los detiene? Llevamos siglos esperándolos. Tengo algunos planes para las largas (si no eternas) vacaciones. El primero es montar la nueva versión de HermanoCerdo. Es algo que pensé en tener listo en enero pero finalmente fue imposible. También quiero traducir un cuento de Sergio de la Pava y una crónica de Heydar Radjavi. Por otro lado quiero retomar la escritura. Tengo varios proyectos pero son difusos. Tal vez lo más concreto es una novela juvenil sobre un niño con un primo enfermo un poco mayor que él que tiene poderes sobrenaturales. Pero también está esa premisa que vuelve y vuelve sobre las personas atrapadas, por la guerra, en un instituto de investigación científica en la periferia de una ciudad que a veces parece más bien un centro de reclusión psiquiátrica. Son ideas no más, con algunas notas y diagramas dispersos en cuadernos. Otra cosa que quiero escribir es un ensayo al respecto de la dimensión política del Princeton Companion to Mathematics. Es algo que discutí hace un año largo con Andrés pero nunca pude desarrollar.

La experiencia de dictar un curso para ciento treinta personas fue mucho más agradable de lo que hubiera pensado. Obviando la ansiedad constante previa a cada clase por culpa de mi miedo a hablar en público, el ejercicio de dictar este curso me hizo bien. Fue saludable e interesante. Me obligó a repensar mi relación con el tablero y, en general, el escenario de clase. La pedagogía a escala industrial requiere mucho más histrionismo que el que se requiere para grupos pequeños. Es necesario mantener la atención (Con grupos pequeños, al contrario, usualmente he optado por ofrecer atención individualizada mucho más que apostar por una atención grupal). Un problema que sentí, y que no pude solucionar, es que es terriblemente difícil recibir retroalimentación y mucho menos tener una conciencia clara de las dificultades que tienen los estudiantes. La comunicación es mayoritariamente unidireccional. Eso me frustra. También me hubiera gustado tener más control de la clase en general, pero, por otro lado, el hecho de que el curso contara con un supervisor me permitía desentenderme de una fracción de las labores administrativas tediosas que son necesarias para que estos cursos funcionen. Unas por otras.

Viernes

Terminé el temario del curso, escribí, en broma, THE END en uno de los tableros, y en respuesta mi pequeño auditorio secuestrado por cuatro meses estalló en un aplauso aliviado.

Sigo enfermo. Qué bueno que ya llegó el fin de semana.

Miércoles

¿Dónde estoy? Esta mañana me desperté en un tren, nevaba afuera. Era enero de nuevo, el segundo o tercer día de clases, y ya estaba cansado. Sentí como si llevara meses en ese tren. ¿Dónde estoy? Un asesino en serie cuelga hombres para que su hermana muerta y encerada los vea morir (y no se muera (o vuelva a vivir)). Hace unos días cometí el pecado imperdonable de la intransigencia: un estudiante se acercó al final de clase y me contó que había estado enfermo el día del segundo examen y no había podido ir al médico ese mismo día, así que la burocracia de la universidad no quería aprobarle la excusa por falta de prueba. Quería saber si yo podía hacer algo. Le dije que no. Le dije que no dependía de mí. Le dije lo siento pero no. Le creo, todavía luce enfermo (aunque no peor que yo), pero le dije que no. Podría aceptar, podría decirle bueno y ya, hacer que su examen final contara por el final y el segundo examen al tiempo, no me costaría nada, pero le dije que no porque hay reglas y yo estoy bajo las reglas porque las reglas me protegen. ¿De qué? Intransigencia, ya lo dije. Me siento mal por eso. No sé qué hacer. O sí, si sé. Hablaré con él el viernes.

Domingo

Me despierto temprano. Nevó durante la noche. El pronóstico decía que llovería, que la temperatura subiría. Creo que prefiero la nieve a la lluvia. Cuando me acosté, hacia la una, los copos, jugosos, volaban horizontalmente frente a la ventana.

Ayer vimos Inside Job, un documental sobre la crisis financiera. Pensé en los anuncios en el edificio de matemáticas de la universidad que vi el viernes donde invitan a los estudiantes a experimentar el thrill del trading floor en maratones de simulación durante el fin de semana. Como si jugar irresponsablemente con cantidades bárbaras de dinero ajeno fuera una modalidad de paracaidismo intelectual.

Dentro de un mes termino clases en la universidad. Pienso escribir algo durante el verano. Tal vez también intente correr por las mañanas. Extrañaré mi rutina del tren.

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