Los coreanos saben hacer películas de venganza, eso es claro hace años. La venganza en las películas coreanas no es dulce ni satisfactoria. La venganza es sucia y excesiva. Si acaso libera al vengador de culpas o remordimientos, pero no lo salva. Por eso su éxito es siempre melancólico, casi resignado. Saben que lo que hacen no resuelve nada pero no pueden evitarlo. Son animales heridos. Prefiero esa aproximación a la venganza que la que pretende excusarla.

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El manejo de cámaras de esta película tiene una vitalidad y presencia particulares, en especial durante las escenas de acción. Ejemplo: cuando el protagonista salta por una ventana la cámara salta con él. Creo que nunca había visto algo así.

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Cuesta creer que Won Bin, aquí convertido en máquina de matar, sea el mismo muchacho retardado de la trágica 마더.